Hoy nos narra el Evangelio aquel encuentro que tiene Jesús con un doctor de la ley, una persona a quien le gustaban los sofismas, las discusiones sobre conceptos y así busca interrogar a Jesús para ponerle una trampa. Ante la pregunta: “¿Qué debo hacer para ganar la vida eterna?”, porque quería una respuesta jurídica que le complaciera, Jesús lo remite a la ley, a ese cúmulo de preceptos que cree conocer y sobre los cuales desea discutir, y cuando responde adecuadamente, Jesús le dice: “Si haces eso vivirás”. Pareciera que los judíos habían caído en una religión de conocimientos, muy alejados de la práctica; hacían el bien, a los de su familia y de su raza, pero ese bien tenía límites para con los extranjeros o paganos. Ante la respuesta de Jesús, aquel doctor de la ley no se da por vencido, lanza una pregunta: “¿Quién es mi prójimo?” Pregunta que da lugar al gran relato del “Buen Samaritano”.
Jesús no se queda en sofismas, en discusiones teóricas, desea llevar al doctor de la ley y a todos sus oyentes, al terreno de la práctica, desea que se tenga una actitud ante las situaciones concretas de la vida, una cercanía con el más necesitado. Todos conocemos el relato que hace ver mal al sacerdote y al levita, dos personajes que sirven en el templo, que están al servicio de Dios, que venían de hacer sus ritos en el templo, que habían ofrecido a Dios sacrificios; tal vez venían rezando y para no caer en impureza, rodean al herido, cierran los ojos ante la necesidad de aquel hombre que está al bordo del camino; dos personajes de los que se esperaría más. Quizá el herido, al ver que se acercaban aquellos hombres de Dios, le dio un vuelco el corazón y la esperanza surgió en su interior, pero al ver que se alejaban, la decepción, la resignación debió calar hasta la médula.
Pasa un samaritano que actúa movido por la compasión, sin preocuparse de la ley, su amor es desinteresado, personal y eficaz. Se acerca, no le importa quién es, no se pregunta si es su prójimo, no le importa la impureza legal de la ley; cura las heridas, usa lo que tiene a su mano; lo sube a su montura, es capaz de dejar su lugar que ocupa para trasladarlo de manera más cómoda; lo lleva a un mesón y cuida de él, no le importa gastar lo que tiene en aquel extraño. Encontramos un samaritano humanizado, que se preocupa por el dolor ajeno.
Aquella pregunta del doctor de la ley: “¿Quién es mi prójimo?”, Jesús la cambia al final del relato: “¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?” Con esta pregunta Jesús sitúa la discusión en otro plano, no se refiere a quién es mi prójimo legalmente, sino quién se considera y actúa como prójimo. La búsqueda del prójimo, deja de ser legal para transformarse en un asunto de actitudes personales. La invitación es a ser prójimo con esa sensibilidad que le da otro sentido a la vida. Es necesario bajarnos de nuestras monturas cómodas, nuestros prejuicios, nuestras soberbias; es necesario extender la mano al que lo necesita.
En tiempos de Jesús, aquel camino que bajaba de Jerusalén a Jericó, estaba acechado por salteadores sin escrúpulos, que robaban, que golpeaban y eran capaces de asesinar, para obtener ilícitamente algunos bienes. Los tiempos no han cambiado, por nuestros caminos y en nuestros pueblos, encontramos a muchas personas que están al borde del camino, sin pertenencias o heridos, sin poder hacer algo por sí mismos. Este relato que escuchamos, me ha llevado a reflexionar en tantas personas que han sido despojadas de sus pertenencias y que han tenido que salir al extranjero, no sin antes haber experimentado la actitud fría, desinteresada, indiferente de quien está a cargo de velar por el bien
común; la indiferencia o impotencia de quienes formamos la Iglesia, de vecinos, de familiares. Sufrir las heridas físicas o morales y tener que avanzar sin bálsamos, sin vendas, sin montura o quizá perecer al borde del camino.
