Hemos visto al Señor

Bienvenidos a esta reflexión desde la Palabra de Dios en el II Domingo de Pascua o Domingo de la Divina Misericordia

Hoy nos encontramos con la narración de dos apariciones del Resucitado, podemos decir que, ésta sí es una prueba de que Jesús es el “viviente”, el que ya no puede morir. En la primera no estaba Tomás, en la segunda ya está presente. Las dos apariciones se dan en domingo y están a puerta cerrada. En las dos Jesús les desea la paz.

En el Evangelio de San Juan, la primera aparición representa el Pentecostés, éste es una consecuencia inmediata de la Resurrección del Señor. Tenemos el signo de la puerta cerrada porque los discípulos se veían sumergidos en la incomprensión de los hechos y en el temor. Ante el temor que debió reflejarse en sus rostros, apareciendo en medio de ellos, Jesús les dijo: “La paz esté con ustedes”, una paz que les llenó el alma de alegría y valor. Para que sepan que es Él mismo, pero en cuerpo glorificado, “les mostró las manos y el costado” y en ellas aparecen las huellas del gran amor que les ha tenido, las llagas; como algunos estudiosos han dicho, se da la continuidad en la ruptura; es decir, es el mismo Jesús pero su cuerpo glorificado, sus heridas ya no sangran, el dolor se ha convertido en alegría. Viene luego el envío para que continúen aquella misión que le ha encomendado el Padre, esa misión para la que fueron llamados, ahora les tocará seguir difundiendo el proyecto de Jesús. No los envía solos, les da el Espíritu Santo, así como el poder de perdonar los pecados: “Reciban el Espíritu Santo. A quienes ustedes les perdonen los pecados, les quedarán perdonados”.

Aquellos Apóstoles atemorizados tienen una gran experiencia con el Resucitado, una experiencia que los llena de paz, la cual los alienta a seguir adelante, a pesar de las dificultades. Esa presencia les quita los temores, saben que su Maestro está vivo y que se ha cumplido lo que un día les anunció. Aquellos anuncios de la Pasión y Muerte, los empiezan a comprender.

Tomás no está presente en aquel momento, sus compañeros con gozo y alegría le comparten su experiencia: “Hemos visto al Señor”. Aunque debió ver aquellos rostros distintos por la alegría del Resucitado, Tomás desea pruebas, pone condiciones para creer: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”. Podemos imaginar todos los pensamientos que surcaron la mente de Tomás; todos los comentarios entusiastas que escuchó de sus amigos y sabemos que se mantuvo en la duda; aquellas palabras que escuchaba, aquella experiencia que le compartían, aquella seguridad con la que le hablaban, no le eran suficientes para “creer”. Cuántas veces no bastan los sermones bien elaborados, es necesario el encuentro personal con el Resucitado, con Jesús que vive.

A los ocho días, Jesús se vuelve hacer presente y les desea la paz. Se da como una provocación de Jesús con Tomás, que lo invita a que toque, que palpe, para que se desvanezcan las dudas; pero a Tomás le es suficiente oír aquella voz y verlo, de allí que expresa una confesión de fe como nadie lo había hecho: “Señor mío y Dios mío”; es el primero que le da el título de Dios. Jesús, pensando en todos los hombres a los que se les predicará el Evangelio expresa: “Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto”.

Aunque Jesús está vivo y presente en la Iglesia, sabemos que su presencia es distinta. Jesús nos participa la dicha de la fe, ya que llegamos a creer por el testimonio de otros; confiamos en lo que nos anuncian y no sólo con palabras, sino sobre todo con el testimonio y de allí partimos para hacer nuestra propia experiencia de encuentro con el Resucitado.

El Evangelio nos narra la situación de una Iglesia naciente, con miedos; Jesús no está en el centro, el temor lleva al encerramiento. Sin Jesús, la Iglesia se convierte en un grupo de hombres y mujeres que se reúnen a puerta cerrada. Con las puertas cerradas no se puede escuchar lo que sucede fuera; no es posible abrirse al mundo, se apaga la confianza y crecen los recelos. El miedo puede paralizar la evangelización y bloquear nuestros mejores dones; con miedo no es posible amar el mundo. El Papa San Juan XXIII dijo: “Abramos las ventanas de la Iglesia, para que entren vientos nuevos”.

Tomás no acepta el testimonio de nadie; los escucha con escepticismo ¿por qué va a creer algo tan absurdo? ¿cómo pueden decir que han visto a Jesús, si ha muerto crucificado? Él está seguro de la muerte de Jesús y le sorprende lo que sus amigos le dicen. Tuvieron que pasar ocho días para que el Señor se presente a borrar sus dudas; basta su presencia para rendirse y convertirse en un fervoroso creyente.

La finalidad de las apariciones de Jesús, después de resucitar, es afianzar aquella primera comunidad que parecía no comprender el gran misterio, el miedo les había empañado el entendimiento. Los discípulos se llenan de alegría al ver al Señor, siempre es así, en una comunidad cristiana se despierta la alegría cuando allí en medio de todos, es posible ver a Jesús vivo. Nuestras comunidades no vencerán los miedos, ni sentirán la alegría de la fe, ni conocerán la paz que sólo Cristo puede dar, mientras Jesús no ocupe el centro de nuestros encuentros, reuniones y asambleas sin que nadie lo oculte. Porque…, cuántas veces nos reunimos en su nombre, pero Jesús está ausente de nuestro corazón, nos damos la paz del Señor, pero todo queda reducido a un saludo entre nosotros. Hermanos, vivimos en un mundo donde la actitud de Tomás se sigue repitiendo, esa actitud de incredulidad. Me parece que muchas veces la dificultad de creer no viene de la invisibilidad del Resucitado, sino que, la gran dificultad o impedimento para muchos es la visibilidad de los testigos; quizá muchos decimos que creemos y nos comportamos como verdaderos incrédulos. Por ejemplo, en la Iglesia siempre estamos hablando de Jesús; en teoría nada hay más importante para nosotros; Jesús es predicado, enseñado y celebrado constantemente, pero en el corazón muchas veces hay un vacío, Jesús está como ausente, ocultado por tradiciones, costumbres o rutinas y lo dejamos en segundo plano.

Preguntémonos: ¿Cómo mostramos que somos testigos del Resucitado? ¿Cómo somos testigos en nuestra vida diaria? Que nuestra tarea sea hoy, centrar nuestra persona, nuestra familia, nuestra comunidad, en Jesucristo conocido, vivido, amado y seguido con pasión. ¡Es lo mejor que tenemos! Si no vivimos del Resucitado, ¿quién va a llenar nuestro corazón?

¿dónde se va a alimentar nuestra alegría?

Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.

Obispo de la Diócesis de Apatzingan
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