Dios no te llama porque tengas la vida resuelta

¿Cuántas veces has dicho, luego voy, luego visitaré a mis padres, luego escucharé a mi hijo, luego buscaré a Dios, luego ayudaré a quien me necesita, y mientras tanto, llenas tus días de pendientes no fundamentales? Todo parece urgente, pero lo esencial lo vas dejando al final y terminas por no hacerlo.

El Evangelio de hoy nos cuenta que el rey prepara la boda de su hijo y manda llamar a los invitados. La fiesta está lista, pero ellos no van. Todos encuentran excusas para no asistir. Uno atiende su campo, otro su negocio.

No es que les falte una invitación, les falta voluntad para recibirla. El rey sin embargo no se resigna, manda a sus criados por los caminos y hace entrar a todos los que encuentren. Así es Dios contigo.

No te llama porque tengas la vida resuelta, sino porque quiere compartir contigo su vida y su alegría. Su invitación no es una carga más, es una llamada a volver a lo que le da sentido a todo. Pero puedes pasar tanto tiempo atendiendo tus asuntos que terminas sin tiempo para Dios, para tu familia y para las personas que esperan algo de ti.

Entonces la vida se llena de ocupaciones, pero por dentro se va quedando vacía. Tal vez no rechazas a Dios con un no, basta decir siempre después. Después rezaré, después iré a misa, después perdonaré, después me acercaré a quien está solo.

Pero el amor que dejas para después puede ser el amor que alguien necesita hoy. El rey encuentra también a un invitado sin traje de boda. La invitación es gratuita y alcanza a todos, pero no se puede entrar a la fiesta como si nada hubiera cambiado.

El traje representa una vida que acepta dejarse transformar por el amor de Dios, una vida que aprende a perdonar, a servir y a mirar al prójimo. No tienes que ser perfecto para acercarte, tienes que permitir que Jesús empiece a cambiar tu corazón. Esta semana regálale a Dios unos minutos cada día, sin esperar a tener la vida desocupada, y haz hoy este gesto de amor que vas posponiendo.

Entiende que Dios te invita a entrar en la boda de su hijo, a participar de su alegría y su fiesta. No antepongas nada a esta invitación, deja de poner excusas, y acepta gozoso y agradecido su propuesta. Ponte el vestido de fiesta que son las obras de misericordia, y entra a gozar del amor, la paz y la alegría que sólo sabe dar el Señor.

“Señor Jesús, me llamas una y otra vez y yo encuentro pretextos. Perdona mi indiferencia, no dejes de tocar a mi puerta, no dejes de invitarme, vence mis resistencias y enséñame a responderte con todo el corazón”.

¡Feliz domingo, Dios te bendiga!

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