Hermanos, pareciera que deseamos llegar a Dios, a rendirle el culto debido, pero sorteando al prójimo. Uno de los grandes riesgos de toda religión es, establecer una línea directa con Dios, pero sin interferencias humanas. Jesús nos muestra que la relación con Dios debe capacitarnos para ver al hermano necesitado con otros ojos. El sacerdote y el levita han llegado al final de su camino, pero quizá no se han encontrado con Dios, ya que ese Dios molesto les salió en el camino y no fueron capaces de reconocerlo; ignoraron sus lamentos, haciendo que sus esperanzas quedaran frustradas.
Hermanos, esta parábola del “Buen Samaritano” es un resumen de todo el Evangelio, además nos pone de relieve que el amor, la compasión, la generosidad, el desinterés y la misericordia hacia el necesitado, son valores humanos que tienen que formar parte de los seguidores de Jesús y también de todas las personas y sociedades. También nos enseña este Evangelio el peligro de anular con las leyes religiosas los valores humanos más esenciales. El sacerdote y el levita eran los más observantes de las leyes religiosas, pero analfabetos en valores humanos. La Iglesia ha de ser samaritana; una Iglesia no samaritana, sería una Iglesia muy cuidadosa y amante del culto, pero que, cuando en la vida se presentan situaciones humanas comprometidas, da un rodeo, se refugia en el templo, e ignora la compasión. Y puede haber personas que no militan en ninguna religión y son espléndidas en valores humanos.
Hermanos, la parábola se sigue repitiendo, no nos quedemos en que Jesús ganó una discusión, más bien nos lleve a pensar en la actitud que debemos tener para con los necesitados, la cercanía que debemos mostrar con el que sufre; recordemos lo que dijo un escritor de nombre Manson: ‘Mientras que la mera cercanía no crea el amor; el amor crea la cercanía’.
Jesús nos sigue diciendo: “Anda y haz tú lo mismo”. Son dos verbos que implican movimiento: “Ir”, implica caminar, trasladarse a ese lugar donde eres necesario. “Hacer”, es ensuciarte las manos, la ropa, es hacer a un lado las impurezas llenas de prejuicios. Tengamos presente que, Jesús no sólo hablaba, sino que hacía. Si hay algo que se repite en los Evangelios, son la cantidad de gestos en los que obra desde unas entrañas conmovidas. Es compasivo como el Padre es compasivo, respira esa compasión en los encuentros de oración ante el Padre y vuelca esa compasión a lo largo del día. En algunos momentos esa compasión es tan fuerte que se vuelve indignación con los causantes del sufrimiento, en su mayoría líderes religiosos o autoridades del imperio, por eso terminará su vida siendo crucificado. El obispo brasileño Helder Cámara, decía: ‘Cuando alimenté a los pobres, me llamaron santo; pero cuando pregunté ¿por qué hay gente pobre? me llamaron comunista’.
Pareciera que Jesús se muestra impaciente por empujar a todos los conocedores de la ley o conocedores de la Biblia, a una praxis, a que se viva lo que se dice creer. Ser discípulo de Jesús no sólo es conocer la doctrina, fortalecer la piedad, practicar algunos sacramentos; ser discípulos de Jesús implica tener las actitudes de aquel samaritano; que el sufrimiento no me sea indiferente, sino que me lleve a preocuparme y ocuparme por el que sufre. Hay muchos al borde del camino que necesitan una mano amiga; hay muchas heridas que se deben curar, no basta con ver, es necesaria la sensibilidad para hacer el bien.
San Pablo nos anima en la segunda lectura, diciéndonos que Jesús no deja de ser para nosotros, el que va delante: “la imagen de Dios invisible”, “la cabeza de la Iglesia”, “el primero en todo”. El no deja de ser nuestro Pastor, tenemos la suerte de hacer su memoria cada domingo en la Eucaristía e identificarnos con Él compartiendo su espíritu samaritano.
Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.


