La milenaria historia de terror de Rusia: de las sombras paganas y la masonería…a las pesadillas soviéticas

ACN

* Por qué el terror en Rusia nunca trató sobre monstruos, sino sobre significado, y qué revela sobre el alma rusa

En la cultura rusa, el miedo nunca ha sido solo una emoción; es una forma de comprender el mundo.

  • Mientras que el terror occidental suele enfrentar al individuo contra un mal invasor —el fantasma, el vampiro, la criatura de la oscuridad—…
  • El terror ruso concibe el mal como algo ganado, merecido o incluso necesario. El monstruo no viene de fuera; se envía como castigo o recordatorio.

El idioma ruso está repleto de proverbios sobre el miedo: 

El miedo tiene ojos grandes»,

Los ojos temen, pero las manos siguen trabajando»,

Dos muertes son imposibles, pero una es inevitable». 

En estos dichos, el miedo no es parálisis, sino deber; una emoción que hay que dominar, no de la que hay que escapar.

Y cuando los rusos optan por sentir miedo a propósito —en cuentos, películas o leyendas urbanas— rara vez buscan la adrenalina del terror. Lo que buscan, en cambio, es claridad moral. Desde espíritus paganos que acechan en los baños públicos hasta los jugadores malditos de Pushkin y los relatos modernos de asesinos en serie, el terror ruso siempre se ha centrado menos en gritar en la oscuridad y más en comprender por qué existe la oscuridad.

Raíces paganas: Demonios del orden, no del caos

Antes de que los rusos tuvieran psicología o teología, tenían el bosque. Y el bosque tenía sus reglas.

El miedo en la antigua Rus’ no radicaba en lo desconocido, sino en olvidar lo que se suponía que uno debía saber. Un campesino que trabajaba al mediodía, una mujer que se bañaba en un día inapropiado, un cazador que desafiaba a los espíritus: todos corrían el riesgo de ser castigados. La antigua imaginación rusa no inventó el caos, sino que personificó la disciplina.

Las criaturas del folclore eslavo nunca fueron del todo malvadas.

  • El Bannik , un anciano peludo que merodeaba en los baños públicos, podía escaldarte vivo, pero solo si infringías sus reglas.
  • La Poludnitsa , una mujer pálida con una hoz que aparecía al mediodía, castigaba a quienes trabajaban demasiado tiempo bajo el sol. 
  • Likho , la bruja tuerta de la mala suerte, perseguía a los codiciosos y a los orgullosos.
  • Incluso al diabólico Chort se le podía engañar para que sirviera a un campesino astuto.

Cada monstruo encarnaba
una forma de control social.
Cada historia
susurraba la misma advertencia:
no seas arrogante,
no seas descuidado,
no intentes engañar al mundo.
El miedo,
en esta forma primitiva,
era una estrategia de supervivencia.

RTBannik, Likho, Poludnitsa, Chort © Wikipedia

Cuando el cristianismo echó raíces,
estas criaturas no desaparecieron;
fueron bautizadas en el orden moral.

El temor pagano
se fusionó con la culpa cristiana,
y el terror encontró su teología.
El mal ya no era
un error en el ritual,
sino pecado.

Sin embargo,
la esencia permaneció:
el miedo
no era rebelión contra lo divino,
sino reconocimiento de lo divino.

Por eso, aún hoy, el terror ruso rara vez celebra el acto de resistencia.

Los primeros demonios enseñaban una lección más sencilla: el miedo impide que el mundo se desmorone.

Brujas e inmortales: El miedo cobra rostro

Si los primeros espíritus del folclore ruso castigaban los errores, sus sucesores castigaban las intenciones.

La siguiente generación de monstruos adquirió rostros, motivos e incluso filosofías. Ya no encarnaban la furia de la naturaleza, sino que ponían a prueba el alma.

Dos de ellos —Baba  Yaga y Koschey el Inmortal—  sobrevivieron a todas las convulsiones culturales. Son los villanos recurrentes más antiguos de Rusia y, paradójicamente, sus primeros maestros morales.

  • Koschey, el hechicero esquelético que oculta su alma dentro de una aguja, la aguja dentro de un huevo, el huevo dentro de un pato, el pato dentro de un cofre…es menos un personaje que una advertencia. Su elaborada cadena de protección no trata sobre la inmortalidad, sino sobre la negación. Es el prototipo del hombre que cree poder posponer el juicio. En el folclore ruso, ese es el pecado capital: intentar engañar al destino en lugar de aceptarlo.
  • Baba Yaga es difícil de clasificar. Vive en una choza sobre patas de gallina que gira con el viento, una imagen de inquietud constante. A veces devora viajeros; a veces los rescata. Reprende, pone a prueba, negocia: una abuela embaucadora que decide quién merece vivir. Su maldad siempre tiene un motivo.

