Kerygma ante una transmisión rota de fe

Editorial ACN Nº220

ACN

El Dicasterio para la Doctrina de la Fe publicó el 22 de octubre de 2026 el documento Venite ad me. Consideraciones sobre la transmisión de la fe en el cambio de época, aprobado por León XIV el 21 de agosto y firmado por el cardenal Víctor Manuel Fernández y monseñor Armando Matteo, secretario del Dicasterio. Se presenta como un texto de reflexión pastoral, no como nota doctrinal, con ocho capítulos, introducción y conclusión. Su objetivo declarado es sugerir caminos concretos para el anuncio del kerygma en un momento en el que, según el propio texto, en algunas regiones “la transmisión de la fe se ha interrumpido casi por completo”.

El diagnóstico central ocupa el capítulo sobre la crisis de la transmisión de la fe. El documento reconoce que ya no opera el mecanismo intergeneracional que durante siglos hizo de la familia el primer y más esencial lugar de esa transmisión. En Occidente, cada vez menos padres bautizan a sus hijos o les enseñan a rezar; en Europa del Este, generaciones enteras quedaron en silencio bajo regímenes comunistas; en América Latina se ha roto la continuidad orgánica entre familia, escuela y comunidad eclesial; en Asia y África aparecen factores propios —prioridad de las carreras, competencia religiosa, fe superficial— que producen el mismo resultado: una generación que no recibe lo que la anterior no supo o no pudo entregar. Haber recibido los sacramentos o asistido a catequesis ya no garantiza una fe personal y duradera. El texto pide, por tanto, abandonar una pastoral centrada casi exclusivamente en niños y adolescentes y volcarse también, de manera decisiva, en la evangelización de los adultos. Esta ruptura no es un fenómeno marginal, es el signo más grave del cambio de época que el documento pretende afrontar.

Esa ruptura se inserta en lo que el documento llama “una nueva cultura extendida”. Describe un individualismo que privatiza la fe, exalta la soberanía del yo y reduce el Evangelio a un asunto íntimo y opcional. La cultura digital intensifica el fenómeno, genera una cultura de la inmediatez y la hiperestimulación que alimenta cansancio, aburrimiento y apatía frente al esfuerzo necesario para buscar la verdad.

Sobre la inteligencia artificial, el texto recoge la afirmación de León XIV, el desafío no es tecnológico, sino antropológico. La IA interfiere no solo en los ecosistemas informativos, sino en las relaciones humanas más profundas, simulando voces, empatía y sabiduría, y abre el riesgo de una fe “a medida”, desencarnada o colonizada por minorías ruidosas. El documento advierte que estas tecnologías rediseñan el espacio, el tiempo y la autoridad y que el riesgo de una propuesta de fe esté disociada de la vida concreta es real.

En el capítulo de las nuevas fronteras de evangelización, el documento intenta no caer en el pesimismo. Señala oportunidades como el aumento de bautismos de adultos en algunos países, la posibilidad de aprovechar grandes eventos y redes, la necesidad de un lenguaje de cercanía y de experiencias comunitarias creíbles. Insiste, sin embargo, en que los canales principales siguen siendo los encuentros “persona a persona”. La calidad de la vida comunitaria, el afecto, la hospitalidad, la atención a los pobres, forma parte del anuncio. El kerygma (“Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte y ahora vive a tu lado”) debe ocupar el centro, no como introducción que luego se abandona, sino como hilo que atraviesa toda la formación.

Sin embargo, el problema aparece cuando el texto busca ilustrar la transmisión familiar “en dialecto” con el testimonio del jesuita Aimé Duval. Lo invoca en el capítulo dedicado a las formas de transmisión de la fe, concretamente en el apartado sobre la familia, para mostrar cómo el Evangelio se comunicaba antaño a través de gestos cotidianos más elocuentes que cualquier catecismo. Cita la imagen del padre exhausto que, al volver del campo, se arrodillaba cada noche; de la madre que seguía las oraciones con un hijo en brazos y de la conclusión del propio Duval: las manos de su padre y los labios de su madre le enseñaron más de Dios que la doctrina aprendida.

