Hay momentos en la vida en los que sentimos que todo pesa demasiado. Los problemas se acumulan, el ánimo se nubla y parece que no existe una salida clara. En esos instantes, el coraje, la frustración y el enojo toman fuerza, y la pregunta inevitable aparece: ¿por qué me sucede esto? A veces dirigimos la mirada hacia afuera, culpamos a las circunstancias o a las personas, cuando en realidad pocas veces hacemos una pausa para observarnos con honestidad: qué hacemos, qué decimos y desde dónde actuamos.
Sin embargo, la vida, aún en medio del dolor, nos ofrece más alternativas de las que imaginamos. Existen caminos para sobreponernos a los pensamientos negativos que nos invaden. Es cierto: hay experiencias dolorosas, momentos complicados e historias que no siempre logramos comprender. Pero si miramos con atención hacia atrás, descubriremos algo profundamente revelador: no estuvimos solos. Encontraremos rostros que nos acompañaron, palabras que llegaron en el momento justo, miradas que sostuvieron, abrazos que sanaron y amor recibido de personas significativas. Todo eso también nos construyó.
Quien eres hoy no es únicamente el resultado de las dificultades superadas, sino también de aquellas vivencias que dejaron huella en tu corazón. Muchas veces, sin pronunciar una sola palabra, alguien despertó en ti los sentimientos más profundos de amor, fortaleza y gratitud. Esa suma de experiencias es parte de tu historia y de tu identidad.
Somos, en esencia, arquitectos de nuestra propia vida. Y aunque el pasado no haya sido favorable, el futuro aún puede transformarse. A partir de hoy, la vida se abre en dos caminos: avanzar hacia el crecimiento o quedarnos anclados en el estancamiento; elegir la esperanza o rendirnos a la desilusión. Ambas posibilidades existen, pero la decisión es personal. El primer paso hacia el triunfo es dejar de culpar a los demás y asumir nuestra responsabilidad con valentía y madurez.
Tenemos derecho a equivocarnos. Fallar no nos define; rendirnos, sí. Muchas veces somos demasiado duros con nosotros mismos y tememos volver a intentarlo porque sentimos que nuestras alas son frágiles. Pero cuando hay fe, en Dios, en la vida y en nosotros mismos; el viento sopla a nuestro favor.
Deja atrás los “si no fuera por…”. Culpar no sana ni transforma. Asumir lo vivido es un acto de coraje. Atrévete a volar, a escuchar tu voz interior y a confiar. No importa cuántas veces caigas; lo verdaderamente importante es no dejar de levantarte. El control está en tus manos, y el poder de reinventarte también.
“Aunque fuese por valle tenebroso, ningún mal temeré, pues tú caminas conmigo.” ( Sal 23, 4)

