El 6 de agosto de 2026, en la fiesta de la Transfiguración, la Iglesia de México recibió la noticia del fallecimiento de Carlos Garfias Merlos, arzobispo emérito de Morelia. Tenía 75 años. Nacido en Tuxpan, Michoacán, el 1 de enero de 1951, ordenado sacerdote en 1975 y consagrado obispo en 1996, recorrió durante tres décadas algunas de las geografías más heridas del país: Ciudad Altamirano, Nezahualcóyotl, Acapulco y, finalmente, Morelia. Su lema episcopal, “Cristo es nuestra paz”, no fue un eslogan ornamental. Fue el resumen de una vida.
Garfias Merlos entendió que la paz no se decreta ni se impone desde los despachos. Se construye de manera artesanal, con paciencia, riesgo y materiales humanos imperfectos. En regiones asoladas por el narcotráfico, la fractura del tejido social y la violencia estructural, impulsó centros de atención a víctimas, casas de rehabilitación, comités municipales de paz y reconciliación integrados por autoridades civiles, líderes religiosos de distintas confesiones y sociedad civil, y presidió el Consejo Michoacano para la Construcción de la Paz y la Reconciliación. Multiplicó espacios de escucha, talleres de perdón y procesos de reconstrucción comunitaria. Insistía una y otra vez en que la paz comienza en la familia, el barrio, la escuela y el trabajo cotidiano, y que nadie puede delegar esa tarea.
No se limitó a denunciar. Fue más lejos. Propuso, con claridad y a sabiendas del costo, el diálogo con actores de la delincuencia organizada, inspirado en experiencias de la Iglesia colombiana. No hablaba de pactos de impunidad, sino de abrir caminos posibles de conversión y reducción de violencia, siempre con la atención prioritaria a las víctimas. “El diálogo es el camino de la conversión de los delincuentes”, afirmó. Esa postura le valió críticas internas y externas, presiones y difamaciones. Él respondió con transparencia y no se retractó. Prefería el riesgo de la palabra pública al silencio defensivo.
También criticó con firmeza el discurso de los gobiernos en turno. Cuando las cifras oficiales hablaban de descensos y las calles seguían marcadas por el miedo, monseñor Garfias señaló lo que consideraba un “juego de percepciones”. Un discurso que no mira de frente la realidad, que minimiza o niega la violencia estructural y los muertos, impide cualquier cambio verdadero. “Para cambiar una realidad debemos aceptarla, no negarla”, decía. Llamó a políticas públicas reales de paz y seguridad, a la coordinación entre autoridades, Iglesias y sociedad, y a no normalizar el dolor. Rechazó tanto la resignación como la tentación de la violencia como única respuesta. La guerra, repetía, siempre se pierde; el único modo de vencerla es no hacerla, esa era la simple lógica.
Su ministerio se desarrolló en medio de amenazas concretas, crisis de salud, incluido el covid-19 que casi lo lleva a la muerte, y tensiones políticas. Aun así, mantuvo ruedas de prensa dominicales, acompañó a las comunidades más vulnerables y sostuvo que la Iglesia debe estar presente no solo en los templos, sino en las plazas, las calles y los espacios públicos donde se decide el futuro de un pueblo.
Hoy que su voz se ha callado, el vacío se siente con mayor fuerza. En un México contemporáneo marcado por dificultades tremendas, violencia persistente, polarización, erosión de la confianza y discursos que a menudo prefieren la percepción a la verdad, será difícil hallar otro obispo con ese grado de compromiso sostenido, concreto y arriesgado. Garfias Merlos creyó, contra toda evidencia aparente, que la paz es posible. No como ilusión ingenua, sino como tarea paciente, costosa y compartida.
Su obra no se extingue con su muerte. Queda en los centros de víctimas, en los comités que aún trabajan, en la memoria de quienes fueron acompañados, en la invitación permanente a ser artesanos y no meros espectadores. Queda, sobre todo, el testimonio de un pastor que apostó por la esperanza cuando resultaba más cómodo resignarse. Que el Señor, a quien sirvió como mensajero de la paz, lo reciba en su Reino. Y que quienes quedamos aprendamos a continuar, con las manos y el corazón, la construcción que él no abandonó nunca.
Descanse en paz, el arzobispo artesano de la paz.