Pero el problema no reside en la escena familiar del jesuita que puede ser auténtica y conmovedora, sino en la figura a la que se atribuye. Aimé Duval (1918-1984) fue un sacerdote de la Compañía de Jesús, francés que, en las décadas de 1950 y 1960, alcanzó un éxito mediático notable como cantautor y guitarrista. Vendió más de un millón de discos, dio miles de conciertos en decenas de países y se convirtió en uno de los rostros de aquella generación de sacerdotes y religiosos que optaron por la farándula como vía de evangelización popular. Esa misma trayectoria lo condujo a un alcoholismo declarado, a una tentativa de suicidio en 1969 y a una larga y dolorosa recuperación a través de Alcohólicos Anónimos. Él mismo lo narró sin ambages en su libro autobiográfico L’enfant qui jouait avec la lune, publicado bajo el subtítulo explícito “Chanteur, Jésuite, Alcoolique”.

Utilizar como paradigma de la transmisión serena y generacional la memoria de infancia de un sacerdote que, en su vida adulta, encarnó las contradicciones, las heridas y los excesos de una época de experimentación clerical y mediática, resulta desconcertante. El documento no menciona estas circunstancias. Presenta a Duval únicamente a través del filtro edulcorado de su recuerdo infantil, omitiendo que su trayectoria pública ilustra precisamente el tipo de desórdenes del éxito mundano, dependencia, fragilidad personal que pueden obstaculizar, más que favorecer, una transmisión coherente de la fe. Tampoco se trata de negar la posibilidad de conversión o de recuperación, sino de advertir que el Dicasterio ha elegido, para ilustrar la transmisión “de siempre”, a un testigo cuya vida adulta contradice la imagen de estabilidad y de coherencia que se pretende transmitir.

El contraste es tanto más llamativo cuanto que el documento, en su capítulo final, recoge otros testimonios contemporáneos de redescubrimiento de la fe (algunos anónimos, otros vinculados a experiencias digitales o a procesos de recuperación). Al privilegiar la escena idílica de Duval sin contextualizarla, el texto corre el riesgo de ofrecer una pedagogía pastoral que idealiza el pasado mientras elude las consecuencias reales de ciertas opciones de vida y de estilo que marcaron a parte del clero y de la vida religiosa en la segunda mitad del siglo XX debilitando la credibilidad del llamado a testimonios auténticos precisamente cuando la transmisión entre generaciones está rota y cuando las nuevas tecnologías amplifican tanto las oportunidades como los riesgos de una fe desencarnada.

Si la transmisión de la fe ya no se da por inercia familiar ni cultural; requiere un anuncio explícito, personal y comunitario del kerygma, sostenido por vidas que no contradigan lo que proclaman. Mientras el Dicasterio recurra a testigos cuyas biografías públicas ilustran las heridas de una generación que buscó el éxito mediático y pagó un alto precio personal, el diagnóstico de la crisis pierde fuerza y la llamada a la renovación queda incompleta. No basta con diagnosticar la ruptura; es necesario señalar con claridad qué testimonios ayudan y cuáles obstaculizan la credibilidad del anuncio en un catolicismo de muchas dicotomías, pero de grandes y auténticos testimonios.

La cuestión de la transmisión de la fe, por tanto, no nos aleja del depositum fidei, ni implica reducir el tratamiento a la mera dimensión subjetiva de la fides qua. Se trata, sencillamente, de un llamamiento a los fieles para que vuelvan al corazón del patrimonio de la fe cristiana, el kerygma es, de hecho, su contenido central, que atraviesa como un hilo de oro la armoniosa jerarquía de las verdades de la doctrina católica.

ByACN
Follow:
La nueva forma de informar lo que acontece en la Iglesia Católica en México y el mundo.
No hay comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *