Tras el comunicado oficial de la diócesis de Papantla sobre las causas de la muerte del padre José Medina García, la confirmación del hecho es tan duro como triste: el suicidio. “Según la información preliminar, el sacerdote habría ingerido una sustancia tóxica, situación que derivó en su urgente hospitalización. A pesar de los esfuerzos médicos realizados, lamentablemente perdió la vida”. El texto pide “prudencia y respeto a su dignidad, así como al dolor de su familia”, evita cualquier juicio anticipado y encomienda el alma del sacerdote a la “misericordia infinita de Dios”.
Lamentablemente para cualquier comunidad, afrontar una situación tan difícil merece un especial acento. La decisión personal de un sacerdote de poner fin a su vida también suscita perplejidad y asombro… Todo lo que pasó por su mente, la manera de preparar su muerte y el dolor que tuvo que sufrir por un veneno que no tuvo efectos inmediatos. ¿Qué empujó al padre Medina a un hecho tan grave? ¿Depresión? ¿Presiones externas? ¿Amenazas? ¿Soledad? El caso no es un episodio aislado, revela la fragilidad mental que podrían sufrir muchos presbíteros en México y la casi inexistente red de acompañamiento real que la Iglesia ofrece.
En contextos rurales como Misantla o Pueblo Viejo, el sacerdote suele vivir aislado sin apoyo psicológico profesional, rodeado de pobreza extrema, extorsiones del crimen organizado y demandas pastorales constantes. La diócesis de Papantla, como otras en Veracruz, enfrenta un entorno de alta vulnerabilidad. En zonas urbanas la presión es distinta, pero igual de intensa, agendas saturadas, escrutinio público, incomprensión de los fieles, ideales impecables de santidad inalcanzable y una formación que a menudo reprime la vulnerabilidad humana en lugar de integrarla.
Una tesis doctoral de 2009 presentada en la Universidad de Salamanca y difundida en medios en 2017, analizó a 881 sacerdotes de México, Costa Rica y Puerto Rico y detectó una incidencia significativa de síndrome de desgaste o burnout. En Brasil, país con realidades culturales y pastorales cercanas, informes de la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil registraron 17 suicidios sacerdotales en 2018 y 10 en 2021.
En México, la Conferencia del Episcopado Mexicano no tiene referencias, al menos no públicas, de estadísticas sobre salud mental del clero ni sobre suicidios consumados o tentativas. El silencio en el Episcopado Mexicano es absoluto y no quiere decir ausencia del problema, demuestra que el tema es tabú. ¿Cuántos presbíteros luchan en silencio con depresión grave, dependencia al alcohol, consumidos por adicciones o agotamiento pastoral?
La estructura actual ofrece muy poco. Tras la ordenación, el sacerdote queda a merced de su obispo. Pocas diócesis cuentan con protocolos formales de prevención, equipos de acompañamiento psicológico especializado o fondos destinados a terapias. A eso se suma el “acompañamiento fraterno”, más bien deficiente que suele limitarse a trilladas charlas espirituales de ocurrencia, la recomendación de “orar más” o alimentar la idea de que el sacerdote, por ser ungido, elimina todos los defectos de la naturaleza humana. A esto abona, en ocasiones, la tremenda presión en una persona cuando es sojuzgada y sometida, ya sea por el obispo o por los provinciales religiosos que, en lugar de ser maestros en la caridad, son verdaderos capataces tratando a peones como animales de tiro.
Los obispos tampoco escapan a esta realidad, gobernar una diócesis en un país de 126 millones de habitantes, marcado por violencia y escasez vocacional, genera estrés crónico e aislamiento. El modelo jerárquico dificulta que reconozcan su propia fragilidad sin temor a perder autoridad.
El padre Medina García tenía exactamente 41 años, edad que coincide con el grupo más afectado por el suicidio en México. Según el informe oficial del INEGI “Estadísticas a propósito del Día Mundial para la Prevención del Suicidio” del 8 de septiembre de 2025, con datos preliminares de 2024, se registraron 8.856 suicidios de personas de 10 años y más, con una tasa nacional de 6,8 por cada 100.000 habitantes.
El grupo de 30 a 44 años, justo el segmento etario del padre Medina, fue el más alto en 2024, 10,7 (18,8 en hombres y 3,1 en mujeres) por cada 100 mil. Veracruz registró una tasa estandarizada de 5,6, una de las más bajas del país.
Ante este panorama, el comunicado de Papantla resulta paradigma de un problema que también se advierte, la comunicación eclesial deficiente. Se menciona la ingestión de tóxico y el fallecimiento, eludiendo lo evidente. Se pide prudencia mientras se deja flotar la ambigüedad. Este enfoque no protege a la familia, ni a la comunidad ni al propio difunto; al contrario, invita a rumores más dañinos y agrava el dolor. Un comunicado transparente, que reconociera el suicidio, lamentara el sufrimiento y anunciara medidas concretas de prevención, habría sido un acto de verdad evangélica.
La enseñanza del Catecismo de la Iglesia Católica sobre este tema ofrece un equilibrio misericordioso. Afirma que cada persona es responsable de su vida ante Dios, quien se la dio; somos administradores, no propietarios, y estamos llamados a recibirla con gratitud y conservarla. El suicidio contradice la inclinación natural a preservar la vida, es gravemente contrario al justo amor de sí mismo, ofende al amor del prójimo y al amor de Dios vivo. Sin embargo, reconoce que graves trastornos psíquicos, angustia intensa o temor extremo pueden disminuir notablemente la responsabilidad del que lo comete. Por eso, no se debe descartar la salvación eterna de quienes se quitaron la vida, Dios puede haberles ofrecido, por caminos que solo Él conoce, una oportunidad de arrepentimiento salvador. La Iglesia ora por ellos. (Cfr. Nums. 2280 a 2283)
Esta visión misericordiosa resuena en las reflexiones del cardenal Joseph Ratzinger, Papa Benedicto XVI. En textos recopilados y analizados en “La respuesta de Ratzinger a la crisis de sentido” (Nueva Revista, 3 de julio de 2018), explica que el ser humano aspira a una felicidad y un sentido infinitos que ni la ciencia, ni el consumo ni el subjetivismo pueden colmar. La religión, cuando se reduce a “producto de consumo” elegido “a la medida de cada uno”, resulta cómoda en tiempos de bonanza pero abandona al hombre en la crisis. El sentido auténtico no se fabrica: se recibe como don de Dios. La fe es encuentro personal con Jesucristo, un amor que redime y sostiene incluso en la oscuridad más profunda.
El caso del padre José Medina García interpela la situación de nuestros presbíteros y su salud reconociendo que hay casos en los que un clérigo, quien tiene la vida por don divino, considera terminar con la propia pasando el umbral de la puerta falsa. Mientras estas lecciones no se asuman con acciones concretas, las redacciones diocesanas y episcopales seguirán en la pastoral del comunicado que sólo obedece a la coyuntura eludiendo soluciones e inventando perogrulladas.
El padre Josesito pudo haber tenido un acompañamiento profundo y, tal vez, los signos y hechos que rodeaban su vida podrían haber anticipado una tragedia. Si la Iglesia quiere anunciar con credibilidad la misericordia de Dios, debe comenzar por cuidar a los suyos con la misma ternura que predica al mundo porque, como enseñó Benedicto XVI, solo el amor redime. Y el amor, en la práctica, se llama acompañamiento real, transparencia y esperanza concreta.

