En un mundo donde la identidad se ha convertido en un comodín viral, surge el fenómeno de los «therians», una trasliteración del griego que significa “bestia”, θηρίον (Teríon), individuos, mayoritariamente jóvenes identificados espiritualmente o psicológicamente como animales no humanos.
No se trata de un disfraz lúdico ni de una metáfora, sino de una convicción profunda que los lleva a adoptar comportamientos bestiales –ladridos, aullidos, movimientos cuadrupedales– en espacios públicos y virtuales. Este movimiento, amplificado por plataformas como TikTok y X no es una mera excentricidad juvenil; es el síntoma alarmante de una crisis antropológica profunda, una patología social que erosiona los fundamentos de lo humano y revela el vacío de valores en una sociedad hiperconectada.
Los therians emergen en comunidades virtuales que datan de los años 90, pero su explosión reciente –con miles de videos acumulando billones de vistas– es un producto directo de las redes sociales. En foros como Reddit o grupos de Telegram, se refuerzan narrativas de «despertar» donde el individuo «descubre» su esencia animal como un escape de la alienación humana.
Esta pertenencia a ecosistemas digitales acelera la patología, algoritmos que priorizan lo sensacional crean burbujas de validación mutua, transformando una confusión personal en una identidad colectiva válida que se debe respetar. Lo que comienza como una búsqueda de significado en la adolescencia –etapa de vulnerabilidad identitaria– se convierte en una adicción a la aprobación online, donde el «me gusta» sustituye al sentido de propósito real. Expertos en psiquiatría advierten de sufrimientos emocionales subyacentes, trauma, baja autoestima o disociación, agravados por la desconexión social post-pandemia.
Esta «crisis therian» no es inocua, demuestra una erosión antropológica devastadora. En una era de relativismo absoluto, donde todo vale si se «siente» auténtico, perdemos de vista la dignidad inherente al ser humano. La antropología clásica –desde Aristóteles hasta la tradición judeocristiana– nos define como seres racionales, sociales y trascendentes, coronados por una vocación superior. Identificarse como lobo, perro o gato no es liberación, es degradación, una huida cobarde de la responsabilidad humana hacia un instinto primitivo. Acelerada por redes que mercantilizan la identidad, incluso con memecoins como $THERIAN, esta patología social refleja un colapso de valores, familia fragmentada, educación superficial y una cultura que prioriza el ego sobre la comunidad. En Latinoamérica, donde el fenómeno ha explotado en países como México y Brasil, se suma la crisis económica y social, convirtiendo a los jóvenes en presas fáciles de tendencias que prometen pertenencia sin esfuerzo.
Pero reducirlo a un problema psiquiátrico como zoantropía o disforia de especie podría ser reduccionista. Aquí hay un desafío espiritual, los therians no solo padecen una mente perturbada, sino un alma en crisis. Alienados de su Creador, buscan en lo animal un refugio ilusorio, ignorando que el ser humano es imagen de Dios (Génesis 1,27).
Esta desconexión espiritual, exacerbada por el secularismo digital, revela un hambre de trascendencia que las redes no satisfacen. La Iglesia católica, como guardiana de la antropología cristiana, enfrenta un imperativo pastoral urgente: trascender el mero diagnóstico médico para ofrecer un discernimiento espiritual.
La respuesta no debe ser condena estéril, sino un equilibrio propositivo. La Iglesia podría lanzar iniciativas pastorales innovadoras, grupos juveniles que integren tecnología con formación en la Doctrina Social, enfatizando la vocación humana como co-creadores con Dios. Programas de acompañamiento, inspirados en san Francisco de Asís, amigo de la naturaleza y de la creación pero firme en la superioridad humana–, para redescubrir la identidad en Cristo. Retiros virtuales que contrarresten las burbujas online, fomentando comunidades reales donde el joven therian encuentre empatía, no ridículo, y herramientas para integrar sus anhelos en una vida plena. Obispos y párrocos deben capacitar a catequistas en psicología espiritual, reconociendo que detrás del «shift» animal hay un grito por sentido eterno.
En última instancia, la crisis therian no es solo juvenil; es civilizatoria. Si no actuamos misericordia propositiva y talento intelectual, corremos el riesgo de una sociedad donde lo humano se disuelva en lo instintivo. La Iglesia, como faro en la tormenta digital, tiene la clave, en esta crisis therian recordar que somos más que animales; somos hijos de Dios, llamados a aprovechar la creación, no a colapsarnos en ella.

