El domingo pasado escuchamos la parábola del sembrador; de esa persona que siembra sin centrarse en cálculos de cosecha, que siembra confiando en que Dios hará producir la semilla. Hoy escuchamos tres parábolas que desean dejarnos una enseñanza sobre la actitud de Dios ante la vida; una enseñanza marcada por la paciencia con la que tendríamos que contar todos. Deseo centrarme principalmente en la parábola del trigo y la cizaña. Una parábola muy entendida para los campesinos del tiempo de Jesús y muy entendible para nosotros.
En el campo del mundo, no sólo existen terrenos estériles, que son incapaces de producir, sino que también existen semillas malas, venenosas, que obstruyen a las buenas plantas; de allí que, Jesús añada la parábola del trigo y la cizaña a la del sembrador. Es una parábola cargada de realismo, porque era común que se dieran los pleitos entre campesinos y se hacían daño, daban rienda suelta a la venganza, por ejemplo, cortando las viñas ajenas, prendiendo fuego a sembradíos, sembrando mala semilla en el campo del vecino, etc. Jesús se da cuenta del realismo en el campo de las almas y viene la pregunta: ¿cómo reaccionar frente a este fenómeno? Los maestros espirituales decían que la respuesta debería ser violenta; clamaban por una intervención urgente de Dios que aniquilara a los no creyentes. Recordemos que Santiago y Juan tendrían esta reacción cuando aquella aldea no los recibió: “que baje fuego del cielo y los destruya”. A nosotros ¿también nos gustaría que así sucedan las cosas, arrancar el mal en su momento?. El ser humano siempre desea que se den los cambios rápidos. Jesús nos recuerda que sólo Dios debe juzgar, nosotros no tenemos licencia para hacerlo y nos hace ver la paciencia de Dios.
La parábola no se queda en una lección de moral sobre la paciencia, sino que refleja el drama del mal en el corazón de las personas y la estrategia de Dios. Es Dios quien ha sembrado el bien en el mundo, pero permite que actúen otras fuerzas externas que hacen peligrar la misma cosecha. Dios valora mucho la libertad.
El centro de la parábola está en el contraste entre la reacción de los criados y la reacción del amo. En un primer momento los criados dudan del amo: ¿No habrá sembrado semilla de segunda? ¿No se habrá olvidado de limpiarla y habrá sembrado cizaña juntamente con el trigo? En su reacción se refleja la actitud sobre el dolor humano: ¿Por qué hay tanta violencia, guerras, muertes y tanto sufrimiento? El amo reacciona con lucidez, no es suya esa cizaña, él sólo siembra el bien. El enemigo sembró la cizaña mientras los hombres dormían. Jesús está aceptando la presencia del enemigo. Aquellos criados se llenan de ese celo divino, desean arrancar la cizaña que está mezclada con el trigo. Es allí donde Dios pone la estrategia de su gracia; el amo no piensa que la cizaña sea trigo, sabe muy bien que el mal es mal y el bien es bien; no pondrá todo en el mismo costal; sabe que en este mundo el trigo y la cizaña están muy mezclados y sería muy difícil separarlos. Le interesa quemar la cizaña a su tiempo, pero le preocupa aún más que una espiga de trigo sea destruida en un afán intempestivo.
Podemos decir que la parábola nos presenta tres tentaciones que han tocado a la Iglesia a lo largo de la historia:
1ª- Primera tentación es la de la fuga. Sería muy hermoso vivir en el mundo donde no exista cizaña; que se reúnan los puros, los santos y se huya de cualquier suciedad, pero Jesús desea que el Reino de Dios comience en este mundo, y aquí existe también el mal. No es posible huir del mundo y aunque los cristianos formáramos un gueto de elegidos, cabría preguntarnos: ¿No llevaríamos el mal dentro de nuestras propias almas? Por otra parte, recordemos la parábola de la levadura, en ella vemos cómo Dios no se impone, sino transforma; no domina sino atrae; y así debemos actuar quienes colaboramos en su proyecto, como levadura que introduce en el mundo su verdad, su justicia y su amor, de manera humilde, pero con fuerza trasformadora. Hemos de vivir dentro de la sociedad compartiendo las incertidumbres, crisis y contradicciones del mundo actual y aportando nuestra vida trasformada por el Evangelio. Lo que necesitamos no es poder social o político, sino más humildad para dejarnos trasformar por Jesús y poder ser fermento de un mundo más humano.
