En el Evangelio de San Lucas, el camino de Jesús a Jerusalén marca una progresiva manifestación del Reino. Hoy escuchamos que se detiene en una aldea para visitar a unos amigos. No sabemos cómo los conoció o qué relación tenía con ellos, lo que sí sabemos es que los estimaba. Allí Jesús se sentía en el hogar con sus amigos y hermanos… se sentía amado. Entran en escena dos hermanas: Marta y María. Marta lo recibe con gozo y alegría y su presencia provoca actitudes diferentes en aquellas hermanas. Martha ejerce la hospitalidad de manera excepcional, quiere hacerle honor a su huésped preparándole una buena comida; de allí que se afana en aquellos quehaceres; se describe como agobiada por múltiples ocupaciones.
Pareciera que le importa más lo que pueda ofrecerle al huésped que su misma persona, recibe a Jesús, pero no lo escucha. De María se dice que lo deja todo, ella comprende bien el proyecto de Jesús y rompe con los prejuicios culturales de la época. En lugar de andar atareada con los oficios domésticos “propios de las mujeres”, se pone “a los pies del Señor para escuchar su Palabra”. Este gesto, reservado entonces culturalmente a los discípulos varones, la acredita como discípula, porque estar a los pies de alguien, indicaba la actitud del discípulo en escucha del Maestro, atenta a su voz, acogiendo y alimentándose de su Palabra. Martha no está de acuerdo con la actitud de María, al fatigarse con el interminable trabajo de la casa, cuestiona la contradictoria actitud de María e interpela al Maestro para que ponga a la mujer en su sitio: “dile que me ayude”. Podemos decir que, ubicándonos en la cultura de su tiempo, su actitud es comprensible y ella piensa que está haciendo lo correcto al poner al Señor como árbitro de la situación. Pero viéndolo desde nuestro tiempo, observamos en la actitud de Martha un triple desacierto:
1°. Ella no estaba escuchando la Palabra; le importa más el trabajo que la misma persona de Jesús. Cuántos de nosotros decimos ocuparnos en las cosas de Jesús y nos olvidamos de su persona.
2°. Interrumpe la enseñanza del Maestro; parece que no es importante lo que pueda estar enseñando.
3°. Quiere que también María la interrumpa, como pensando, si yo no estoy escuchando, tampoco otros pueden hacerlo.
En su camino Jesús va formando a sus seguidores en las actitudes indispensables para llegar a ser verdaderos discípulos. Una de esas actitudes es la de escuchar atenta y serenamente su Palabra.
El Señor reprende a Martha con cariño, ya que la aprecia: “Martha, Martha, muchas cosas te preocupan y te inquietan. María escogió la mejor parte”. Lo de “la mejor parte” es una expresión de contraste para dar importancia al discipulado femenino, no para minusvalorar la acción de acoger a las personas en la propia casa. Así pues, Jesús no critica el servicio de Martha, su quehacer en los asuntos domésticos, lo que critica es su modo de trabajar de manera nerviosa, bajo la presión de demasiadas ocupaciones. Jesús nos alerta de ese exceso de actividad, esas preocupaciones y ocupaciones que nos llevan a apartarnos
de la escucha de la Palabra. Frecuentemente decimos que no nos alcanza el tiempo; las personas en nuestra sociedad están agobiadas por tantas cosas que no hay tiempo para escuchar la Palabra de Dios, no hay tiempo para dedicarle a la familia. En nuestro mundo pareciera que el “hacer” es más importante que el “ser”; pareciera que el hacer cosas llena nuestra vida de satisfacción.
El activismo nos conduce a ciertos riesgos: Como consagrados, podemos caer en un activismo desenfrenado y lo podemos justificar diciendo que es pastoral; pero ese activismo nos va alejando de estar a los pies del Maestro, de escuchar su Palabra, de alimentarnos de Él para después compartirlo con los demás. Nos llenamos de actividades que nos agobian y podemos llegar, si es que llegamos, agotados a los pies del Maestro. Debemos buscar el punto de equilibrio entre el ser y el quehacer.
Hoy nos enfrentamos a un ritmo de vida más agitado que el de épocas anteriores. Los medios proporcionados por la tecnología para ahorrar tiempo… también multiplican las ocupaciones y acaban haciéndonos caer en un activismo desenfrenado. El exceso de preocupaciones, nos llevan a olvidarnos de lo fundamental y así nuestro cristianismo se convierte en un tímido cumplimiento de algunas obligaciones religiosas, sin espacio para la escucha de la Palabra. También vemos, por ejemplo, cómo los padres de familia se desviven trabajando para que sus hijos no pasen necesidades; algunos salen muy temprano y regresan a casa sólo a dormir; el trabajar es algo natural y bueno, pero muchas veces el exceso de trabajo les priva de disfrutar el crecimiento de sus hijos, de acompañarlos en sus días felices y poder ayudar en las dificultades. Hay tantas cosas que hacer, que no hay tiempo para escuchar a la pareja, a los hijos y mucho menos escuchar la Palabra de Dios, aunque sea el día domingo.
Hermanos, unamos las dos actitudes de aquellas hermanas, escuchar la Palabra de Jesús para dar paso a la acción. Escucharle y servirle, servirle y escucharle, en un devenir constante. Escucharle para conocerle y amarle. Amarle para servirle hasta darlo todo como Él lo ha dado. Son dos actitudes que no pueden ir separadas. En estos tiempos de inseguridad y de violencia, debemos dejarnos iluminar por la Palabra que Jesús nos dice y dar paso a la acción; después de haber orado, meditado las palabras de Jesús ¿qué me toca hacer para lograr esa paz tan añorada? ¿cómo poner mi granito de arena para conseguir una sociedad más humana? Todos estamos invitados a postrarnos junto al Maestro, escuchar su Palabra y todos tenemos una responsabilidad de hacer vida esa Palabra, descubramos ¿cuál es nuestra responsabilidad?
Hermanos, para aprender la lección del Maestro, debemos formarnos en la escucha atenta de la Palabra en la Biblia y en la vida. La Biblia no puede ser guardada mientras nosotros nos ahogamos en el interminable torbellino de los quehaceres cotidianos. La Palabra de Dios está hecha para caminar con nosotros paso a paso, día a día.
María gustaba enormemente escuchar a Jesús, sus palabras llegaban a lo más profundo de su corazón. Su voz daba luz, paz y sosiego en el alma, la hacían sentir libre en medio de una sociedad que miraba más a la mujer como una cosa que como creatura de Dios. ¡Cómo no arrojarse a los pies de quien le transforma y le hace sentir tan diferente; de quien le da luz y alegría a su mundo interior! Preguntémonos: ¿Qué me falta para tener esa experiencia de María?
Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.


