¿Qué haces cuando sientes que tu vida comienza a hundirse? Hay momentos en que todo parece estar tranquilo y de repente llega un viento contrario, una enfermedad, un problema familiar, una preocupación económica, una pérdida, una soledad que pesa. Por fuera quizá nadie lo nota, sigues trabajando, sonriendo, cumpliendo tus obligaciones, pero por dentro tienes miedo y te preguntas, Señor, ¿dónde estás?
El Evangelio de hoy nos presenta a los discípulos atravesando el lago mientras Jesús permanece en el monte orando. Durante la noche, el viento golpea fuertemente la barca, entonces Jesús se acerca caminando sobre el agua. Pedro sale a su encuentro y también comienza a caminar sobre el agua, pero al sentir la fuerza del viento tiene miedo, comienza a hundirse y grita, Señor, ¡sálvame! Jesús inmediatamente extiende la mano y lo sostiene.
Hay un detalle muy importante, los discípulos están en aquella tormenta porque han obedecido a Jesús, fue Él quien los mandó subir a la barca. Esto significa algo que necesitamos comprender, hacer la voluntad de Dios no significa vivir sin dificultades. Puedes amar a Dios y enfermarte, puedes procurar hacer las cosas bien y tener problemas en tu familia, puedes rezar y atravesar momentos de oscuridad, la tormenta no significa necesariamente que Dios te haya abandonado.
Mientras los discípulos luchaban contra las olas, Jesús estaba orando. Ellos no podían verlo, pero Él no los había olvidado. También tú necesitas recordar esto cuando atraviesas una noche difícil, que Dios está contigo aunque tú no lo sientas. Y entonces sucede algo maravilloso, Jesús no espera a que termine la tormenta para acercarse, camina hacia ellos en medio de la tormenta. Quizá tú quisieras un Dios que te quitara inmediatamente tus problemas, pero muchas veces Jesús no calma primero el mar, primero se acerca a ti y te dice ánimo soy yo no tengas miedo.
Tal vez el primer milagro que necesitas no sea que desaparezca tu problema, sino descubrir que Cristo está contigo dentro del problema. Pedro camina mientras mira a Jesús, pero cuando comienza a mirar el viento y el agua aparece el miedo y empieza a hundirse. El viento era real, también tus problemas son reales, la fe no consiste en negar lo que duele, sino en decidir qué será más grande dentro de ti, tu problema o la presencia de Cristo.
Entonces Pedro pronuncia una de las oraciones más hermosas del Evangelio, le grita a Jesús: “Señor, ¡Sálvame!” y Jesús no lo mira indiferente desde lejos, extiende la mano y lo sostiene, lo salva. La fe no significa que nunca te hundas, significa saber a quién gritas cuando comienzas a hundirte.
Esta semana haz dos cosas, primero, identifica cuál es tu viento contrario y entrégaselo cada mañana a Jesús; segundo, cuando aparezca el miedo, no te paralices en él, ni alimentes pensamientos sobre lo que podrá suceder, mira a Cristo y repite lentamente Señor sálvame.
“Señor Jesús, cuando tenga miedo y sienta que me hundo, recuérdame que tú vienes hacia mí, extiende tu mano, aumenta mi fe y no permitas que aparte mis ojos de ti, amén”. ¡Feliz domingo, Dios te bendiga!

