Vivimos en una sociedad que idolatra la juventud y olvida el valor de la madurez. Las imágenes que nos rodean como: la publicidad, redes sociales, discursos aspiracionales parecen repetir una idea peligrosa que lo nuevo vale más que lo vivido, que la velocidad supera a la pausa, que la piel tersa es sinónimo de éxito. En medio de ese ruido, envejecer se presenta como una derrota silenciosa. Sin embargo, basta detenernos un momento para comprender que envejecer no es una tragedia: es un privilegio.Regresar a entender los valores que implica la madurez es un acto casi revolucionario.
La madurez no es renuncia; es conquista. No es pérdida; es selección. Con los años aprendemos a elegir mejor, a decir no sin culpa, a escuchar sin prisa. Donde antes había urgencia, aparece la calma; donde había impulsos, surge criterio. La madurez nos regala una mirada más amplia y compasiva del mundo y de nosotros mismos.
La madurez, lejos de ser un declive, es una etapa de plenitud distinta. Es el tiempo en el que la vida deja de medirse por lo que se posee o se exhibe, y comienza a valorarse por lo que se ha comprendido y entregado. Con los años llega una sabiduría que no se aprende en manuales ni en pantallas: nace del dolor atravesado, del perdón concedido, de la fidelidad sostenida incluso cuando no fue fácil.
Cada cicatriz una lección, cada cana un recuerdo que nos hizo crecer. En una época que corre sin mirar atrás, la madurez nos recuerda el valor de la continuidad, del legado, del tiempo compartido. Las sociedades que respetan a sus mayores conservan una brújula ética: saben de dónde vienen y, por eso, pueden decidir mejor hacia dónde van.
Escuchaba hace poco un dato revelador: en España viven más de veinte mil personas con más de cien años. Más allá de la cifra exacta, el mensaje es potente. Llegar a edades tan avanzadas no es solo una cuestión biológica; es una oportunidad humana. Cada una de esas vidas centenarias representa décadas de cambios, crisis superadas, afectos sostenidos, aprendizajes acumulados. Son bibliotecas vivas en un mundo que a veces prefiere titulares rápidos a sabiduría profunda.
Tal vez el mayor error de nuestra cultura sea confundir valor con apariencia. La juventud es una etapa; la madurez es una construcción. La primera llega sola; la segunda se trabaja. Se edifica con decisiones, con paciencia, con responsabilidad afectiva. Y, sobre todo, con una ética del cuidado: de uno mismo, de los vínculos y del mundo que habitamos.
Envejecer es un privilegio, cada año añadido es una oportunidad de comprender mejor, de amar con más conciencia, de vivir con mayor verdad. Reivindicar la madurez es reconciliarnos con el tiempo, dejar de combatirlo y empezar a caminar con él. Quizá entonces entendamos que la verdadera riqueza no está en parecer jóvenes, sino en llegar a ser profundamente humanos.
“En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos y otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras”. (Jn 21,18)