2ª- La segunda tentación, es la de separar tajantemente el bien del mal. No es sencillo separar el trigo de la cizaña, ya que muchas veces las raíces están entrelazadas y en el campo de las almas, la cizaña puede llegar a convertirse en trigo por la conversión. Recordemos a san Pablo, de ser un perseguidor, se convirtió en un gran Apóstol. Y es que, viéndonos a nosotros mismos, ¿no somos todos mitad trigo y mitad cizaña? ¿no hemos sido cizaña tantas veces para los que nos rodean? No nos engañemos ninguno de nosotros es trigo limpio. Todos necesitamos de la paciencia sin límites de nuestro Padre Dios. Por eso el Señor no quiere arrancar la cizaña hasta el fin de los tiempos, cuando uno a uno, trigo y cizaña, haya tomado su postura definitiva: o con Dios o contra Dios.
3ª- Tercera tentación, es imponer el bien por la violencia. Lograr que no exista cizaña en nuestros campos constituyéndonos en jueces y ejecutores del mal. Pero la respuesta de Jesús: “Dejen que crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha”. Con esta respuesta Él nos enseña que la misión principal del discípulo, no es dedicar sus energías a arrancar la cizaña ni obsesionarse por señalar el mal del mundo, sino cuidar el crecimiento del trigo y procurar que produzca frutos abundantes, incluso en medio de las dificultades. Y ciertamente, en el mundo todos seremos beneficiados si somos regidos por leyes justas y por aquellos que buscan el bien, sin embargo, todos nos veremos afectados si se implantan leyes y costumbres originadas y sugeridas por el mal y tocadas por la corrupción. Es lógico que el enemigo para realizar su obra de destrucción de los planes de Dios, se servirá de instrumentos para lograrlo; lamentablemente estos instrumentos son los mismos hombres que se ponen al servicio del mal. Aquellos hombres que se dejan seducir por el mal y se rinden a sus regalos, son llamados por el Evangelio: “hijos del maligno, hijos del perverso, del malo” y de los cuales su suerte ya está fijada: “así sucederá al fin del mundo, el Hijo del Hombre enviará a sus ángeles para que arranque de su Reino a todos los que inducen a otros al pecado y a todos los malvados y los arrojen en el horno encendido, allí será el llanto y la desesperación”.
Hermanos, frente a estas tres tentaciones, se impone la estrategia de Dios que reclama para sí la exclusividad del juicio y para sus ángeles la ejecución de la sentencia y pide a los suyos la paciencia frente al mal. Añade algo grandioso, la esperanza de que el mal se puede convertir en bien, la paciencia de Dios hace posible la conversión y la fidelidad.
Debemos pensar: ¿cuál es nuestra actitud frente al mal? ¿no hemos querido erradicar la violencia con violencia? No adelantemos juicios y menos en el campo de las almas, conozcamos la estrategia de Dios y tratemos de imitarla. El mal no lo podemos detener con venganza, sino con misericordia, por eso, la respuesta cristiana al mal y al malvado es la misericordia. ¿Quién no tiene alguna pizca de cizaña en su corazón?
Hermanos, quizá todos nosotros hemos experimentado en nuestro interior enojos, deseos de venganza y sobre todo el deseo de hacer el bien. En nuestra mente y en nuestro corazón coexisten el bien y el mal, a nosotros nos toca con la ayuda de Dios, desarrollar la fuerza del bien y doblegar el mal.
Vigilemos y velemos para que podamos identificar a aquellos que sólo buscan destrucción y muerte, vestidos muchas veces con trajes de autoridad y de poder, ya lo decía Jesús en el Evangelio: “Guárdense de los falsos profetas, que vienen a ustedes con trajes de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conocerán” Mt 7,15. Existe la cizaña, es verdad, y mucha en nuestro tiempo. Pero fijémonos mejor en el trigo que crece, que es mucho más. Hay más bien que mal. La cizaña será asfixiada por el mismo trigo, por el bien que hay en nosotros. Ya lo decía San Pablo: “Vencer al mal, a fuerza de bien”. Contra el mal, el bien; contra el odio, el perdón; contra el egoísmo, el amor; contra la guerra, la paz; contra la injusticia, la solidaridad; contra el individualismo, la fraternidad; contra la falta de sentido, la fe.
Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.

