La desaparición forzada tiene consecuencias espirituales

Editorial ACN Nº214

ACN

Organizaciones de derechos humanos y colectivos de familiares, encabezados por Amnistía Internacional, han pedido a la Asamblea General de la ONU crear un “mecanismo extraordinario” ante la crisis de desapariciones en México, un crimen que persiste porque la impunidad lo alimenta y porque una parte de la sociedad ha aprendido a convivir con la ausencia.

Sin embargo, hay un ángulo que rara vez ocupa el centro del debate público: las consecuencias espirituales de quienes hacen desaparecer a otra persona contra su voluntad. La tradición cristiana llama a ciertos pecados “clamores que llegan al cielo”. El primero es la sangre de Abel. “¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra”, dice el Génesis.

Desaparecer a alguien no es solo privarlo de libertad, es impedir el duelo, robar el nombre, negar la tumba y condenar a una familia a una espera que no concluye. Quien comete o encubre ese acto no se limita a herir al prójimo; se mutila a sí mismo. La conciencia, si no se apaga del todo, se vuelve un tribunal sin tregua. Caín no encontró paz en el exilio, su castigo fue vagar marcado. El desaparecedor contemporáneo puede comprar silencio, protección o olvido social; no puede comprar la quietud del alma.

Esa herida interior tiene una lógica precisa. El mal reiterado adormece la sensibilidad moral hasta que la voz que reprueba deja de oírse. Entonces el perpetrador no solo ha hecho desaparecer a otro, ha comenzado a desaparecer como sujeto ético. Vive del secreto, teme la verdad, se encierra en una soledad que ninguna complicidad compensa. Aunque evada la justicia humana, queda prisionero de lo que sabe.

La fe cristiana no romantiza esa ruina, el homicidio voluntario y la cooperación en él son pecados graves. Tampoco la reduce a un veredicto de condena irreversible. Afirma, con la misma seriedad, que la conversión es posible, pero no barata, exige verdad, reparación y el reconocimiento de que ninguna estrategia de terror, estatal o criminal, queda fuera de la mirada de Dios.

Frente a ese abismo, la Iglesia católica ha ido reconociendo, a veces tarde, a veces con luces y sombras históricas, que no puede limitarse a lamentar. En América Latina, parroquias y comunidades religiosas han funcionado como espacios de acogida cuando el Estado fallaba. En Colombia, el episcopado se ha comprometido a colaborar en la búsqueda de restos, precisamente porque muchas parroquias administran cementerios y conocen territorios donde el conflicto sembró fosas. En México, la Conferencia del Episcopado ha convocado a las iglesias a abrir sus puertas a las familias buscadoras, acogerlas en las celebraciones, nombrar a los desaparecidos en la oración, facilitar “buzones de paz” para información anónima y acompañarlas de forma permanente. Congregaciones religiosas han adaptado su carisma y convertido casas de comunidad en albergues para quienes recorren el país excavando la tierra. En diócesis del norte, párrocos han hecho de la escucha un ministerio concreto, no sustituyen a la fiscalía, pero impiden que el dolor quede huérfano de comunidad.

Hay aquí un núcleo pastoral que merece ser subrayado. Nombrar al desaparecido en la liturgia no es un gesto piadoso menor, restituye, al menos simbólicamente, la dignidad que el crimen quiso borrar. Recibir a una madre buscadora en el atrio es afirmar que la Iglesia no teme el grito de quienes piden verdad. Ofrecer un espacio seguro para una pista anónima es apostar, con realismo y prudencia, a que la conciencia de algún testigo aún no se ha extinguido del todo. El papa Francisco lo formuló con una frase que no caduca. La desaparición genera “la presencia permanente de una ausencia”. Y añadió otra, igual de severa,  una sociedad no puede sonreír al futuro teniendo a sus muertos escondidos.

Eso no absuelve las omisiones eclesiales del pasado ni convierte cada parroquia en un tribunal. Convierte, sí, al templo en lo que nunca debió dejar de ser, casa de los heridos. El desafío actual no es solo denunciar la desaparición como crimen de lesa humanidad, sino sostener una presencia que no se fatigue cuando las cámaras se apagan.

Por eso, se exige plantear una nueva pastoral del dolor, una que consuele sin anestesiar, que acoja sin instrumentalizar y que reivindique la memoria de miles que no están. Consolar es acompañar la espera sin vender milagros baratos. Acoger es abrir la puerta, la silla y el oído. Reivindicar la memoria es decir los nombres, exigir la búsqueda, defender el derecho a la sepultura y no permitir que el olvido se disfrace de pacificación porque el clamor de Abel sigue subiendo. La pregunta no es si Dios lo oye. La pregunta es si nosotros, todavía, estamos dispuestos a responder porque las desapariciones forzadas tienen profundas consecuencias espirituales.

ByACN
Follow:
La nueva forma de informar lo que acontece en la Iglesia Católica en México y el mundo.
No hay comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *