La enseñanza de la Iglesia no es nostalgia: es viva e inmutable, porque transmite la enseñanza de Cristo mismo. Caricaturizarla de esta manera es una manipulación retórica destinada a desacreditar a los fieles apegados a la fe.
En una entrevista con Die Furche, el cardenal jesuita Jean-Claude Hollerich, arzobispo de Luxemburgo y relator general del Sínodo sobre la Sinodalidad, declaró que «no definiría la moral, especialmente la moral sexual, de forma tan restrictiva como lo hace la Iglesia hoy».
Estas declaraciones, junto con sus posturas anteriores, plantean una pregunta candente: ¿no está, en realidad, abogando por una auténtica revolución sexual y moral en la Iglesia, contraria a la doctrina católica?
Esta no es la primera controversia del cardenal Hollerich.
Ya en 2023,
propuso eliminar del Catecismo
el pasaje que afirma
que los actos homosexuales
son «intrínsecamente desordenados»
y «contrarios a la ley natural».
No se trataba de una sugerencia trivial, sino de un desafío directo a la enseñanza inmutable de la Iglesia.
Con esto,
el jesuita Hollerich
se ha consolidado
como un auténtico portavoz
de las demandas LGBT en la Iglesia,
prefiriendo seguir
el espíritu de la época
antes que la verdad eterna del Evangelio.
Hoy, afirma: «No definiría la moral, especialmente la moral sexual, de forma tan restrictiva como lo hace la Iglesia hoy». Y, en la misma frase, añade: «La moral es esencial. No podemos prescindir de ella». Esta contradicción delo jesuita revela la esencia de su pensamiento: afirmar la necesidad de la moral vaciándola de su contenido concreto.
La verdad, por el contrario, es que la moral católica no es «estrecha» : es exigente porque protege la dignidad de la persona y la orienta hacia Dios.
El cardenal continúa criticando a quienes defienden la Tradición: «Algunos miran al pasado con nostalgia, otros con miedo. Ambos se equivocan».
Aquí, la palabra «nostalgia» no es una elección aleatoria. El prelado jesuita luxemburgués utiliza este término para marginar la fidelidad a la verdad y la doctrina, reduciéndola a un mero apego sentimental al pasado.
Pero la enseñanza de la Iglesia no es nostalgia: es viva e inmutable, porque transmite la enseñanza de Cristo mismo. Caricaturizarla de esta manera es una manipulación retórica destinada a desacreditar a los fieles apegados a la fe.
El mismo patrón se encuentra en su famosa imagen de la «tienda expandida» cuando el jesuita afirma: «La imagen de una tienda que debe ampliarse para que cada uno encuentre su lugar». Una metáfora seductora, pero falsa.
El cardenal jesuita Hollerich quiso evocar la Tienda del Encuentro, aquella donde solo Moisés podía entrar y encontrarse cara a cara con Dios. Pero olvida que esta tienda, erigida cuando los hebreos estaban en el desierto y que albergaba la columna de fuego que guiaba a Israel, era un lugar sagrado. Solo Moisés entró en ella con humildad y temor. Al salir, llevaba los estigmas de este encuentro a través de dos cuernos de luz en la frente. Esta tienda no era, por lo tanto, una simple morada abierta a todos los vientos y caprichos. Cuando Moisés entró, todo el pueblo de Israel permaneció fuera, de pie en señal de respeto, y durante el resto del día, Moisés mantuvo un velo sobre su rostro.
Aquí es precisamente donde reside el error del cardenal Hollerich.
Al intentar extraer la imagen de la «tienda ensanchada» de esta realidad bíblica, el jeduita traiciona el significado más profundo de este símbolo. Pues afirma: «La imagen de una tienda que debe ensancharse para que todos puedan encontrar su lugar en ella». Una metáfora seductora, pero engañosa.
La Iglesia no es un campamento precario
abierto incondicionalmente.
Es el Cuerpo de Cristo.
No se entra en ella por mero capricho,
sino por bautismo y conversión.
Los católicos africanos lo han comprendido bien, rechazando esta imagen en favor de la de la familia, mucho más acorde con la realidad de la Iglesia.
Respecto al papa León XIV, el cardenal afirma: «Continuidad en la sustancia, discontinuidad en la forma. Cada papa tiene su propia personalidad». Este juicio delata su dificultad actual. Pues si el jesuita encontró en Francisco complicidad para desarrollar su agenda sinodal, no está seguro de encontrar el mismo apoyo en León XIV.
Y este es su problema: su ideología, contraria a la doctrina cristiana, choca con un pontificado decidido a reafirmar la claridad de la fe.
Finalmente, el cardenal jesuita Hollerich termina reduciendo la Iglesia a cuotas: «La participación se distribuyó de la siguiente manera: 20% obispos, 20% sacerdotes y diáconos, 20% religiosos y 40% laicos. Es un buen equilibrio». Esta es una visión puramente sociológica, ajena a la constitución divina de la Iglesia. No se trata de una democracia representativa, sino de una institución basada en la sucesión apostólica y en la autoridad otorgada por Cristo a sus apóstoles y sucesores. Se traza así una clara línea ideológica.
El prelado jesuita
parece abogar
por una revolución sexual y moral,
justificando la aceptación incondicional
de todas las situaciones;
relativizando la fidelidad a la doctrina,
y transformando la Iglesia
en un espacio democrático
sujeto al espíritu de la época.
Pero este proyecto no es el de Cristo.
No es la atmósfera la que salva,
sino la Verdad.
San Ignacio de Loyola, fundador de los jesuitas, exigió fidelidad, disciplina y conversión radical a sus hijos. Ver a uno de ellos traicionar la misión de la Iglesia de esta manera es una herida profunda.
La Iglesia no necesita una «amplia carpa», sino una roca inquebrantable. Y esa roca es Cristo.
Por PHILIPPE MARIE.
VIERNES 12 DE SEPTIEMBRE DE 2025.
TRIBUNECHRETIENNE.

