Devolver la vida a un muerto

Bienvenidos a esta reflexión desde la Palabra de Dios en el V Domingo de Cuaresma.

Hace ocho días escuchábamos la curación de un ciego de nacimiento, un signo milagroso sin duda alguna, pero este domingo podemos decir que hemos escuchado el último y el más grande de los signos realizado por Jesús, que fue «devolver la vida a un muerto». El beneficiario es Lázaro, hermano de Marta y María, que es amigo de Jesús y que vivía en Betania.

El Evangelio nos narra que el Señor supo de la enfermedad de su amigo, pero se tardó dos días más para emprender el camino a visitarlo. Jesús no demora su ida a Betania porque tema a los judíos, sino porque la enfermedad de Lázaro le permitirá realizar un signo que confirmará la fe de Marta, de María, de sus discípulos y de los judíos que estaban allí. La fe nace del encuentro con Jesús, se alimenta de su Palabra, crece con la experiencia de su amistad y madura cuando se inserta en la realidad. El dolor, el sufrimiento, la enfermedad, la soledad o la muerte son vivencias complejas que ponen en evidencia las motivaciones verdaderas que hacen de un ser humano una persona de fe. Cuando las motivaciones no son claras o no son maduras, la persona de fe puede ceder ante el miedo, la desesperación o la angustia.

Este relato es sorprendente, por un lado, nos muestra la humanidad de Jesús, lo vemos frágil, conmovido hasta las lágrimas; por otro lado, nos invita a creer en su poder salvador. Cuando Jesús llega la familia está rota; María está en llanto inconsolable; Marta sale al encuentro de Jesús y le dirige un reproche: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano; ese reproche también se lo dice María cuando lo encuentra; sin duda, Jesús tuvo que ser el centro de plática de aquellas hermanas que experimentaban la impotencia ante la enfermedad de su hermano y dirían: «Si Jesús estuviera aquí la situación sería distinta»; suplicaban su compañía.

Ante aquella situación de dolor y sufrimiento, Jesús llora por su amigo muerto; se conmueve ante el sufrimiento de su familia. Ve el dolor que causa la muerte, ya que lleva a una incomprensión e impotencia ante el acontecimiento. Jesús fue un hombre plenamente afectivo, con capacidad de comprometer radicalmente el corazón con quienes amaba y, especialmente, con quienes tenían cerradas las puertas de la salvación, como eran los pobres, los enfermos, los pecadores. Él se mostraba más cercano con quienes no tenían un corazón que los ame. Éste es uno de los rasgos de su humanidad que hacen significativa su vida, su misión y su entrega.

Cuando Jesús ve el dolor de Marta, en medio de esa situación, la invita a creer y le dice: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá… ¿crees tú esto?” Y en medio del dolor, por la pérdida de su hermano, la respuesta de Marta fue clara y firme: “Sí, Señor, creo firmemente que Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”. Después de que Martha expresa la fe en Jesús, viene la prueba. Qué incomprensibles debieron sonar aquellas palabras de Jesús: “Quiten la losa”; Marta no es ajena al proceso biológico que llevan los cuerpos sin vida y sabe que el cuerpo de su hermano ya tiene el tiempo suficiente para que el proceso de descomposición esté avanzado, de allí que exprese: “Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días”. Marta le pide a Jesús que sea realista, que comprenda las leyes de la naturaleza. Pero éste, sin negar las leyes naturales, da un paso hacia la “fe” y le dice: “Si crees, verás la gloria de Dios”. Jesús con voz potente habla al muerto: “Lázaro, sal de ahí”. Y se dio el milagro; Lázaro salió de la tumba, con las huellas de la muerte representadas en sus lienzos, pero vivo.

