A veces el ambiente comercial es el que se anticipa y nos avisa primero de la llegada de una de las fiestas más esperadas durante el año. De todas formas, se comienza asomar en el horizonte de nuestra vida el nacimiento del Salvador que la liturgia de la Iglesia nos invita a desear y preparar para llegar a celebrarlo con devoción y esperanza, y no con los parámetros mecánicos y ostentosos del consumismo.
En efecto, hemos resguardado la Navidad celosamente como una celebración espiritual que viene acompañada de una gran tradición cultural -la cual vemos incluso más allá de nuestras Iglesias- que nos envuelve y nos devuelve a lo esencial y a lo que tiene esa exquisita sensibilidad de tocar el corazón y llamar nuestra atención.
La Navidad tiene esa capacidad de convocarnos y provocarnos para encender lo más humano de nuestra existencia. Cuando hay tantas cosas que nos alejan, nos endurecen y nos apagan por dentro, la Navidad nos acerca, nos enciende y hace que broten sentimientos que regularmente desdeñamos, que tendemos a reprimir o a dejarlos pasar.
Muchos han llegado a darse cuenta que, conociendo el formato de esta fiesta y celebrándola de manera tradicional, al final se sienten desbordados por la capacidad que tiene la Navidad de sorprenderlos y conquistarlos con su belleza y ternura, ante las cuales es imposible no quedar cautivados.
Refiriéndose a la fascinación que provoca la fe, Cristina López S. decía: “Para mí fue tan apabullante, tan espectacular, la belleza de la fe, la verdad, el bien que nace de esta experiencia del cristianismo, que ha sido siempre mucho más potente esto que las posibles críticas”.
De esta forma las experiencias, reflexiones y motivaciones profundas que deja a su paso la Navidad nos llevan a desarmarnos y a no resistirnos a su encanto. Es como si, de repente, nos regresara a nuestro ser más profundo, a nuestra verdad más íntima, a la bondad que nunca desaparece del todo en nuestros corazones, a esa luz que no deja de calentar e iluminar el interior, a pesar del frío y de la oscuridad que prevalecen en nuestro entorno.
Ni las cosas más sofisticadas, ni los adelantos más sonados llegan a conmovernos como la celebración de este misterio que de repente nos pone en la presencia de Dios, arropándonos en su infinito misterio de amor.
Por eso, se añora y se espera tanto esta celebración e incluso, sin reconocerlo abiertamente, se anhela que venga pronto para que el ambiente que crean los niños y la luz que enciende a nuestro alrededor terminen por atraparnos en su paz, en su ternura y en su bondad.
Los niños con su ilusión y su emoción para celebrar la Navidad nos provocan para no quedarnos al margen, para no privarnos del amor y la reconciliación, para sacudirnos la desesperanza y la dureza que van dejando los acontecimientos.
En efecto, somos alcanzados por este ambiente para entrar en el misterio y no desaprovechar esas emociones profundas que son un llamado para regresar al amor, a la verdad, a la unidad y a la paz que hemos ido perdiendo.
La Navidad evoca esos momentos de gloria, esos tiempos de paz y esos destellos de eternidad que hemos experimentado y que mantienen la nostalgia de volverlos a vivir, especialmente cuando nos cansa y nos angustia la cruda realidad que vivimos.
En las circunstancias que estamos viviendo a nivel social y familiar este deseo de la llegada de la Navidad se hace más intenso. No es pedir sólo una tregua, o vivir una pausa; no es sumergirnos solo en tradiciones para la sana convivencia, sino recuperar nuestras convicciones y creer en la novedad que trae el nacimiento del Señor Jesús.
No podemos negar que se siente el cansancio y el desaliento después de varios años aciagos, peligrosos y complicados donde se agudiza la descomposición social y la confrontación. Ante este panorama social, que además de cansar también nos llega a paralizar y desmoralizar, cómo se anhela la celebración de este misterio, cómo se desea volver a contemplar la luz, la ternura, la paz y la belleza que brotan del portal de Belén.
