Día de muertos, entre el sacrilegio y la tradición

Editorial ACN Nº177

ACN

En un país como México, donde la muerte se ha entrelazado históricamente con la fe y la cultura, la festividad de los Fieles Difuntos —conocida popularmente como Día de Muertos— debería ser un momento de reflexión profunda sobre el tránsito hacia la vida eterna, bajo el juicio personal que determina la salvación o la condena.

Sin embargo, en los últimos años, hemos asistido a una preocupante relativización de este sentido trascendente y que nada tendría que envidiar al Halloween. Lo que alguna vez fue una conmemoración espiritual, arraigada en la esperanza cristiana de la resurrección, se ha diluido en un espectáculo comercial y cultural que prioriza el entretenimiento efímero sobre la eternidad del alma.

Esta transformación no solo banaliza la muerte, sino que la convierte en un pretexto para exaltar elementos ajenos a nuestra herencia, como el ocultismo, el satanismo y figuras grotescas como zombis o sacrificios rituales, profanando incluso espacios sagrados como los panteones.

La tradición mexicana del Día de Muertos, declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, surge de una fusión entre las creencias indígenas prehispánicas y el catolicismo introducido por los evangelizadores. En su esencia, representa un homenaje a los difuntos con ofrendas, altares y visitas a los cementerios, todo impregnado de una visión esperanzadora: la muerte no es el fin, sino el paso a una vida eterna donde cada alma enfrenta su juicio divino.

Sin embargo, esta visión se ha relativizado hasta el punto de la irreverencia. Eventos masivos, impulsados por intereses turísticos y comerciales, han convertido la fecha en un carnaval de lo macabro, donde la reflexión espiritual cede paso a la adrenalina del terror.

Por ejemplo, en la Ciudad de México, la «Marcha Zombie» se ha consolidado como una tradición reciente, con miles de participantes disfrazados de muertos vivientes desfilando por las calles, exaltando una imagen de la muerte como algo monstruoso y deshumanizado, lejos de cualquier noción de salvación.

Esta práctica, que se repite anualmente previo al 2 de noviembre, no solo trivializa el sufrimiento de la muerte real —en un país azotado por la violencia—, sino que introduce elementos de ficción hque diluyen el mensaje cristiano de redención.

Más grave aún es la invasión de temas ocultistas y satánicos en las celebraciones. Eventos como expos de ocultismo y terror promueven prácticas como la ouija, rituales vudú y representaciones de cultos demoníacos, atrayendo a públicos ávidos de sensaciones fuertes bajo el pretexto de la festividad. Estas actividades no solo relativizan la muerte al presentarla como un juego esotérico, sino que abren la puerta a ideas contrarias a la fe, donde el juicio divino se reemplaza por invocaciones sobrenaturales o sacrificios simbólicos.

Particularmente alarmante es la profanación de los panteones —lugares de descanso eterno y oración— como escenarios para teatralidades de miedo y terror. En vez de ser espacios de silencio y respeto, se convierten en sets de horror donde se organizan recorridos nosturnos para representaciones macabras, transformando tumbas en atracciones turísticas.

En cementerios históricos, como los de Aguascalientes o la Ciudad de México, se permiten espectáculos que incluyen leyendas de fantasmas, zombis y profanaciones simuladas, lo que no solo ofende a los deudos, sino que relativiza la sacralidad del lugar. Estos eventos, a menudo patrocinados por gobiernos locales para impulsar el turismo, exaltan la «bestialidad de la humanidad» —crímenes sangrientos, cultos satánicos y sacrificios— en detrimento de la esperanza en la resurrección. Como resultado, la muerte deja de ser un misterio divino para convertirse en entretenimiento, diluyendo su dimensión eterna y de juicio final.

En este contexto, la reciente publicación de una Carta Pastoral del Obispo de Aguascalientes, Mons. Juan Espinoza Jiménez, emerge como un llamado oportuno y profético a recuperar el sentido cristiano de la conmemoración. En su pastoral, el prelado denuncia precisamente estas deformaciones: el avance de espectáculos mercantiles que exaltan la violencia y lo grotesco, especialmente en los cementerios, que califica como «auténticos relicarios» de los difuntos.

Espinoza Jiménez enfatiza la belleza de las tradiciones auténticas —como las ofrendas y las leyendas populares— pero advierte contra la propagación de culturas ajenas que profanan la memoria de los muertos. Invita a una «creatividad pastoral» para fortalecer la fe, como celebrar Misas en los panteones o peregrinajes jubilares, y concluye exhortando a defender la dignidad humana ante riesgos que dividen a la sociedad. Su carta no es un lamento conservador, sino una defensa de los valores fundacionales de México, donde la fe y la cultura se entrelazan para afirmar que la muerte es un paso a la eternidad, no un pretexto para el terror y para recuperar el sentido del Día de Muertos, conmemoración que se mueve entre el sacrilegio y la tradición.

Comparte:
ByACN
Follow:
La nueva forma de informar lo que acontece en la Iglesia Católica en México y el mundo.