Desde los palacios y sillas del poder, no se alcanza a ver la realidad

Bienvenidos a esta reflexión desde la Palabra de Dios en el III Domingo de Adviento.

El domingo pasado contemplamos la figura de Juan el Bautista, un hombre recio que esperaba un mesianismo de purificación de fuego y de castigo divino; apareció en el desierto predicando un Bautismo de conversión, que implicaba mostrar con hechos los frutos del arrepentimiento. Juan fue capaz de decirles a los saduceos y fariseos: “Raza de víboras”; criticó a Herodes Antipas: “No te está permitido vivir con la mujer de tu hermano” y por decir la verdad fue encarcelado y después decapitado.

Hoy nos encontramos a Juan preso; él, que nunca habitó el palacio del rey, ahora habita su cárcel; a pesar de estar privado de la libertad, tiene ciertos privilegios, pues sus discípulos lo visitan; el rey Herodes Antipas gusta de escucharlo, sentía respeto por él, pero le temía a Herodías su concubina, la cual odiaba a Juan. En medio del silencio de aquella cárcel, Juan tiene tiempo de reflexionar; tiene una idea de Dios y de cómo vendrá el Mesías; lo ha visto a los ojos, sabe que es él, pero su proceder lo desconcierta; él esperaba un Mesías que se impusiera con la fuerza terrible del juicio de Dios, que salve a los que han acogido su bautismo y condene a quienes lo han rechazado. Esperaba un Mesías como todo el pueblo judío lo esperaba.

Aquellas noticias que le han llegado hasta la prisión de Maqueronte, lo desconciertan porque la persona de Jesús, su predicación, sus gestos y sus opciones, provocaron desconcierto en él. La expectativa mesiánica de Juan comenzó a ser confusa: ¿Acaso se habría equivocado señalando a Jesús como el Cordero de Dios?

¿No era necesario que el Mesías mostrara su poder acabando con aquellas situaciones de injusticia que oprimían a Israel? De allí que pide a dos de sus discípulos que vayan a preguntar a Jesús sobre su verdadera identidad: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”. La respuesta de Jesús no es teórica, no es de sólo palabras, sino que es muy concreta: “Vayan a contar a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de la lepra, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio”.

Jesús sabe que su proceder es distinto a lo que se espera del Mesías; sabe que decepcionará a muchos que esperan un Mesías poderoso, de allí que añada: “Dichoso aquel que no se sienta defraudado por mí”. Que nadie invente un Mesías a su gusto, ya que el Hijo ha sido enviado para hacer la vida más digna y dichosa para todos.

El mesianismo de Jesús es muy distinto al esperado por Juan y por el pueblo judío; ese mesianismo marcado por la violencia y el dominio de unos sobre otros. Por eso, podemos decir que para conocer a Jesús no bastan las definiciones o las palabras que se digan sobre Él; es importante ver su actuar, ver a quienes se acerca y a lo que dedica su ministerio. De allí que el Evangelista san Juan escriba: “Hijitos míos, no amemos de palabra ni con la boca, sino con hechos y de verdad” (1 Jn 3,18). No busquemos pues, tanto hablar con palabras elocuentes sobre el amor, sino más bien, esforcémonos por realizar las obras de amor; el amor verdadero consiste en hechos, no en palabras.

A dos mil años de evangelización, al tener los Evangelios al alcance de nuestras manos para leerlos y meditarlos, es importante que analicemos nuestro actuar como cristianos. Pareciera que nos identificamos más con el Mesías que esperaba Juan el Bautista, que con el mismo Jesús. Como que estamos a favor de un mesianismo de violencia, de dominio, de desquite y no del mesianismo de Jesús, que consiste en hacer más digna la vida humana, de ahí que Él buscara más el acercamiento con los más necesitados y desprotegidos, con los marginados.

No podemos crear un Mesías a nuestra medida que domina con la fuerza; no podemos esperar a un Dios que espera cualquier oportunidad para castigar a sus hijos. Es tiempo que nos acerquemos a los Evangelios y analicemos la imagen que Jesús nos da de Dios; que analicemos sus obras; a eso estamos invitados como Iglesia y como cristianos, a continuar con el mesianismo implantado por Jesús, que es hacer cada día la vida más digna. Desde el palacio de Herodes no se veía la miseria; desde la cárcel donde estaba preso el Bautista, no se miraba la realidad. Desde la persona de Jesús, la realidad era bien distinta porque estaba en medio de la gente.

Tratemos de comprender a Juan, por una parte, se sentiría contento, con el deseo de disminuir él con tal de que Jesús creciera, pero las noticias que se filtraban a través de los gruesos muros de su prisión, eran que Jesús no tenía el menor deseo de crecer porque huía de los que lo proclamaban Rey; se decía siervo de los demás; aconsejaba no ser como los reyes y señores de este mundo; eso no era crecer, sino para disminuir. Además, Juan había puesto en las manos de Jesús la hoz para la siega y Jesús hablaba de sementera. Juan le había profetizado con el bieldo en la mano separando el trigo y la paja y Jesús ni siquiera quería separar la cizaña del trigo; no quiere dividir a los hombres en buenos y malos. Juan ha prestado a Jesús un hacha para que corte de raíz los árboles podridos y Jesús dice que no quiere acabar de triturar la caña quebrada que ya se inclina casi sin vida al suelo.

Quizá Juan estaba cansado del dominio romano, de ver a su gente sufrir tantas injusticas por aquellos que ostentaban el poder. Juan deseaba la liberación, no sólo del pecado, sino también de las estructuras injustas. Quizá ese cansancio de Juan lo estemos viviendo nosotros, porque esperamos gobernantes que se esfuercen por el bien común, que sean capaces de ver la miseria en la que hemos caído; que sean capaces de ver la realidad que sufren los campesinos; que sean capaces de ver tanta violencia; esa realidad que no se ve desde el palacio, desde los curules, desde las comodidades adquiridas por el poder.

Reconozco la valentía del Bautista, ya que no temía por su vida al proclamar la verdad incluso contra Herodes. Me sigo sorprendiendo por el comunicado que los Obispos, hemos dado al pueblo de México, en la pasada asamblea general en noviembre. Me doy cuenta que estamos muy cerca de este pueblo de Dios que sufre y conocemos la realidad de primera mano; eso nos anima a seguir llevando la Buena Nueva y a no quedarnos callados. Recordemos que desde los palacios y desde las sillas del poder, no se alcanza a ver la realidad; con las cámaras o reflectores en el rostro, podemos encandilarnos y creer que mi realidad la viven todos. Juan el Bautista sigue gritando a los cuatro vientos; la verdad no puede ser amordazada, siempre nos interpela.

Cierto, en todas las épocas han existido personas y grupos que ayudan, pero no por compasión verdadera, sino como una forma de engrandecer su imagen pública. Esta ayuda muchas veces se convierte en espectáculo; se busca reconocimiento, control o poder sobre quienes reciben el beneficio. En tiempos de Jesús, no era distinto, el rey Herodes y muchos líderes militares, políticos y religiosos, realizaban obras públicas que beneficiaban a la población, pero siempre con la intención de consolidar su reputa ción y aumentar su influencia. La gente más pobre podía recibir algo, pero era también usada, instrumentalizada y en ocasiones manipulada. En contraste, el actuar de Jesús resultaba radicalmente diferente, no hacía alarde de su poder; cuando los discípulos de Juan el Bautista le preguntan si él es el mesías esperado, Jesús no responde con argumentos teológicos, ni con afirmaciones grandilocuentes, de manera sencilla señala los signos que lo acompañan: “Los ciegos ven, los sordos oyen, los muertos resucitan”. Ninguna de estas acciones es superficial y pasajera, son transformaciones profundas, signos reales del Reino en medio de la gente, pero, sobre todo, Jesús remarca un hecho decisivo: “A los pobres se les anuncia el Evangelio”. No se trata de una frase decorativa, sino de una clave esencial para discernir la autenticidad de cualquier acción evangélica. Los pobres no son un grupo más, son el centro, el punto de referencia desde el cual debe mirarse todo sufrimiento humano. Si lo que hacemos, no es una Buena Nueva para los pobres, entonces probablemente no lo sea en absoluto. ¡Ahí donde llega el Señor, la vida fundamentada en los valores, florece!

Pensemos hermanos: ¿Nuestras obras y palabras anuncian la Buena Nueva de Jesús, o sólo alimentan nuestra propia imagen? ¿Desde qué mirada actuamos, desde la del Reino o desde la del espectáculo? Nosotros que nos decimos cristianos, que acudimos a la Misa dominical, ¿hacemos las obras que hacía Jesús? Si no las hacemos, quiere decir que a Jesús no lo conocemos bien o que no estamos de acuerdo con su mesianismo. Deseamos hacer un Mesías a nuestra medida. ¿Qué están viendo y oyendo los demás? ¿Qué estamos haciendo para aliviar el sufrimiento humano?

Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.

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Obispo de la Diócesis de Apatzingan