Resulta penoso reconocer que, en ocasiones, no siempre por razones religiosas anhelamos un tiempo y una experiencia como esta. A veces se desea la Navidad ante la urgencia de parar en seco este ambiente de encono y confrontación, donde el llamado de Dios pueda ser acogido y prevalezca sobre todo en los corazones más obstinados.
De muchas maneras se hacen llamados a recapacitar teniendo en cuenta el dolor, las lágrimas y el luto generalizado que hay en nuestros pueblos. En base a esta realidad, y no a una intencionalidad política, se busca siempre que las personas y sobre todo los actores políticos se detengan y recapaciten ante esta realidad sufriente y violenta que cada vez se sale más de control.
Después de haber hecho tantos llamados a la concordia, a recapacitar, a dejar los caminos del mal, en este tiempo no solo reiteramos un llamado como este con palabras, sino sobre todo invitando a un acto de contemplación del Niño Jesús que llegue a tocar el corazón de todos los hombres. Un poco de silencio y de cordura para que descubramos, en este acto de contemplación, que el mensaje es elocuente y su belleza puede conquistarnos para el bien, el amor, la unidad y la reconciliación.
La Navidad es una mirada hacia la belleza que nos hace encontrarnos con nosotros mismos y nuestra verdad más profunda. No podemos acostumbrarnos al panorama de violencia y de maldad que vemos todos los días, ya que nos atrapa en su lógica que impone el miedo, el odio, la indiferencia, la desesperanza y el pesimismo.
Benedicto XVI nos hacía ver que: “El mal trabaja para ensombrecer, para ensuciar la belleza de Dios”. Por eso, estamos llamados a defender la belleza e identificarnos con ella para asegurar la bondad de nuestro corazón y de nuestras acciones. Hablando de la búsqueda de la belleza, Benedicto XVI también señalaba:
“Un teólogo que no ama el arte, la poesía, la música, la naturaleza, puede ser peligroso. Esta ceguera y sordera para lo bello no es cosa secundaria; se refleja necesariamente también en su teología”.
En consecuencia, no aplica sólo a los teólogos, sino también a todas las personas: a los políticos, a los gobernantes, padres de familia y líderes sociales. La ceguera y la sordera para lo bello se refleja en lo que hablamos, en la forma como lo decimos, en las acciones y en las omisiones. Carlos Marín-Blázquez también se refiere a este mismo aspecto:
“La perversidad de un régimen se manifiesta también en cómo degrada las expectativas estéticas de la sociedad: chabacanería, feísmo, profusión de bufones… Por eso, la búsqueda de la belleza es un acto de máxima subversión, una causa política de primer orden”.
En medio del desconcierto y la maldad, la mirada de fe y la contemplación de la belleza que estimula la Navidad nos llevará a lo esencial de nuestra vida que nos devuelva la paz y la determinación por buscar siempre el bien, pues como reflexiona Benedicto:
“El hombre lleva en sí mismo una sed de infinito, una nostalgia de eternidad, una búsqueda de belleza, un deseo de amor, una necesidad de luz y de verdad, que lo impulsan hacia el Absoluto; el hombre lleva en sí mismo el deseo de Dios”.
Esto mismo lo plantea Celia Guérin, mamá de Santa Teresita, al dirigirse a su hija Marie Martin: “Nuestro corazón no se sacia con nada hasta que no ve la belleza infinita que es Dios. Mirando el gozo íntimo de la familia, es esta misma belleza la que más nos acerca”
Este es el mundo bello, tanto a nivel interior como exterior, que nos hace vislumbrar la Navidad y que nos lleva a luchar para construirlo, pues como decía Pablo VI: “Este mundo en que vivimos tiene necesidad de la belleza para no caer en la desesperanza”. Para los cristianos es Jesús en quien contemplamos toda la belleza, todo el amor y toda la bondad que hará posible que lleguemos a ser hombres y mujeres nuevos, así como lo señalaba San Luis Gonzaga: “Hay en Jesús todo lo que puede satisfacer el espíritu y enamorar el corazón: Jesús posee infinita belleza, bondad y santidad”.

