Cuatro años por la construcción de paz

Editorial ACN Nº205

ACN

El 20 de junio de 2022, el asesinato de los sacerdotes jesuitas Javier Campos Morales y Joaquín César Mora Salazar, junto con el laico Pedro Palma, en la parroquia de San Francisco Javier de Cerocahui, Chihuahua, no solo conmocionó al país: abrió una herida profunda que reveló la fragilidad del tejido social mexicano y la insuficiencia de las respuestas institucionales frente a la violencia estructural.

De aquel dolor nació el Diálogo Nacional por la Paz, un movimiento plural que, en cuatro años, ha transitado del lamento a la propuesta concreta. Lo que comenzó como un clamor de iglesias, familias y comunidades de la Sierra Tarahumara se transformó en un itinerario nacional que hoy cuenta con metodologías sistematizadas, redes territoriales y dos encuentros nacionales cuyos resultados, poco a poco, se han ido implementando.

El camino recorrido etapas claras cuya implementación no ha sido sencilla. Primero, la escucha amplia que dio origen a la Agenda Nacional por la Paz. Segundo, la identificación de buenas prácticas y la construcción de puentes entre sectores. Tercero, la elaboración de herramientas operativas. La cuarta, el Segundo Diálogo Nacional, busca articular proyectos locales con narrativa pública para lograr impacto territorial real.

Uno de los frutos, entre tantos de este proceso, es el documento Metodologías para la Construcción de la Paz (enero de 2026), que presenta 18 propuestas concretas para 14 acciones locales. Entre ellas destacan los Círculos de Paz en el sistema penitenciario, los Círculos de Paz en las escuelas, los Círculos Familiares para sanar conflictos y reconstruir confianza, Empresas por la Paz (códigos de ética, protocolos de conflicto, tabuladores salariales justos, salud mental), el Programa Manresa (Proyecto VIVA, Centros Ambulatorios y Residenciales, Casas Magis y Red Conexión) que ya ha atendido a más de 8.000 personas en salud mental en la Sierra Tarahumara, las Unidades Municipales de Atención a Víctimas y Búsqueda de Personas, el Programa de Fortalecimiento de la Función Policial y su Vinculación con la Comunidad, la Policía de Proximidad, la Mediación Comunitaria, el Cuidado Integral de la Creación y los Espacios de Reconocimiento y Transformación para personas en contexto de movilidad.

Estas metodologías no son declaraciones de buenas intenciones: son protocolos, pasos, condiciones institucionales y humanas, objetos simbólicos y dinámicas probadas en territorios concretos. Su entrega al gobierno federal, autoridades estatales y a nueve alcaldes durante el Segundo Diálogo Nacional representa un hito: la sociedad civil organizada pone sobre la mesa herramientas verificables mientras pide corresponsabilidad.

Sin embargo, el balance a cuatro años no puede ser complaciente. El Diálogo Nacional por la Paz ha logrado aglutinar a la Conferencia del Episcopado Mexicano, la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús, Cáritas, fundaciones, empresas, gobiernos locales, colectivos de búsqueda y comunidades de fe de diversas tradiciones. Ha demostrado que la paz se construye desde la escucha, la justicia restaurativa, la dignificación de la policía municipal, la atención integral a víctimas y la cultura del cuidado, pero el México fracturado persiste: miles de desaparecidos, deudos sin justicia, huérfanos de la violencia, comunidades desintegradas y un futuro de incertidumbre para millones de jóvenes a quienes las becas no les han devuelto horizonte ni pertenencia.

La crítica central es de orden estructural y moral. Quienes detentan el monopolio legítimo de la seguridad —el Estado en sus distintos niveles— no han mostrado la humildad suficiente para reconocer que la violencia tiene causas profundas que ni el despliegue de fuerza ni los programas asistencialistas alcanzan a sanar. Las metodologías del Diálogo Nacional insisten en que la paz requiere reconstrucción del tejido social, escucha a las víctimas, reinserción real y corresponsabilidad comunitaria. Sin esa disposición, las herramientas quedan en el anaquel de las buenas prácticas mientras la herida sigue abierta.

La paz que México necesita no es la que se decreta ni la que se compra con dinero público. Es la que se construye ordenadamente, como recordaba san Agustín en la cita que el papa Juan XXIII recogió en Pacem in Terris (n. 165): «¿Quiere tu alma ser capaz de vencer las pasiones? Que se someta al que está arriba y vencerá al que está abajo y se hará la paz en ti; una paz verdadera, cierta, ordenada. ¿Cuál es el orden de esta paz? Dios manda sobre el alma, el alma sobre la carne; no hay orden mejor».

Cuatro años después de Cerocahui, el Diálogo Nacional por la Paz ha sembrado semillas valiosas y ha demostrado que otro camino es posible. Falta que quienes tienen en sus manos el poder de la seguridad y la justicia reconozcan que sin humildad, sin escucha y sin renuncia a la ilusión de control total, esa paz ordenada seguirá siendo una aspiración lejana.

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