«El mundo no necesita inteligencia artificial que menoscabe a la humanidad»

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León XIV - Depositphotos
León XIV – Depositphotos

El viernes 21 de agosto de 2026, al recibir en el Vaticano a los miembros de la Red Internacional de Legisladores Católicos, reunidos este año para debatir sobre inteligencia artificial, el Papa León XIV se dirigió directamente a los líderes políticos. Ante una tecnología capaz de transformar profundamente las sociedades, el Papa hizo un llamamiento a anteponer la dignidad humana, la familia y el bien común al poder de los algoritmos (texto completo).

«El mundo no necesita inteligencia artificial que menoscabe la humanidad». Esta declaración resume el discurso pronunciado por el Papa León XIV el viernes 21 de agosto ante los miembros de la Red Internacional de Legisladores Católicos (RILC), reunidos en el Salón Clementino del Palacio Apostólico. Fundada en 2010, esta red congrega a líderes políticos católicos de diversos países para reflexionar sobre el ejercicio de sus responsabilidades a la luz de la doctrina social de la Iglesia. La asamblea anual de este año se dedicó a un tema fundamental: «Dignidad humana e inteligencia artificial: retos, oportunidades y control».

León XIV no desarrolló un discurso hostil al progreso tecnológico. Estableció una distinción crucial entre capacidad técnica y legitimidad moral: «¿Qué podemos hacer, sino qué debemos hacer?». Esta pregunta sitúa la inteligencia artificial dentro de la continuidad de la doctrina social de la Iglesia. El Papa recordó cinco principios: la dignidad inviolable de toda persona, el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad y la solidaridad. La innovación, por lo tanto, no es un fin en sí misma. Debe juzgarse según sus consecuencias para la humanidad.

La advertencia adquiere un carácter directamente político al dirigirse a los legisladores. Su misión, afirma León XIV, «no es obstaculizar la innovación, sino guiarla con prudencia». Aboga por una legislación que proteja los derechos fundamentales, la privacidad y a los usuarios, así como por una mayor transparencia y mecanismos de supervisión independientes.

Detrás de estos principios subyace una preocupación más profunda: la del poder algorítmico que se escapa gradualmente del control democrático. El Papa advierte que surge una «forma sutil de dominación» cuando los algoritmos deciden «quién es visible y quién permanece invisible», o cuando las plataformas digitales moldean el debate público sin la debida rendición de cuentas. El análisis también adquiere una dimensión geopolítica. León XIV teme que el control de la IA por parte de los países más ricos pueda crear nuevas dependencias y convertirse en un instrumento de «colonialismo ideológico o económico». La brecha digital podría, por lo tanto, perpetuar, de forma tecnológica, antiguas relaciones de dominación.

Pero el pasaje más directamente social concierne a la familia. León XIV la define como «la primera escuela de la humanidad», donde el niño descubre «la confianza antes que el cálculo, la generosidad antes que la competencia, el diálogo antes que la división y el amor antes que el poder». La IA jamás debe, insiste, reducir a las personas y las relaciones a datos o simulaciones, ni exponer a los jóvenes a contenidos «que distorsionen el deseo».

Por lo tanto, el Papa pide explícitamente a los parlamentarios católicos que promuevan políticas que «fortalezcan el matrimonio y la familia» y apoyen a los padres en su labor educativa. Mediante la inteligencia artificial, León XIV plantea, en última instancia, una cuestión mucho más antigua que la revolución digital: la de la relación entre poder y responsabilidad. La Iglesia no pide a la humanidad que renuncie a su capacidad de invención, sino que mantenga el control sobre sus inventos.

«El mundo no necesita inteligencia artificial que menoscabe a la humanidad», concluyó, «sino inteligencia humana iluminada por la sabiduría, autoridad política guiada por la conciencia e innovación tecnológica dirigida por la caridad».

Discurso de Su Santidad el Papa León XIV a los participantes de la reunión de la Red Internacional de Legisladores Católicos.

Sala Clémentine, viernes 21 de agosto de 2026

«Sus Eminencias,
Damas y Caballeros,
Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Es un placer para mí saludarlos, miembros de la Red Internacional de Legisladores Católicos, y en particular al Cardenal Schönborn y al Cardenal Bo, patrocinadores de esta red.

El tema de su reunión anual, «Dignidad humana e inteligencia artificial: desafíos, oportunidades y control», brinda la oportunidad de reflexionar sobre una de las cuestiones fundamentales de nuestro tiempo. Los extraordinarios avances en inteligencia artificial están abriendo horizontes que las generaciones anteriores difícilmente podrían haber imaginado. Sin embargo, cada avance tecnológico también plantea a la humanidad una cuestión moral: no solo ¿ qué podemos hacer ?, sino ¿qué debemos hacer?

