Dios tiene sed de ti

¿Te has preguntado alguna vez por qué, aun cuando muchas cosas van bien en tu vida, sientes que algo todavía te falta? Puedes tener trabajo, familia, proyectos, incluso momentos de alegría, y sin embargo, queda dentro de ti una inquietud difícil de explicar, como una sed permanente que no se termina de apagar. Tú estás destinado a buscar sentido y plenitud. Cuando no lo encuentras, aparece el vacío, la ansiedad, la sensación de que algo esencial te falta.

El Evangelio de hoy habla precisamente de esa sed profunda del corazón humano. Jesús llega cansado al pozo de Jacob y allí encuentra a una mujer samaritana. Entre judíos y samaritanos no había trato, sin embargo, Jesús rompe esa distancia y le dice a la mujer algo sorprendente, “Dame de beber”.

Pareciera que Jesús necesita agua, pero en realidad ocurre lo contrario, no es Él quien necesita algo de ella, es ella quien necesita algo de Él. Entonces Jesús le revela una verdad que atraviesa toda la existencia humana: “El que beba del agua del pozo volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás”.

Jesús habla del don de Dios, de la vida que brota de su amor. Dios no te necesita, pero tiene sed de ti. Sé de que lo conozcas, sed de que descubras que sólo Él puede dar la plenitud que tu corazón busca.

Y Dios no es alguien lejano, te dio a su Hijo Jesús para encontrarlo, para verlo, para escucharlo. Jesús es el don de Dios, su persona es la única que puede saciar tu sed, que es sed de amor que es sed de infinito, que es sed de felicidad. Si miras tu vida con sinceridad, verás que también tú vas muchas veces a distintos pozos buscando felicidad, el pozo del éxito, el pozo de los bienes materiales, el pozo del reconocimiento, el pozo del placer o del control.

Naturalmente buscas constantemente recompensas que produzcan satisfacción inmediata, pero esas recompensas duran poco, por eso vuelves a buscarlas una y otra vez. Y entonces se cumple exactamente lo que dijo Jesús, volverás a tener sed. Nada creado puede llenar completamente el corazón humano, porque tu corazón está hecho para algo más grande que esta vida pasajera.

Por eso incluso, en los momentos más difíciles, aparece una pregunta silenciosa, ¿eso es todo? ¿no hay algo más? La cuaresma es precisamente el tiempo para hacerte una pregunta decisiva, ¿de qué agua estoy bebiendo realmente? ¿Dónde estoy buscando la plenitud de mi vida? Jesús hoy te dice lo mismo que a la samaritana, si conocieras el don de Dios, si te acercaras a él, descubrirás un agua distinta, su gracia, su presencia, su amor que no se acaba.

Y aquí viene un propósito concreto para esta semana. Cada día busca 10 minutos de silencio, apaga el teléfono, detén el ruido exterior y dirige tu atención a Dios, lee unas líneas del evangelio y dile con sencillez: “Señor, dame de esa agua”.

Ese pequeño gesto repetido cada día puede comenzar a transformar tu interior, porque las decisiones que repites modelan tu mente y también tu corazón.

La mujer llegó al pozo buscando agua y terminó encontrando al Salvador. Eso es lo que Cristo quiere hacer también contigo porque cuando dejas que Él entre en tu vida, la sed que te inquietaba empieza a transformarse en una fuente interior.

Y entonces descubres la verdad más grande de todas: “Quien bebe del amor de Cristo, deja de vivir con sed”.

¡Feliz domingo, Dios te bendiga!

No hay comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *