Guardar, como María, las cosas en el corazón para esperar a ser iluminados

Como el mes de febrero que se centra en el amor que suscita la emoción, junio está siendo un mes de mucho corazón. La celebración de los Inmaculados corazones de Jesús y de María nos ha llevado a sentirnos arropados por el inmenso amor de Dios, lo cual hace posible que crezca el deseo de consagrarnos al Inmaculado corazón de María, como nos han venido acostumbrando las comunidades cristianas que buscan refugio y fortaleza en la madre de Jesús.

De acuerdo a los beneficios y comodidades que ofrecen los medios modernos conseguimos afiliaciones, suscripciones y una que otra membresía, pero cuánto se necesita pertenecer a María. En estos tiempos de peligros e inmensos desafíos, cómo se necesita un lugar seguro que no solamente nos proteja y arrope delante de las dificultades, sino al mismo tiempo nos inspire para vivir la fe de manera perseverante, como lo hizo la Virgen María.

Además de los inmensos beneficios que nos otorga la consagración al Corazón Inmaculado de María, como destacan los santos, van siendo muchas las reflexiones que está dejando la celebración del corazón de Jesús y de María.

Cuánto quisiéramos vivir en la paz, en la bondad, en la fe y en la pureza, como lo contemplamos en María. De ahí la nostalgia que se siente, en primer lugar, al reconocer nuestra propia realidad de pecado. No somos inmaculados, como María, sino que tenemos que luchar contra tantas pasiones que manchan nuestra mirada y envenenan nuestra alma.

Nuestra lucha no es únicamente contra la lujuria, sino también contra el egoísmo, la ambición, la soberbia y el orgullo, que nos llevan a sacar ventaja, a aprovecharnos de los demás y a vivir en la indiferencia respecto de las necesidades de los demás. No queremos perder y somos capaces de decir mentiras con tal de mantener nuestros privilegios y afectar a los demás.

Constatando esta realidad comenzamos sintiendo nostalgia, ya que no somos inmaculados. Pero, en segundo lugar, se siente el impulso de imitar a María que, como destaca el santo evangelio, guardaba todas las cosas en su corazón. Hay muchas cosas en la vida que no entendemos a la primera y no es que tengamos que entenderlas de manera inmediata, de acuerdo a la tendencia de nuestra sociedad.

Por supuesto que hay cosas difíciles que no se entienden y no se aceptan cuando se presentan. Pero nuestra tendencia es a resolver todo de manera inmediata, si darnos tiempo de meditar y reposar las cosas. Cuando estamos delante de algo que es más grande que nosotros nuestra tendencia es a desesperarnos, echar pestes, blasfemar y rebelarnos. Somos precipitados, tendemos a reaccionar de manera primaria y poco margen damos a la reflexión.

Muchas cosas la Virgen María no entendía. De ahí que guardara muchos episodios de su vida en su corazón para aclarar las cosas, para esperar la luz y para aprender a confiar en la presencia de Dios en su vida, ante acontecimientos y mensajes que prácticamente la desbordaban.

Bastaría considerar el estupor de María frente del ángel que se pone de rodillas delante de ella para anunciarle el misterio de la encarnación; o su actitud contemplativa ante su niño recostado en un pesebre; o su sorpresa delante de Simeón que se alegra al ver al niño, pero que también le anuncia que una espada atravesará su alma; o su inmenso dolor al ver a su hijo morir como un criminal en la cruz; o su angustia frente al adolescente Jesús que se pierde en aquel viaje a Jerusalén y al encontrarlo les responde de manera desconcertante.

Frente a esos acontecimientos que rebasan su capacidad María no se cuestiona, no se rebela, no duda, sino que guarda en el corazón y espera la iluminación. María contempla, calla y ora. Ella misma habla de su dolor y angustia cuando, por ejemplo, al encontrar a su hijo en el templo delante de los doctores de la ley le dice a Jesús: “Tu padre y yo te hemos buscado llenos de angustia”.

“Durante tres días, preludio de otros tres que llegarían después, el Corazón de María se cubrió de tinieblas. Había perdido la luz, había desaparecido el Niño, y lloraba por dentro anticipando el grito desgarrador del Calvario: «Hijo mío, Hijo mío, ¿por qué me has abandonado?». Cuando, pasados esos tres días, volvió la luz, ella, que conservaba todo esto en su corazón, aprendió una lección que la iluminaría, como una lámpara, durante el Sábado Santo: jamás perdería a su Hijo para siempre” (José F. Rey Ballesteros).

