“El amor exige al menos tres cosas: desapego, pérdida y aceptación”, comenta León XIV

ACN

* Oraciones por Venezuela

El Papa León XIV recitando el Ángelus, 28 de junio de 2026 - captura de pantalla
El Papa León XIV recitando el Ángelus, 28 de junio de 2026

Frente a una sociedad que valora la posesión, la autoafirmación y el rechazo de cualquier renuncia, el Papa recordó que el verdadero amor solo puede crecer en el desapego, la entrega y la acogida del otro (texto completo).

 «El amor exige al menos tres cosas: desapego, pérdida y aceptación».

En pocas palabras, León XIV resume una de las dimensiones más exigentes del Evangelio.

El cristianismo no se limita a unas pocas prácticas religiosas ni a una moral de buenas intenciones. Es un camino de conversión que involucra toda la existencia en una relación viva con Cristo.

Al comentar el Evangelio según San Mateo, el Papa se centró en esta frase de Jesús, a menudo desconcertante:

«Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí».

Lejos de abogar por el desprecio hacia los lazos familiares, Cristo nos recuerda que todo amor humano encuentra su verdadera medida solo en Dios. Es precisamente porque se ama a Dios primero que los demás amores pueden ser libres, desinteresados ​​y fructíferos.

Esta reflexión confronta directamente una de las principales debilidades de nuestras sociedades contemporáneas.

  • Occidente celebra con entusiasmo la autonomía individual, pero se muestra cada vez más intolerante ante la más mínima renuncia.
  • La separación, el sacrificio, el envejecimiento e incluso la dependencia se convierten en realidades que según esta mentalidad, deben ser borradas.
  • En esta lógica, la pérdida siempre aparece como un fracaso. Sin embargo, el Evangelio afirma precisamente lo contrario.
  • «El amor solo da fruto en la entrega de uno mismo: cuando aceptamos perder una parte de nosotros mismos para dar cabida al otro», declaró León XIV.
  • Esta frase resume toda la filosofía cristiana. La Cruz no es un fracaso de Cristo; es la manifestación suprema de un amor que acepta darlo todo. El Misterio Pascual revela que la fecundidad siempre brota del sacrificio libremente ofrecido.

El Papa continuó esta meditación recordando otro dicho crucial: «Quien guarda su vida solo para sí mismo, en realidad la pierde».

Esta afirmación resuena con especial fuerza en una época donde el culto al yo, alimentado por las redes sociales y la constante búsqueda de la realización personal, paradójicamente conduce a una creciente soledad. Cuanto más buscan las personas poseerse a sí mismas, menos capaces se vuelven de entregarse a los demás.

Finalmente, León XIV nos recuerda que este amor nunca es una idea abstracta.

«El amor del Señor siempre se manifiesta acogiendo a nuestros hermanos y hermanas». La acogida a la que Cristo nos invita no es un eslogan ni una ideología. Es, ante todo, una actitud espiritual que consiste en reconocer, en el rostro del otro, la presencia de Aquel que se identificó con los más humildes.

Palabras del Papa durante el rezo del Ángelus, 28 de junio de 2026

«¡Hermanos y hermanas, que tengan un buen domingo!»

En la lectura del Evangelio de hoy (Mt 10,37-42), también escuchamos varias exhortaciones de Jesús para que lo sigamos y seamos testigos de su Reino. No se trata de unos pocos actos externos, sino de involucrar todo nuestro ser en una relación de amor con él. Y para dar fruto, el amor requiere al menos tres cosas: desapego, entrega y aceptación.

Primero, el desapego. Jesús dijo: «Si alguien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; si alguien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí» (v. 37). Cuando comenzó a enviar a sus apóstoles a su misión, el Señor quería que estuvieran libres de todo apego. Pero esto se aplica a cada uno de nosotros: incluso los afectos más fuertes encuentran su plenitud a través del amor que Cristo nos da. Consideremos, por ejemplo, la vida matrimonial: solo se puede vivir plenamente «dejando» el hogar de los padres (cf. Mt 19,6) para comprometerse con la relación conyugal. Consideremos también la educación de los hijos: les ayudamos a desarrollarse y ser felices enseñándoles a «caminar por sí mismos» y a tomar sus propias decisiones.

San Agustín dijo: «Es doloroso separarse de lo que uno ama. Pero el agricultor también pierde temporalmente lo que siembra» ( Sermón 330, 2). Solo al «perder» esa semilla, sembrada en la tierra, podrá verla florecer.

En este sentido, el amor también implica una pérdida. Nos resulta difícil comprenderlo, sobre todo en un mundo donde perder parece una debilidad y donde estamos obsesionados con tener y poseer. Sin embargo, el amor solo da fruto en la entrega: cuando aceptamos sacrificar una parte de nosotros mismos para dar cabida al otro, sacrificar un poco de nuestro tiempo para escuchar a un amigo, sacrificar un poco de nuestra comodidad para compartir el sufrimiento ajeno.

El Evangelio afirma que quien guarda su vida únicamente para sí mismo, en realidad la pierde (cf. v. 39), pues no se abre a la alegría del amor y se vuelve estéril. Por eso Jesús nos invita a abrazar la Cruz: se ofreció a sí mismo, se perdió, por así decirlo, y precisamente así hemos podido recibir su vida en abundancia. De la misma manera, si vivimos según la lógica del dar, podremos dar nueva vida a nuestras relaciones.

Finalmente, bienvenidos. El amor se expresa en elecciones y acciones concretas, en un compromiso compuesto de pequeños gestos cotidianos, como ofrecer un vaso de agua a quien tiene sed (cf. v. 42). Al enviar a sus discípulos por delante, Jesús les pide que vayan sin provisiones, es decir, necesitados, para que inspiren acogida en quienes encuentren. Así, acoger a quienes vienen en nombre de Jesús es acoger a Jesús mismo, así como al Padre celestial que lo envió. El amor del Señor siempre se manifiesta a través de la acogida a nuestros hermanos y hermanas. Queridos hermanos y hermanas, oremos a la Virgen María, que amó a su Hijo y supo dejarlo ir. Que ella nos ayude a ser testigos humildes y alegres del amor de Cristo.

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas,

Deseo expresar mi solidaridad con los hermanos y hermanas de Venezuela afectados por los recientes terremotos, que han causado numerosas muertes y heridos, así como importantes daños materiales. Mientras oro al Señor por el eterno descanso de los fallecidos, renuevo mi apoyo espiritual a sus familias, a los heridos y a todos los afectados por esta tragedia. Asimismo, expreso mi gratitud y mi apoyo a quienes trabajan con tanta generosidad en las labores de búsqueda y rescate.

Y ahora, les doy la bienvenida a todos, romanos y peregrinos. ¡Gracias por venir a pesar de este calor!

Saludo a los fieles de la Diócesis de Kumba, en Camerún, así como a los de muchos otros países.

Saludo a los jóvenes religiosos camilianos, a los grupos parroquiales de Priolo Gargallo, Avola, Regalbuto y Bari, a los scouts de Rovereto, así como a los jóvenes de Mestrino, en la diócesis de Padua, que recibieron la primera comunión y la confirmación.

¡Les deseo a todos un maravilloso domingo!

Adiós y nos vemos mañana para la solemnidad de los santos Pedro y Pablo.

CIUDAD DEL VATICANO.

DOMINGO 28 DE JUNIO DE 2026.

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