En memoria de los sacerdotes asesinados

Editorial ACN Nº26

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La jornada de oraciones por la paz promovida por la Conferencia del Episcopado Mexicano, la Conferencia de Superiores Religiosos de México y la Compañía de Jesús abre una posibilidad para reivindicar la memoria de los ministros y agentes de evangelización asesinados en este México violento.

Más que la reivindicación de la memoria se trata de un gesto de resistencia pacífica para llamar a atención acerca de la lamentable condición de este país que lleva décadas en una interminable pasión de dolor por los miles de asesinados despertando la conciencia a través de lo mejor que sabe hacer una comunidad de fe que tiene enraizada su esperanza en Cristo, Señor de la Vida: la oración.

Sin lugar a duda, hay un aspecto que debe llamar la atención. Esta incontenible marea de muerte debe propiciar una conciencia activa en cada persona que no puede pasar indiferente ante este estado de cosas. Las cifras de muertos y desaparecidos son de todos conocidas. Cada hora, cada minuto, un evento violento puede estar sucediendo en algún rincón de este país haciendo que la sangre corra más y más, empapando cualquier aspecto de nuestra vida y convivencia.

El riesgo latente es eso, la indiferencia. La normalización de la violencia ha llegado a tales niveles que nos hemos acostumbrado a ver diariamente los crímenes como una cosa común en el territorio nacional. Como sucedió con los jesuitas de la Tarahumara, muchas comunidades católicas sufren la orfandad por la ausencia de sus sacerdotes muertos, sea por la avaricia, sea porque fueron incómodos a los hacedores del mal o bien sólo porque alguien vio normal tomar la vida del otro tan sólo porque lo podía hacer sin ninguna consecuencia alguna ante el vacío del estado del derecho o por la ausencia del estado por ser fallido.

La vida se ha banalizado y resulta trivial el respeto. Antes, por ejemplo, la presencia de un sacerdote, y más si era anciano, imponía un respeto por ser una autoridad moral indiscutible que podía intervenir en la historia personal para mejorarle y ofrecer algún aspecto de redención. Hoy, un hombre mató a dos sacerdotes ancianos en el interior de un templo e, incluso, tuvo la osadía de tomar sus cuerpos para llevarlos a su antojo y beneplácito afirmándose como dueño de la vida y de la muerte; sin embargo, otros elementos agravan la situación y esos son la actitud desde el poder ante los problemas, sobre todo en esta complejidad, que se mediatiza usando la tribuna como si fuera la plaza de la guillotina para hacer culpables a las víctimas y emprenderla contra la Iglesia usando todo el poder de la autoridad para hacer afirmaciones temerarias e irresponsables sin medir las consecuencias que trae aparejado el uso del poder de la más alta responsabilidad de la nación.

Esta jornada de oración del 10 de julio debe generar actitudes responsables a los problemas. Desde el presidente de la República hasta el más humilde servidor público pasando por la que corresponde a todos tenemos en esta desastrosa situación.

Cuando una sociedad no tiene paz y se asesina, cuando un gobierno evade su responsabilidad culpando a otros, cuando esta crisis de paz arroja datos sombríos sobre el futuro del país, entonces puede decirse que no hay transformación sino desastre. A todos nos convendría una pausa para darnos cuenta de nuestra responsabilidad y recordar a quienes ya no están entre nosotros. Como sea, esas vidas fueron segadas por diversas circunstancias: Desde una familia desintegrada hasta quienes, estando en sus manos, evadieron la responsabilidad para garantizar la paz y seguridad, hoy ausentes de muchas comunidades a lo largo y ancho del territorio nacional.

Desde la Agencia Católica de Noticias nos unimos a esta Jornada Nacional de Oración, hoy tan necesaria para cada uno de los que vivimos en este país recordando la memoria de los sacerdotes asesinados y la de miles de mexicanos anónimos quienes cayeron a causa de la más absurda violencia.

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