«La Buena Nueva que estamos enviados a proclamar al mundo no es un ideal abstracto: es el Evangelio del amor fiel de Dios, encarnado en el rostro y la vida de Jesucristo» (texto completo)
Una vez más, el Papa León XIV situó a Cristo en el centro de cada acción, cada intención, cada misión. En su Mensaje para la 100.ª Jornada Mundial de las Misiones, del 25 de enero de 2026, reitera constantemente que la misión de la Iglesia no nace de la iniciativa humana ni de una construcción pastoral autónoma, sino de la unión viva con Cristo, recibida y vivida en el corazón de la fe.
El tema elegido, «Uno en Cristo, unidos en la misión», no es un mero eslogan circunstancial. Expresa un vínculo fundamental entre la identidad cristiana y la actividad misionera. Antes de cualquier organización, antes de cualquier método, hay una realidad primordial, expresada inequívocamente:
«En el corazón de la misión reside el misterio de la unión con Cristo».
Toda la coherencia del mensaje radica en esta afirmación.
La misión no es una extensión externa de la vida cristiana, es su expresión directa.
En la primera parte del texto, León XIV retoma la definición misma de ser cristiano. Rechaza cualquier reducción de la fe a un conjunto de prácticas, valores u opciones culturales, recordando un principio esencial de la tradición cristiana:
«Ser cristiano no es principalmente un conjunto de prácticas o ideas: es una vida vivida en unión con Cristo».
- Esta aclaración sitúa claramente la fe en el ámbito de la relación y la participación en la vida de Cristo, y no en el de la adhesión a un sistema.
- La imagen bíblica de la vid y los sarmientos, utilizada explícitamente por el Papa, subraya que la fecundidad misionera depende directamente de esta unión.
- Permanecer en Cristo no es un requisito espiritual reservado a la vida interior, sino la condición misma de toda fecundidad apostólica.
- De esta unión nace la comunión entre los creyentes, y de esta comunión procede la misión.
Al recordar que «la comunión es a la vez fuente y fruto de la misión», León XIV se alinea con una eclesiología clásica, donde la unidad no es secundaria ni decorativa, sino constitutiva del testimonio cristiano.
El mensaje observa que cuando esta comunión se debilita por oposición, incomprensión o enfoques confrontativos, el testimonio de la Iglesia se ve afectado.
- La misión confiada por Cristo requiere corazones abiertos a la reconciliación y la comunión. Es en este marco que se sitúa el llamado a fortalecer el compromiso ecuménico, particularmente con motivo del 1700 aniversario del Concilio de Nicea.
- La unidad buscada no es un fin en sí misma, sino una respuesta a la oración de Cristo y una condición para la credibilidad del anuncio.
- Un tema central del mensaje se refiere al contenido mismo de la evangelización. León XIV nos recuerda inequívocamente que la misión de la Iglesia nunca es autorreferencial: «Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo el Señor» (2 Co 4,5).
- Citando a San Pablo VI, reafirma un principio constante del Magisterio: «No hay verdadera evangelización si no se proclama el nombre, la enseñanza, la vida, las promesas, el Reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios». La misión, por tanto, no puede reducirse a la transmisión de valores generales ni a una presencia social incorpórea. Es la proclamación de una persona y una invitación a un encuentro decisivo.
En la segunda parte de su mensaje, León XIV aborda la dimensión comunitaria y universal de la misión. Nos recuerda que la unidad de los discípulos no es autoconclusiva, sino que está orientada a la fe del mundo: «Para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,21).
En este contexto, cita el lema del beato Paolo Manna: «Toda la Iglesia para la conversión del mundo entero », una afirmación que comparte plenamente.
Este lema compromete, ante todo, a la Iglesia en su conjunto. Nos recuerda que la misión no es asunto de unos pocos, sino una responsabilidad compartida por todos los bautizados, cada uno según su vocación y estado de vida.
Afirma, pues, el horizonte universal de la evangelización, no como un proyecto de expansión cultural, sino como consecuencia del señorío universal de Cristo.
Finalmente, el término «conversión», mantenido sin ambigüedad, se refiere a la llamada fundamental del Evangelio: volverse a Cristo, recibir su gracia y permitir que su vida transforme la existencia.
Al adoptar esta fórmula, León XIV reafirma que la misión no es un diálogo vacío ni una mera coexistencia de convicciones, sino que aspira a la fe y la salvación.
- La unidad misionera, aclara el mensaje, no debe confundirse con la uniformidad.
- Se define como la convergencia de carismas hacia un único objetivo: hacer visible el amor de Cristo.
- Esta convergencia permite que la unidad de la fe y la diversidad de dones se mantengan unidos, sin relativizar el contenido del anuncio ni disolver la misión en lógicas contrapuestas.
La tercera parte del texto destaca la dimensión teológica de la misión. Si bien la unidad es su condición, el amor es su esencia. «La Buena Nueva que somos enviados a proclamar al mundo no es un ideal abstracto: es el Evangelio del amor fiel de Dios».
La misión se presenta como la extensión, en el Espíritu Santo, de la misión de Cristo mismo, nacida del amor, vivida en el amor y orientada hacia el amor. El homenaje a los misioneros ad gentes nos recuerda que la misión aún hoy implica vidas entregadas, a veces en contextos marcados por la pobreza, la violencia o la distancia cultural.
«Cristo mismo, con su Evangelio, es el mayor tesoro para compartir», escribe el Papa, enfatizando que el anuncio no se basa principalmente en los medios, sino en la entrega.
Las figuras de San Francisco de Asís y Santa Teresita del Niño Jesús sirven como recordatorio de que la misión se arraiga en una vida totalmente orientada al amor de Cristo y al deseo de darlo a conocer.
Este mensaje para la 100.ª Jornada Mundial de las Misiones ofrece una visión estructurada y coherente de la misión de la Iglesia. Nos recuerda que la verdadera unidad es cristológica, que la misión es inseparable del anuncio de Cristo y que el amor recibido de Dios es el motor de toda evangelización.
Al centrar la atención de la Iglesia en esta prioridad, León XIV invita a los fieles a permanecer en Cristo para dar fruto, para que el mundo reconozca en él la luz que salva.
Por QUENTIN FINELLI.
CIUDAD DEL VATICANO.
DOMINGO 25 DE ENERO DE 2026.
TCH-.