Cuando las cosas son demasiado grandes, simplemente callamos, como María y como San José. Guardamos las cosas para aprender a confiar y para esperar a ser rescatados. Por eso es muy importante buscar el recogimiento y encuentros íntimos con el Señor para procesar las cosas que enfrentamos, porque los misterios de la vida no se entienden a la primera y eso es algo que hay que aceptar para no desesperarnos.

Imitando a María hay que buscar el recogimiento, así como momentos de silencio y contemplación para ir filtrando las cosas que no podemos entender. Tantas cosas nos sorprenden y nos hacen trastabillar en la vida: cuando se muere un ser querido, cuando nos quedamos desempleados, cuando enfermamos, cuando fracasa el matrimonio, cuando enfrentamos crisis familiares, cuando somos amenazados, cuando esperamos a un ser querido secuestrado o desaparecido, cuando el médico nos revela que tenemos cáncer u otra enfermedad grave.

Hay que guardar las cosas en el corazón en vez de acobardarnos, blasfemar, maldecir, desesperarnos y protestar. Delante de situaciones desafiantes, como María: contempla, calla y ora, para ser iluminado, para ser rescatado y para que tengas la convicción que Dios jamás se apartará de ti.

Eso mismo aprendemos del corazón de Cristo. Se pueden llegar a enfrentar situaciones delicadas, pero a veces la interpretación que hacemos de lo que nos pasa empeora más la situación y nos hunde más en la vida. En situaciones así, la oración nos ayuda a evitar interpretaciones pesimistas y catastrofistas que no nos permiten percatarnos de la presencia de Dios. Esos pensamientos vienen del maligno y torturan el alma. Nos van haciendo caer en el pesimismo, la tristeza y la desesperanza.

La enfermedad y los problemas pueden ser muy duros, pero es peor la interpretación que hacemos de ellos. En esos momentos de sufrimiento y tristeza nos encontramos indefensos y débiles, no solo a nivel físico sino también espiritual. Por eso, Jesús insiste en la oración para no caer en la tentación, para no caer en la desesperación, para que no le demos la espalda a Dios, para que no nos sintamos rechazados por él.

El evangelio destaca que Jesús entre más sufría, más oraba; entre más solo se sentía, más oración hacía; entre más dolores llegaban a su alma, más se aferraba a Dios. Si aumentan los padecimientos, hagan más oración, como Jesús que entre más sufría más oraba.

En definitiva, no hay que guardar rencores, venganzas y odio en el corazón. El corazón es para guardar, como María, los signos y las bendiciones de Dios. San Manuel González nos exhortaba de una manera muy clara a proceder como María: “Muchos nos habrán enseñado o enseñarán a guardar las cosas en la cabeza o cerebro. En la cartera o banco. En el paladar o estómago… Nadie como María nos enseñará a guardar todo en el corazón”.

“No tengan miedo, no se turbe su corazón, confíen”. Recordando entrañablemente estas palabras de Jesús hace falta pedirle a Dios en nuestra oración que estas dulces palabras se metan en nuestra cabeza y sepamos guardarlas en el corazón.

Digamos de manera personal en nuestra oración: “María, madre mía, ayúdame a ‘guardar en mi corazón’ y en tu corazón, los cansancios y desvelos y a adelantar, desde ahora, mi acción de gracias”. Hay que guardarlo todo porque el Señor llegará a iluminarnos y rescatarnos, pero también porque necesitamos ser fuertes para ayudar a los demás y acompañarlos en los momentos críticos que enfrentan.

Así lo exponía de manera conmovedora Etty Hillesum: “Quiero decir esto: toda la fuerza, todo el amor, toda la confianza en Dios que uno posee, se deben guardar en reserva para todos aquellos que uno encuentra en su camino y que lo necesitan”.

María es la mujer del sí, la mujer que se abandona al Señor y la mujer que nos enseña que cuando guardamos las cosas de Dios nos dejamos sorprender por lo que Dios puede hacer en nosotros.

Conviene quedarnos con las palabras de Santa Faustina Kowalska para no dejar de hacer oración y para que, como María, guardemos todo en el corazón. “Estoy tranquila junto a su Inmaculado Corazón, ya que soy débil e inexperta, por eso, como una niña me abrazo a su Corazón”.

No hay comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *