PENTECOSTÉS es el regalo del Espíritu Santo que Jesús dio a la Iglesia cincuenta días después de la Pascua. Fue un acontecimiento que proyectó a la Iglesia al mundo. Desde entonces la Iglesia se comprende como una comunidad para los demás.
Jesús, muchas veces, especialmente en sus discursos de despedida, había prometido el Espíritu Santo. En Pentecostés se cumple esa promesa como nos lo cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles. San Juan evangelista, por su parte, como lo escucharemos este domingo (Jn 20, 19-23) coloca el envío del Espíritu Santo la misma tarde del día de Pascua, para darnos a entender que el Espíritu Santo es el don más importante de Cristo Resucitado.
La narración de los Hechos de los Apóstoles que habla de Pentecostés está llena de imágenes bíblicas del Antiguo Testamento. Por ejemplo, la referencia de los truenos, del ruido que viene del cielo, de la ráfaga de viento, del viento huracanado, de las lenguas de fuego. Todas estas son expresiones que colocan a Pentecostés como una Manifestación de Dios.
La misma mención que hace San Lucas de que al momento de esta manifestación estaban presentes muchas personas que provenían de una gran variedad de pueblos, hace recordar la profecía del profeta Joel que dice: “enviaré mi espíritu sobre todos los hombres”. Y el prodigio consiste no tanto en el hecho de que cada uno escucha el mensaje en su propia lengua, sino en el hecho de que todos comprenden el sentido profundo y la importancia del mensaje enviado por los apóstoles.
Se necesita además subrayar la conexión de Pentecostés con el episodio de la Torre de Babel en Gn 11. Los pueblos por presunción y alejamiento de Dios estaban divididos, dispersos y no se comprendían más. Había una gran confusión. En el caso de Pentecostés, bajo la acción del Espíritu Santo se favorece la Unidad de la familia humana. El Espíritu Santo es la fuerza divina capaz de unir a los diferentes pueblos en una sola familia, es fuente de unidad y de comunicación.

