¿A quién estás adorando realmente en tu vida? No es lo que dices, no es lo que aparentas. Es aquello por lo que te preocupas, luchas, te desgastas y organizas tu tiempo porque siempre terminas adorando algo.
El Evangelio de este primer domingo de cuaresma nos narra que Jesús es llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el demonio.
No huye del combate, lo enfrenta y allí el tentador ataca. El golpe va directo a lo que es el centro de su identidad, le dice, ‘Si tú eres el hijo de Dios’. Primera tentación, el hambre del pan, reducir la vida solo a las cosas materiales.
Segunda tentación, querer manipular a Dios para el propio provecho. Tercera tentación, el poder, adorar algo que no es Dios. En el fondo, todas giran en torno a lo mismo, querer sustituir la confianza en Dios por el control que podamos tener nosotros mismos.
Jesús vence con tres actitudes, la escucha de la palabra de Dios, confía sin exigir pruebas, adora solo a Dios. Donde Adán cayó, Cristo permanece fiel. Donde Israel dudó, él confía.
El desierto no destruye a Jesús, lo fortalece. Tu desierto no está en el Sahara, está en tu interior, está en esa preocupación constante por el dinero, en esa necesidad de que todo salga como tú quieras y no que Dios cumpla su voluntad, en ese deseo silencioso de querer ser reconocido.
La cuaresma no es tiempo de tristeza, sino de combate espiritual, acompañado por el Espíritu. Dios no nos tienta, pero sí permite pruebas que puedan purificar tu corazón.
Tu cerebro refuerza aquello a lo que prestas atención, lo que repites se consolida, lo que miras todos los días se convierte en hábito, lo que te emociona moldea tus decisiones. Si cada día alimentas solo la ansiedad, el consumo o el ego, tu mente se configura en torno a eso.
Pero si te entrenas en atender la palabra de Dios, si decides pequeños actos de confianza, si practicas la adoración, la caridad, tu cerebro empieza a reconfigurarse en torno a estos valores. La cuaresma no es solo un esfuerzo moral, es reentrenar el corazón.
Hoy Dios no te pide heroísmos espectaculares, te pide tres decisiones claras.
Primero, ayuno de pan. Es decir, ordena tu relación con lo material. Practica un ayuno real que te recuerde que no vives solo de pan.
Dos, el milagro. Deja de exigir pruebas a Dios, milagros. Esta semana ante una preocupación di, ‘Señor yo confío en ti y no le des más vueltas, ni pretendas que Él haga siempre tu voluntad’.
Tres, el poder. Revisa qué estás adorando. Haz un acto concreto de adoración a Dios o de oración silenciosa. Postra el corazón.
Recuerda, cada decisión pequeña fortalece tu voluntad. Cada acto de fe repetido crea una nueva disposición interior.
La santidad también tiene una dimensión de entrenamiento, eso que los monjes del desierto llamaban la ascesis. Jesús no discute con el demonio, responde con la verdad y permanece firme. Tú puedes hacer lo mismo.
La cuaresma que estamos empezando es tu desierto, pero no estás solo. Si hoy decides adorar solo a Dios, si hoy decides confiar en lugar de controlar, si hoy decides alimentar tu alma más que tu ansiedad, entonces el desierto dejará de ser amenaza y se convertirá en el lugar donde redescubres quién eres, hijo amado de Dios, llamado a vivir en libertad. Y cuando adoras a Dios, toda tentación pierde poder sobre ti.
Feliz domingo. Dios te bendiga.