En el reproche de Marta y María a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí…”; creo que podemos resumir nuestros reproches a Dios; cuántas veces sentimos el silencio, la ausencia de Dios y dudamos de su presencia, sobre todo, cuando vemos desastres, tragedias, dolor, injusticias, pérdidas de seres queridos y expresamos: «Si Dios existiera, no permitiría tanto sufrimiento»; lo culpamos de negligente o culpable de omisión. Jesús no se justifica ante Marta y María, sólo dice: “Si tienes fe, verás la gloria de Dios”. El tener fe, implica el presente, y verás… está en futuro!. Entre estos dos verbos se encuentra la esperanza cristiana. Como creyentes tendemos a invertir los verbos, primero queremos “ver” la gloria de Dios para poder “creer”. Dios no nos pide la fe como recompensa del milagro, sino como condición para que el milagro se dé.

Hermanos, Jesús nos deja claro que «nuestros muertos están vivos»; esa es la fe que debemos manifestar como cristianos. Sí nos duele, pero no debemos temer la muerte biológica que nos separa de los seres queridos, ya que gozaremos de la vida, junto con ellos, en Dios. En Cristo, la vida vence siempre. La muerte no debe paralizarnos; no podemos olvidar, que detrás de “esa losa” existe la vida plena en Dios; nuestro caminar por este mundo es limitado, vamos hacia el encuentro pleno con Dios. Cuando perdamos un ser querido, recordemos que existe vida después de la muerte biológica y que nosotros no somos eternos en este mundo, por tanto, aprovechemos el tiempo que Dios nos conceda estar aquí; vivamos desde aquí en la presencia de Dios, valorando a nuestros seres queridos. La victoria de la vida sobre la muerte, es el eje de este domingo, se prefigura en la visión de Ezequiel, de los huesos áridos que recobran la vida en la primera lectura, se realiza plenamente en la Pascua de Cristo.

Hermanos, Jesús nos sigue gritando: ¡Fulano_ “sal de ahí!”. Jesús desea que salgamos de esas tumbas en las que vivimos, en las que nos hemos encerrado; desea que salgamos de esa oscuridad en la que nos hemos sumergido por el egoísmo, el pecado, la soberbia, la mediocridad. Pareciera que existen muchos hermanos que viven por vivir, se han acoplado a la oscuridad, se han reclutado en la oscuridad y siguen desoyendo la voz de Jesús, viven sin sentido en la vida.

¿Por qué Jesús hizo este milagro? Para que los hombres crean, no para probar su poder divino, sino para que los hombres crean que hay una vida después de la muerte, ya que estamos muy atrapados por el «más acá», sometidos a un ritmo de vida que nos aturde y esclaviza, para que así nos preocupemos más por el «más allá». Ya que una vida sin límites y para siempre, es la más profunda aspiración que llevamos dentro, porque ni la enfermedad, ni el desánimo, ni los fracasos temporales, nada, en definitiva, pueden apartar a un cristiano de su vocación de vivir. De vivir en plenitud ya en esta vida, animados por el espíritu de Dios, por el espíritu de Cristo. Nuestro destino tan sólo es vivir, vivir y dar vida, luchando cada día contra todo lo que es muerte y destrucción.

Es importante darnos cuenta ¿qué losa impide escuchar la voz de Jesús? Descubramos las mortajas que nos impiden caminar hacia el Maestro. Esas mortajas que me impiden acercarme al otro, al que me ha ofendido. Aún es tiempo de soltar las mortajas del resentimiento, de la ira, del espíritu de venganza. Caminemos hacia Jesús, ya que Él nos dará la gracia de caminar hacia los demás.

Hermanos, el próximo domingo ya es “Domingo de Ramos”, iniciará la semana mayor, la Semana Santa. Es de gran importancia, que miremos a la cuaresma que está por terminar y descubramos, ¿en qué tumba estamos sumergidos? Tumba… lo digo: ¿qué vicio, qué pecado, qué situación familiar me impide salir de esa tumba? Jesús nos sigue diciendo: “Sal de ahí”; Él respeta nuestra libertad. Recordemos que Lázaro obedeció su voz y salió. Tú y yo, ¿escucharemos y obedeceremos la voz del Señor?

Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.

Obispo de la Diócesis de Apatzingan
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