En efecto, nuestra humanidad se enfrenta ahora a una decisión crucial. Como escribí en la encíclica Magnifica Humanitas , podemos caer en la tentación de construir una nueva Torre de Babel, donde el poder, la eficiencia y el control oculten el rostro de la persona humana; o podemos construir una civilización en la que la tecnología esté al servicio del desarrollo integral de cada persona (cf. n.º 7-10).

La pregunta crucial sigue siendo la misma: ¿ayuda la tecnología a las personas a ser más fraternas y responsables consigo mismas y con los demás? En este sentido, los principios de la doctrina social de la Iglesia —la dignidad inviolable de toda persona, el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad y la solidaridad— ofrecen criterios fiables para el discernimiento.

Estimados legisladores, su vocación los sitúa en el centro de este desafío. Responsables de elaborar políticas para gestionar la tecnología en beneficio de todos, su tarea no es obstaculizar la innovación, sino guiarla con sabiduría (cf. Francisco, Discurso a los participantes en la reunión organizada por la Red Internacional de Legisladores Católicos , 27 de agosto de 2021).

Una legislación sólida debe fomentar la creatividad científica y tecnológica, protegiendo al mismo tiempo los derechos y libertades fundamentales. Debe proteger a los usuarios de la explotación, preservar la privacidad, garantizar la transparencia en el uso de las tecnologías emergentes y asegurar que estas tecnologías fortalezcan las instituciones democráticas.

Para ello, son necesarios «marcos jurídicos sólidos, supervisión independiente, usuarios informados y un sistema político que no eluda su responsabilidad» ( Magnifica Humanitas , n.º 106). Dicha supervisión puede ejercerse en varios niveles —local, nacional e internacional— fomentando el debate abierto sobre «los marcos éticos pertinentes y sometiéndolos a estándares comunes de justicia social» (n.º 107), y garantizando que ninguna ideología o interés particular dicte por sí solo los valores inherentes a los sistemas de inteligencia artificial.

Al mismo tiempo, el rápido desarrollo de la inteligencia artificial conlleva el riesgo de generar nuevas formas de dependencia tecnológica, en las que las naciones más pobres dependen cada vez más de las más ricas. Debemos permanecer vigilantes al respecto, para que la innovación no se convierta en un nuevo instrumento de colonialismo ideológico o económico (véanse los números 178-179).

Lamentablemente, nos enfrentamos a una forma sutil de dominación cuando los algoritmos deciden quién es visible y quién permanece invisible, cuando las plataformas digitales moldean el debate público sin rendir cuentas y cuando la dignidad de los trabajadores se subordina a la optimización del sistema (véanse los números 95, 150 y 171). Estos acontecimientos revelan una nueva faceta de la antigua tentación de la dominación y el control sin un servicio real.

Frente a esta cultura del poder, la Iglesia propone «la civilización del amor» (Pablo VI, Regina Caeli , 17 de mayo de 1970; cf. Magnifica Humanitas , n.º 186), una civilización que gobernaría sabiamente la inteligencia artificial cultivando corazones capaces de caridad, compasión y responsabilidad.

En una sociedad así, la primera escuela de la humanidad sería la familia. Porque es en el seno de la familia donde aprendemos a confiar antes que a calcular, a ser generosos antes que competitivos, a dialogar antes que dividir y a amar antes que a tener poder.

Jamás debemos permitir que la inteligencia artificial erosione esta célula primordial de la sociedad, ya sea reduciendo a las personas y las relaciones a datos y simulaciones, inundando las mentes jóvenes con contenido que distorsiona el deseo o mediante modelos económicos que hacen que la vida familiar sea económicamente precaria.

Por eso, les animo a promover políticas que fortalezcan el matrimonio y las familias, apoyen a los padres en su papel educativo y permitan a los jóvenes mirar al futuro con confianza.

Queridos amigos, el mundo no necesita inteligencia artificial que menoscabe a la humanidad; más bien, necesita inteligencia humana iluminada por la sabiduría, autoridad política guiada por la conciencia e innovación tecnológica dirigida por la caridad. Solo así la inteligencia artificial dejará de ser una rival de la humanidad para convertirse en una aliada del bien común.

Con estos pensamientos, ruego que sus deliberaciones den abundante fruto para sus naciones y para toda la humanidad. Que la Santísima Virgen María, Madre del Buen Consejo, los acompañe siempre.

Sobre vosotros, sobre vuestras familias y sobre todos aquellos confiados a vuestro servicio, invoco con alegría la abundancia de las bendiciones de Dios.

GRACIAS. «

Por QUENTIN FINELLI.

CIUDAD DEL VATICANO.

VIERNES 21 DE AGOSTO DE 2026.

TCH.

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