El activismo nos conduce a ciertos riesgos…

Mons. Cristobal Ascencio García
Mons. Cristobal Ascencio García

Jesús al dirigirse a Jerusalén, se detiene en una aldea para visitar a unos amigos, Marta y María. Su presencia provoca dos reacciones en aquellas hermanas: Martha ejerce la hospitalidad de manera excepcional, quiere hacerle honor a su huésped preparándole una buena comida, de allí que se afana en aquellos quehaceres; se describe como agobiada por múltiples ocupaciones. De María se dice que lo deja todo y “estaba a los pies del Señor”; estar a los pies de alguien indicaba la actitud del discípulo, está en actitud de escucha, está a los pies del Maestro, atenta a su voz, acogiendo y alimentándose de su Palabra. Martha no está de acuerdo con la actitud de María y por la confianza que le tiene al Señor, lo expresa así: “Dile que me ayude”. Podemos decir que su actitud es comprensible y ella piensa que está haciendo lo correcto, ya que pone al Señor como árbitro de la situación. Pero vemos en la actitud de Martha un triple desacierto: 1° Ella no está escuchando la Palabra; 2° Interrumpe la enseñanza del Maestro; 3° Quiere que también María la interrumpa. Por eso, en contra de esas expectativas, Jesús le da la razón a María, porque María da primacía a la escucha, Martha se precipita a hacer. Tengamos en cuenta que no es el hacer lo que se condena, sino un hacer que no parte de una escucha atenta a la Palabra de Dios y que consiguientemente se pone en peligro de convertirse en un estéril girar en el vacío, ruidosamente, para justificarse. Martha acoge a Jesús en casa, María lo acoge dentro, le ofrece hospitalidad en aquel espacio interior que está reservado para Él, para su amor. El Señor reprende a Martha con cariño, ya que la aprecia: “Martha, Martha, muchas cosas te preocupan y te inquietan”. Jesús no critica el servicio de Martha, lo que critica es su modo de trabajar, de manera nerviosa, bajo la presión de demasiadas ocupaciones. Con esto, Jesús nos alerta de ese exceso de actividad, de esas preocupaciones y ocupaciones que nos llevan a apartarnos de la escucha de la Palabra.

Cuántas veces hemos escuchado decir: ‘No nos alcanza el tiempo’; las personas en nuestra sociedad están agobiadas por tantas cosas que no hay tiempo para escuchar la Palabra de Dios. En nuestro mundo pareciera que el ‘hacer’ es más importante que el ‘ser’, pareciera que el hacer cosas llena nuestra vida de satisfacción.

El activismo nos conduce a ciertos riesgos:

Como consagrados, podemos caer en un activismo desenfrenado y lo podemos justificar diciendo que es pastoral, pero ese activismo nos va alejando de estar a los pies del Maestro, de escuchar su Palabra, de alimentarnos de Él para después compartirlo con los demás.

Los padres de familia se desviven trabajando para que sus hijos no pasen necesidades; algunos salen muy temprano de casa y regresan sólo a dormir. El trabajar es algo natural y bueno, pero muchas veces el exceso de trabajo les priva de disfrutar el crecimiento de sus hijos, de acompañarlos en sus días felices y poder ayudar en las dificultades. Hay tantas cosas que hacer, que no hay tiempo para escuchar a la pareja, a los hijos, y mucho menos escuchar la Palabra de Dios, aunque sea el día domingo.

Hermanos, el Evangelio que hemos escuchado, nos invita para que reflexionemos en nuestra actitud ante Jesús, ya que la necesidad que tenemos de Dios es completamente prioritaria y nunca está reñida con los demás quehaceres legítimos, Dios es luz interior de amor y de verdad. Jesucristo es el único que puede aportarnos verdad y amor en nuestra vida cotidiana, necesitamos acercarnos a Él, ponernos a sus pies, contemplarlo, escucharlo, pasar dulces ratos de silencio y de oración a su lado. La Eucaristía dominical, de la cual no se puede prescindir, es el momento idóneo para cultivar nuestra relación de amistad con el Señor, que quiere hacerse presente y nos invita a escucharlo, haciendo pausa de las numerosas actividades. Todos los días, pero especialmente el domingo, podemos practicar esta lección del Señor: “Una sola cosa es necesaria”; cualquiera que escoge esto, escoge la mejor parte. La oración es la hospitalidad para con Dios, le escuchamos y hablamos; la Misa de cada domingo tendría que ser como un remanso de paz y de serenidad, fuera de los agobios y ajetreos de la semana, pero a veces traemos a la Misa nuestras prisas y agobios, y no nos libramos de nuestras preocupaciones de fuera. Hay personas que llegan tarde a Misa porque tienen ‘mucho quehacer’, demasiada gente tiene mucho quehacer.

Como cristianos debemos unir las dos actitudes de aquellas hermanas, escuchar la Palabra de Jesús para dar paso a la acción, son dos actitudes que no pueden ir separadas. En estos tiempos de inseguridad y violencia, debemos dejarnos iluminar por la Palabra que Jesús nos dice y dar paso a la acción. Después de haber orado y meditado las palabras de Jesús ¿qué me toca hacer para lograr esa paz tan añorada? ¿cómo poner mi granito de arena para conseguir una sociedad más humana? Todos estamos invitados a postrarnos junto al Maestro, escuchar su Palabra, y todos tenemos una responsabilidad de hacer vida esa Palabra. Descubramos: ¿Cuál es nuestra responsabilidad? ¿Qué me toca hacer como Obispo, como sacerdote, como padre de familia, como ciudadano?

Hermanos, no olvidemos que la meditación de la Palabra de Dios nos compromete. No tengamos miedo de hacer lo que nos toca, el buen Dios nunca nos abandona.

Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. ¡Feliz domingo para todos!

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Obispo de la Diócesis de Apatzingan