Hace ocho días escuchábamos aquella recriminación que Jesús le hacía a Pedro: “Hombre de poca fe ¿por qué dudaste?”; en este domingo escuchamos que Jesús exalta la fe de una mujer cananea: “Mujer, ¡qué grande es tu fe!”; una mujer que ha crecido con una religión politeísta; una mujer pagana que, por la enfermedad de su hija, quizá a visitado a todo tipo de doctores, chamanes o ha elevado oraciones a los ídolos. Aquella mujer lleva una carga en sus hombros porque su hija está enferma; como madre seguramente acudió a los doctores de su tiempo, a los curanderos y brujos, pero su hija seguía igual convulsionando, signo de que era poseída por un demonio en aquel entonces. Ahora escucha hablar del profeta de Galilea, lo conoce de oídas, desea verlo para solicitarle un favor, la curación de su hija. Aquella mujer no se ha dado por vencida, está en medio de la gente no por casualidad, tiene un objetivo; es una mujer que no teme las miradas de los demás, grita desde lo más profundo de su ser: “Ten piedad de mí, Señor, hijo de David”. Mientras ella grita, parece que Jesús la ignora, se comporta como insensible, algo raro en Él. Ella sigue gritando, como lo ha hecho siempre, gritarle a sus dioses y a dioses extranjeros, ya sean griegos o egipcios, pero lo único que ha obtenido es su silencio. Así que, aquella indiferencia de Jesús no destruye sus esperanzas, seguirá gritando por amor a su hija y esperando que un “dios” escuche sus ruegos.
Vemos a los discípulos desesperados, más por la impaciencia, que por la compasión; median ante Jesús: “Atiéndela que viene gritando detrás de nosotros”. Jesús recuerda su misión, pero aquella mujer no se da por vencida y una vez que lo tiene cerca le dice: “Señor, ayúdame”. Ante la negativa de Jesús: “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselos a los perritos”; la mujer, lejos de retirarse ofendida, persevera, no discute, no se justifica, no se victimiza, acepta la imagen y la transforma: “También los perritos comen las migajas que caen de las mesas de sus amos”. Su fe no se apoya en derechos ni en méritos, sino en la confianza absoluta de que incluso una migaja del amor de Jesús basta para salvar. Esa fe insistente, humilde y audaz provoca un giro en el relato. Ante esta forma de creer, aparece la débil fe de Pedro; ante esa forma de creer aparece también nuestra fe mediocre, que muchas veces es ocasional, ni siquiera dominguera; muchos tenemos una fe que sólo sabe pedirle a Dios, pero que no nos lleva a seguir sus mandamientos. La fe de aquella mujer “capaz de mover montañas”, era una fe nítida, inquebrantable, confiada, transparente, lúcida y sencilla. No se dejó vencer ni por el cansancio, ni mucho menos por el recelo de los discípulos. No se detiene ante el silencio de Jesús, ni ante el malestar de sus discípulos. La desgracia de su hija poseída por un “demonio muy malo” se ha convertido en su propio dolor:
“Señor, ten compasión de mí”. Con esa fe desafía el corazón de Jesús y le arrebata un milagro. Es perseverante ya que conoce a Jesús sólo de oídas, percibe que tiene un corazón sensible con los que sufren. Jesús termina gritando su admiración ante aquella mujer: “Mujer, ¡qué grande es tu fe!”. Tuvieron que cruzarse aquellas miradas; Jesús descubre el dolor de aquella madre que busca el bien para su hija; una madre incansable que a pesar de que no había conseguido la curación de su hija, seguía buscando. Aquella mujer tuvo que ver en la mirada de Jesús la bondad plena y a pesar de su pronta indiferencia supo ser humilde e insistir. Quizá había lágrimas de dolor y sufrimiento, que pronto se transformaron en lágrimas de alegría, aquella mujer recuperó a su hija y descubrió al verdadero Dios. Si vio orar a Jesús por ella y su Dios respondió a sus ruegos, ¿cómo no convertirse a ese Dios? Lágrimas tuvieron que rodar por las mejillas de Jesús al contemplar a una mujer con una fe inquebrantable; una madre que no había perdido sus esperanzas, de allí aquel alago: “Mujer, ¡qué grande es tu fe!”.
Que grande aquella mujer que se contenta con las migajas; no desea robar o quitar el pan, desea migajas. Cuando se come bien, pareciera que el paladar se entumece y se olvida de disfrutar el sabor de las cosas; cuando se pasa hambre se disfrutan las migajas.
Hermanos, la fe de aquella mujer cananea se sostuvo en la prueba; en medio de los fracasos permaneció la esperanza; a pesar del silencio de sus “dioses”, buscó aquel profeta que la conduciría al verdadero Dios. Valoremos el amor de una madre, una madre nunca se da por vencida cuando busca el bien para sus hijos.
Este Evangelio me lleva a recordar a tantas mujeres llamadas por los noticieros “mujeres buscadoras”, esas madres que buscan a lo largo y ancho de nuestra nación a sus hijos desaparecidos; allí se muestra la fe y la esperanza de una madre, que busca sin cansancio. Ojalá que las autoridades, cumpliendo con su deber, tuvieran la actitud de Jesús, esa sensibilidad ante el dolor ajeno y les den el apoyo necesario. Les digo a esas madres, no se cansen, hoy escucharon el Evangelio de una mujer cananea, un grito que fue escuchado; no callen, aunque muchos quisieran apagar sus gritos. Existen tantas mujeres que medio duermen, medio comen en los hospitales por tener a sus hijos enfermos; esas mujeres como la cananea, persiguen la última esperanza. No se cansen, no nos cansemos, Dios no abandona a nadie, en Jesús todos tenemos sitio.
Hermanos, el que come a llenarse nunca valora lo suficiente la comida, cree que todos comen como él; el que pasa hambre saborea las migajas, su paladar es más sensible a los sabores; aquella mujer nunca olvidó su lugar y pedía migajas, le bastaron las migajas para conseguir lo que deseaba. He llegado a pensar que nos hemos acostumbrado a “tomar el Cuerpo de Cristo en la Eucaristía” por rutina, por costumbre; ojalá que nuestro deseo por la Eucaristía fuera como el deseo de aquella mujer cananea y que no nos cansemos de buscar el bien para los demás; luchemos contra toda desesperanza y así lograremos el bien común; evitemos caer en la resignación, esa actitud que destruye toda esperanza.
Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.

