Detrás de esta seductora súplica se esconde una profunda confusión entre dignidad cristiana y ministerio sacramental, entre igualdad humana y fidelidad a Cristo.
En La Croix L’Hebdo de hoy viernes 26 de septiembre, el escritor Frédéric Boyer afirma que sería una «urgencia espiritual y ética» ordenar mujeres sacerdotes, para una Iglesia más «unida e inclusiva». En su columna, Frédéric Boyer reacciona a las palabras del Papa León XIV recogidas en un libro publicado recientemente en Perú. En dicha entrevista León XIV reiteró que «no tiene intención de cambiar la enseñanza de la Iglesia» respecto a la ordenación de mujeres, una postura claramente fiel a sus predecesores, en particular a san Juan Pablo II, quien en Ordinatio Sacerdotalis (1994) afirmó que esta cuestión estaba definitivamente zanjada.
Frédéric Boyer, por el contrario, cree quela ordenación de mujeres se trataría de una «acogida liberadora», signo de una humanidad «unida en un solo cuerpo» , donde mujeres y hombres ejercerían por igual funciones sacerdotales, y llega a hablar de una «emergencia espiritual y ética».
El primer error
de Frédéric Boyer
es confundir
la acogida incondicional de las personas,
con la institución de los sacramentos.
Si bien la Iglesia acoge a todos sin discriminación,
los sacramentos no son derechos
que se puedan conquistar,
sino dones confiados por Cristo a su Iglesia.
Ahora bien, Cristo, al instituir el sacerdocio, eligió solo a hombres para que lo representaran in persona Christi capitis . Acoger a las personas no significa transformar el signo sacramental, como si la Iglesia pudiera adaptarlo al espíritu de la época.
Al hablar de «discriminación» , Frédéric Boyer introduce en el debate categorías políticas ajenas a la fe, y la tentación es clara: transformar la Iglesia en una asociación humana sujeta a exigencias de igualdad y de paridad social.
Sin embargo,
la Iglesia no es una ONG
ni una asamblea ciudadana;
es el Cuerpo Místico de Cristo, instituido por Dios y no por consenso democrático.
Donde la ideología busca nivelar y borrar
toda distinción,
el sacramento supone una diferencia fructífera.
El ministerio sacerdotal no es una superioridad, sino un servicio particular; querer abrirlo a las mujeres en nombre de la igualdad es un error de perspectiva; sería reducir el sacerdocio a una función de poder cuando es signo de Cristo Esposo que se entrega a su Esposa, la Iglesia.
La dignidad de la mujer en la Iglesia no se mide por el acceso al sacerdocio. La Virgen María, modelo de santidad, nunca reivindicó un ministerio sacerdotal.
Grandes figuras como Santa Teresa de Ávila, Santa Catalina de Siena o Santa Teresa de Calcuta han marcado la historia de la Iglesia por su propia misión sin necesidad de ordenación; reducir el lugar de la mujer al único criterio de acceso al sacerdocio es empobrecer su vocación en lugar de magnificarla.
La necesidad urgente de la Iglesia no es inventar un sacerdocio femenino, sino redescubrir una fe viva, la santidad y la fidelidad a Cristo.
El cardenal Robert Sarah nos ha recordado que nuestra crisis proviene de la pérdida del sentido de lo sagrado, una liturgia debilitada y una fe diluida. La columna de Frédéric Boyer ilustra una desviación común: proyectar las categorías de la modernidad política y social sobre la Iglesia como si esta se convirtiera en una simple asociación humana.
Pero la Iglesia no pertenece a los hombres; es la Esposa de Cristo, guardiana de una sagrada responsabilidad que no cambia según las exigencias.
El Papa León XIV tiene razón al señalar que no pretende cambiar la enseñanza de la Iglesia: la ordenación sacerdotal reservada a los hombres no es una injusticia que deba repararse, sino una fidelidad a Cristo que debe preservarse.
Vale la pena citar este recordatorio de Juan Pablo II en Ordinatio Sacerdotalis :
Para disipar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que afecta a la constitución divina de la propia Iglesia, declaro, en virtud de mi misión de confirmar a los hermanos, que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres y que esta sentencia debe ser aceptada definitivamente por todos los fieles de la Iglesia».
Esta enseñanza no es una opinión revisable, sino un hecho irreformable del magisterio. También resulta esclarecedor recordar el Catecismo de la Iglesia Católica (§1577), que afirma contundentemente : «La Iglesia se reconoce vinculada por esta elección del Señor mismo». En otras palabras, la Iglesia no es propietaria de los sacramentos, sino su sierva y guardiana.
- A nivel espiritual, la figura de la Virgen María arroja luz sobre el debate.
María es la máxima dignidad de la creación, superior a los mismos apóstoles, pues es Madre de Dios y Madre de la Iglesia. Sin embargo, no recibió el sacerdocio ministerial. Este hecho, lejos de ser una injusticia, demuestra que la grandeza cristiana no está ligada al poder sacramental, sino a la santidad y la unión con Cristo.
Finalmente, el verdadero peligro del discurso de Frédéric Boyer reside en reducir el sacerdocio a una función de poder y representación, cuando es ante todo un servicio de misterio. Al querer imponer a la Iglesia la lógica de las cuotas y la paridad, corremos el riesgo de separarla de su naturaleza divina y reducirla al rango de asociación humana. La misión de la Iglesia no es reflejar las categorías sociopolíticas del momento, sino reflejar a Cristo.
Por PHILIPPE MARIE.
VIERNES 26 DE SEPTIEMBRE DE 2025.
TCH.

