Las reivindicaciones de la «Iglesia sinodal» giran en torno a la implicación de todos los bautizados en la toma de decisiones.
El documento final del Sínodo1 pide «fomentar la participación lo más amplia posible de todo el Pueblo de Dios en los procesos de toma de decisiones» (§87), y reprueba la distinción entre voz consultiva y deliberativa en los textos canónicos que imponen consultas antes de la decisión (§92). El fundamento que se presenta para esta reivindicación es la condición de bautizado.
Acerca del papel de las mujeres, el Papa Francisco también afirmó: «Para mí, la elaboración de las decisiones es muy importante: no solo la ejecución, sino también la elaboración, es decir, que las mujeres, sean consagradas o laicas, participen en la reflexión del proceso y en la discusión… El papel de la mujer en la Iglesia no es feminismo, ¡es un derecho! Es un derecho de bautizada con los carismas y dones que el Espíritu ha otorgado2».
Tal parece, por lo tanto, que todo miembro de la Iglesia debería poder participar en el gobierno de la Iglesia, y que esto sea un derecho, al modo de los derechos humanos, es decir, una exigencia absoluta del sujeto.
Sin embargo, en una sociedad bien constituida, parece que la implicación de las diversas personas en el gobierno se determina por la preocupación por el bien común, no por los deseos individuales.
No todo el mundo está en condiciones de gobernar, y además, no todos los miembros aspiran necesariamente a hacerlo. Corresponde a la prudencia de los responsables encargados de gobernar rodearse de asesores competentes.
Pero entre los «valores de dos siglos de cultura liberal» que el Concilio Vaticano II quería que la Iglesia asimilara, se encuentra esta noción de los derechos humanos basados en las exigencias del individuo sin considerar su dependencia de un bien común que, siendo el bien de todos los miembros de la sociedad, supera sin embargo el bien particular de cada uno. De esta nueva orientación del pensamiento político se derivan las exigencias de paridad entre los sexos y otras medidas ideológicas. Cuestionarlas supone arriesgarse a sufrir una tormenta mediática.
Sobre los puestos de liderazgo que se deben otorgar a las mujeres en la Iglesia, el Cardenal Vingt-Trois, con el sentido común un tanto brusco que le caracterizaba, se atrevió a decir:
Lo más difícil es contar con mujeres preparadas, no se trata solo de llevar falda, sino de tener algo en la cabeza».
La reflexión fue inmediatamente exagerada para excitar susceptibilidades y amarguras. Así es como la revolución puede avanzar en contra del sentido común.
Contrariamente a los sueños de los reformistas arribistas, no todo el mundo sueña con gobernar, no todo el mundo codicia la igualdad con los superiores. Hay quienes son felices sirviendo.
- 1https://www.synod.va/content/dam/synod/news/2024–10-26_final-document/FRA—Documento-finale.pdf
- 2Papa Francisco, Entrevista con la Unión Internacional de Superioras Generales, 12 de mayo de 2016.

Por P. NICOLÁS CADIET.
LAPOSTELATINE/ACTUALIDAD.

