Jesús nos sigue dando lecciones de vida en su Evangelio. Ante la petición de un hombre que le solicita que sea el árbitro en la repartición de la herencia con su hermano, Jesús aprovecha para dejar una lección sobre la avaricia. Recordemos que la avaricia es el afán de poseer muchas riquezas por el solo placer de atesorarlas sin compartirlas con nadie y sin disfrutarlas. La avaricia conduce a quienes la practican, a una acumulación excesiva de bienes que atenta contra los valores de convivencia y sumen en la desgracia a muchas personas y grupos. Hoy, la urgencia de evitar la avaricia, se vuelve aún más evidente, debido a su normalización a través de revistas, medios de comunicación e incluso su convivencia con cierto tipo de espiritualidad en los ámbitos religiosos.
Jesús rechaza ser juez en la repartición de herencias, Él sabe que las cosas materiales pueden convertir al ser humano en avaricioso. Jesús en Galilea conoció algunos ricos que poseían bienes de más y muchos pobres a quienes les costaba la sobrevivencia. Los ricos dialogaban con sus bienes materiales, con sus libros de cuentas, más que con las personas. Los ricos se preocupaban de las ganancias y de cómo acumular más, pero olvidaban a sus trabajadores en medio de tantas carencias; existía un abismo entre ricos y pobres.
Parece la ocasión oportuna para dejar una enseñanza sobre la avaricia y Jesús propone una parábola, la del rico insensato; aquel hombre sin nombre, sin esposa, ni hijos, sin amigos; su relación es consigo mismo, con las cosas materiales, como la cosecha, sus graneros, haciendo planes desde su egoísmo. Y Jesús narra que un rico se encontró con una cosecha inesperada, abundante y se preguntó: “¿Qué haré?”, esa pregunta se la hacen aquellos campesinos que le han trabajado sus tierras, que viven al día, ¿qué hará? ahora que Dios lo ha bendecido con una abundante cosecha; ellos piensan en alguna remuneración extra que beneficie a todos los trabajadores; pero para aquel hombre sólo existe él mismo; entabla un diálogo consigo mismo y se pregunta: “¿Qué haré?” Pero también se responde: “¡Ya sé lo que voy a hacer!”. No existe nadie más, no se habla de esposa, hijos, parientes, pobres, necesitados, etc. Él es el centro de todo. No se ha conformado con lo acumulado, cree conveniente acumular más para darse la buena vida; para él la buena vida consiste en: “poseer, descansar, comer, beber”. Los pobres y necesitados, los hambrientos y desposeídos, no entran en su horizonte de necesidades; su egoísmo, su ensimismamiento, están por encima de todo. Aquel hombre está equivocado con los bienes materiales, es definido como un necio, ya que los bienes no aseguran la vida de nadie. Jesús deja claro que la vida es breve y depende de Dios. La razón que Jesús ofrece para no poner el corazón en la riqueza, es clara: En primer lugar, la abundancia de bienes, en particular los bienes materiales no garantizan la felicidad. Así pues, el poder sobre los bienes materiales, no equivale al poder sobre la vida. Lo peor que le sucede al hombre de la parábola, quien poseía todo y más, es que iba a morir esa misma noche; su dominio sobre sus riquezas, evidenciaba al mismo tiempo, su impotencia sobre la duración de su vida. Este hombre es llamado “¡Insensato!, esta misma noche vas a morir”. En todos los tiempos, las riquezas o los bienes materiales, han jugado un papel importante en las personas. Jesús no juzga las riquezas, no condena a quien tiene bienes materiales, juzga la actitud que se tiene ante las riquezas. Los bienes materiales son medios al servicio del ser humano, no son fines.
La cultura actual marcada por un materialismo, nos va conduciendo a creer que poseyendo cosas seremos más felices; se irán terminando nuestros problemas, se llenará el vacío que ha dejado la ausencia de Dios; pero se observan tantos ricos que no le encuentran sentido a sus vidas, que necesitan de analgésicos para dormir; que por acumular riquezas, descuidaron la familia. Muchos no se dan cuenta que la felicidad no se encuentra en el acumular riquezas. Hermanos, cuidémonos de la avaricia; el hombre avaricioso, es aquel que acumula sin saber disfrutar lo acumulado, cuidémonos de ese afán desenfrenado por conseguir cosas materiales a cualquier costo.
En el mundo en el cual nos ha tocado vivir, parece que el tener es más que el ser. Existe una carrera por tener bienes, ya que, al que tiene se le llama “don”. El que tiene, cuenta con prestigio y pareciera que se le abren los caminos, hasta la justicia parece que se ladea para el lado del que tiene más. Jesús nos invita para que a las cosas o riquezas les demos el valor que tienen, que no les demos el corazón. Analicemos la dosis de avaricia que pueda existir en nuestros corazones; ojalá que nunca escuchemos esa palabra dirigida a nosotros: “¡Insensato!”. Es una sentencia, es un ultimátum, es una palabra que debe horrorizarnos.
Pensemos hermanos, el dinero o los bienes en abundancia ¿acaso nos dan la felicidad?, o por el contrario, ¿amargan la vida? A cuántos hermanos, la abundancia desmedida de dinero y de bienes materiales, en un mundo pobre e injusto, les quita la paz, les exige contratar guardaespaldas, les roba la libertad para actuar. Miremos por ejemplo a los narcotraficantes, miremos a los políticos corruptos, ¿acaso disfrutan de sus millones? ¿gozan de la felicidad o viven en zozobra continua, pensando que en cualquier momento los podrían descubrir o matar?
Mucho nos enseña el Evangelio de este día, hermanos no olvidemos:
- Las herencias causan divisiones entre los herederos. Padres de familia, la mejor herencia que se puede dejar es la formación de los hijos. Enseñarles a trabajar con honestidad, eso es enseñarles a ser hombres de bien. Les invito a ustedes padres de familia, que tienen algunos bienes que sin duda los dejarán para los hijos, hagan bien su testamento; para ustedes todos los hijos valen igual, pero es importante no dejarles pleitos; ayudarlos para que sigan unidos después de que ustedes partan a la casa del Padre.
- Cuidémonos todos de la avaricia, ese deseo por acumular riquezas; es un deseo malsano, ya que por acumular, no se es capaz de ser solidario con los más necesitados, ni se es capaz de disfrutar lo que se tiene. A las riquezas hay que darles el lugar que ocupan, son medios, nunca les demos el corazón.
- Recordemos que la vida no depende ni de nosotros, ni de las riquezas que poseamos. La vida es frágil y depende de Dios, nada es nuestro, todos los bienes son para que nos sirvan, siendo solidarios para que los usemos de la mejor manera, cuando muramos no nos llevaremos nada.
Hermanos, pensemos que para Jesús y los primeros cristianos, los bienes no están destinados a ser disfrutados egoístamente, sino a ser compartidos en comunidad. Lo que justifica la posesión de un bien, es la disposición para compartirlo fraternalmente con los demás.
Preguntémonos, ¿por qué ha crecido tanto la avaricia y por qué nos atrae sin distinción a todos? ¿qué podemos hacer, según este Evangelio, para evitarla? La avaricia destruye la paz, destruye los valores del Reino, el plan de Dios, porque nos encierra en nosotros mismos.
Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.