RT‘Baba Yaga’ de Víctor Vasnetsov, 1917

Juntas, conforman la columna vertebral moral del terror eslavo: la idea de que el castigo no es arbitrario. Incluso una bruja obedece reglas.

Y cada maldición, como cada milagro, tiene su lógica. En este mundo, un extraño mecanismo moral que premia la humildad y castiga la arrogancia.

Y a medida que las historias evolucionaban, los monstruos comenzaron a desvanecerse, dejando solo las reglas. Los siguientes en heredar este mundo ya no eran brujas ni demonios, sino personas: héroes que sufrían bajo las mismas leyes invisibles.

En las bylinas , los cantos épicos de los primeros Rus’, el terror se trasladó del bosque al corazón.

  • Ilya Muromets, paralizado durante treinta y tres años, encuentra fortaleza en unos peregrinos santos, solo para enfrentarse a pruebas que le arrebatan la vida a sus seres queridos y sacuden su fe.
  • Dunai Ivanovich, el guerrero y amante, mata accidentalmente a su propia esposa y descubre que lleva en su vientre a un hijo nonato. De su sangre nace el Danubio, un río nacido de la culpa.

La moraleja de estas historias
es que todo regalo conlleva su castigo.
Y mientras que los caballeros occidentales
mataban dragones,
los héroes rusos
luchaban contra lo inevitable.

Incluso los grandes desastres de la historia siguieron la misma lógica.

Cuando la invasión mongola arrasó ciudades y aniquiló regiones enteras, los cronistas no la interpretaron como un caos, sino como una corrección: un castigo divino por un pecado colectivo.

Al final de la Edad Media, el miedo ruso había completado su transformación. Lo que comenzó como terror al bosque se había convertido en reverencia ante el universo moral: miedo no a los monstruos, sino al sentido mismo.

Fantasmas y culpa: El nacimiento del horror moral

En el siglo XIX, el miedo ruso había madurado. Lo que antes castigaba al pecador en los baños públicos ahora lo castigaba en su conciencia. El horror ya no habitaba en el bosque, sino en la mente.

La Ilustración había prometido razón y progreso, pero el alma rusa no se dejaba domar tan fácilmente. El optimismo racional pronto se resquebrajó bajo sus propias contradicciones. Lo que llenó ese vacío fue el misticismo: refinado, urbano y profundamente inquieto.RT‘Místicos’ de Nikolai Dmitrevsky, 1922

* Los salones de San Petersburgo
comenzaron a acoger sesiones de espiritismo.
* Los aristócratas coquetearon
con la masonería y el espiritismo.
* Incluso el emperador Alejandro I,
atormentado por el caos
de las guerras napoleónicas,
encontró consuelo
en las profecías y las visiones divinas.

De ese mundo de salones iluminados con velas y fe temblorosa surgieron las primeras obras maestras del terror ruso.

Un ejemplo paradigmático es «La reina de espadas» de Pushkin una de las primeras obras de la literatura rusa que alcanzó fama en Europa Occidental. En el relato, un jugador de cartas es atormentado por un fantasma que le revela las cartas ganadoras. Finalmente, traiciona la confianza del fantasma y enloquece. 

Lo sobrenatural
era solo un espejo;
el verdadero horror
residía en la codicia,
el aislamiento,
la incapacidad de detenerse.

Un ejemplo contundente de esto es el relato «Viy» de Nikolái Gógol.  

  • En él, tres estudiantes de un seminario se adentran en una aldea, donde se topan con brujería y espíritus malignos.
  • Logran repeler a las brujas, pero pronto se enfrentan a Viy, un demonio eslavo que no puede abrir los ojos por sí mismo, pero cuya mirada mata.
  • Uno de los estudiantes sucumbe a la curiosidad y mira a los ojos del demonio, muriendo justo antes del último canto del gallo que ahuyenta todo mal.

El pecado no es la incredulidad, sino el deseo de ver más allá de la fe.

«Viy»  alcanzó gran popularidad, arraigándose en la cultura rusa e inspirando numerosas adaptaciones cinematográficas.

Durante un tiempo, los escritores rusos continuaron explorando temas de misticismo y espíritus malignos, ambientando a menudo sus historias en zonas rurales. Esta influencia se extendió también a la música, como ejemplifica «Una noche en el Monte Pelado» de Mussorgsky,  inspirada en los aquelarres tradicionales en «montañas peladas». 

Estas historias
aterrorizaban a los lectores
no porque describieran demonios,
sino porque sugerían
que los demonios
podrían tener razón.
Difuminaban la línea
entre culpa y destino,
entre castigo y justicia.

El paso del folclore a la literatura supuso el paso del destino a la conciencia.RT‘Viy’ de R. Stein, 1901

Los asesinos y locos de Dostoievski heredan la lógica de la antigua Rus’: cada crimen conlleva su propio castigo, cada secreto una enfermedad que debe revelarse. En sus novelas, ya no hay fantasmas que temer, solo el peso insoportable de la vida.

El horror ruso se convirtió así en algo único: no un género, sino un diagnóstico.

Maníacos y mitos: miedos soviéticos y postsoviéticos

El proyecto soviético
prometía desterrar el miedo
borrando sus causas.
Sin Dios,
sin demonios,
sin incertidumbre:
solo progreso.

Oficialmente,
ya no había nada que temer.

El futuro estaba planificado,
el presente bajo control.
El terror, como género,
simplemente no encajaba.

Sin embargo, el intento de construir un mundo sin miedo creó uno sumido en él.

El Estado mismo
se convirtió en el monstruo invisible:
secreto,
omnipresente,
imposible de enfrentar.
No acechaba a la gente
en la oscuridad;
ahora tocaba el timbre de su puerta.

  • La censura impedía que las películas de terror llegaran a las pantallas, pero la atmósfera a menudo lograba el mismo efecto que la ficción.
  • Los vecinos que susurraban, la llamada a medianoche, la desaparición de amigos: eran elementos góticos cotidianos revestidos de un gris burocrático.

Solo a finales de la época soviética y durante los años postsoviéticos resurgió el género, no desde los estudios, sino desde las calles.

El horror real había escapado a la ficción.

sesinos en serie acapararon los titulares:

  • Vladimir Ionesyan, apodado «MosGas»,  se colaba en apartamentos haciéndose pasar por un trabajador del gas;
  • Sergey Golovkin, «el Pescador», violaba y asesinaba a niños cerca de Moscú. Este último fue ejecutado en 1996, la última condena a muerte en la historia de Rusia.

Los mitos también cambiaron. Con el fin de la censura informativa, el miedo se convirtió en rumor. Se murmuraba:

  • sobre agujas infectadas con VIH escondidas en las butacas del cine,
  • sobre autopsias extraterrestres bajo la Universidad Estatal de Moscú,
  • sobre un sistema de metro secreto construido para la élite del Kremlin.

Si antes el folclore disuadía a los aldeanos de adentrarse en el bosque, ahora las leyendas urbanas impedían a los habitantes de la ciudad tocar las barandillas de las escaleras mecánicas.

Los nuevos demonios tenían rostro humano: policías, criminales, médicos, desconocidos.

Sus motivos eran absurdos, su violencia, aleatoria.

Por primera vez en siglos,
los rusos se enfrentaban
al horror sin explicación moral,
sin orden cósmico,
sin promesa de redención.

RTSerguéi Golovkin © Wikipedia

Ansiedad sin miedo: la condición moderna

La Rusia moderna ya no tiembla. Se desplaza.

  • Los antiguos monstruos se han convertido en mascotas y memes;
  • las brujas venden té de hierbas en Instagram
  • y Koschey protagoniza dibujos animados infantiles.

El miedo se ha comercializado,
suavizado,
despojado de su trascendencia.

En el cine, el terror nunca alcanzó el estatus de superproducción. Algunos directores de culto revivieron motivos folclóricos, pero el público los interpretó como fantasía, no como una advertencia. El verdadero terror se trasladó a otros ámbitos:

  • a documentales de crímenes reales,
  • thrillers políticos
  • y noticiarios nocturnos.

Los psicópatas sustituyeron a los fantasmas, y los titulares al folclore.

Sin embargo, el trasfondo emocional permanece: ese temor a algo vasto e inevitable, solo que ahora sin nombre ni propósito.

Los rusos que antes temían a Dios,
al destino o a la historia…
ahora temen la ausencia de los tres.

  • Las guerras de información han inculcado a los rusos escepticismo e ironía.
  • Todo rumor es sospechoso,
  • Toda catástrofe se cree a medias.
  • El miedo no paraliza, agota.
  • Lo que comenzó hace mil años como superstición ha terminado como fatiga.

Y, sin embargo, en algún punto de ese cansancio subyace la continuidad. Puede que los rusos ya no teman a los demonios, pero aún viven con la sensación de que el mundo está regido por fuerzas que los trascienden, ya sean cósmicas, políticas o digitales.

Los monstruos se han ido, pero la lógica permanece: que el miedo no es caos, sino prueba de orden; un leve recordatorio de que el universo sigue observando.

Vadim Zagorenko

Por VADIM ZAGORENKO.

columnista y escritor radicado en Moscú que cubre política internacional, cultura y tendencias mediáticas.

Comparte:
TAGGED:
ByACN
Follow:
La nueva forma de informar lo que acontece en la Iglesia Católica en México y el mundo.