Cuando dejamos de cuidar a quienes nos cuidaron

Elsa Méndez

Hace unos días vi un video… una mujer mayor, sentada en una residencia de Mar del Plata (Argentina) era maltratada por una de las personas que tenía la responsabilidad de cuidarla… ¿en qué momento una persona puede terminar siendo tratada como si su vida ya no importara?

En Estados Unidos he visto cómo las casas de retiro forman parte de la realidad de muchas familias. Incluso es común escuchar a personas decir que están ahorrando para su retiro pensando en la residencia donde pasarán sus últimos años.

Hay circunstancias en las que estos lugares son necesarios y pueden brindar atención especializada que una familia difícilmente podría ofrecer en casa.

El problema no es una casa de retiro, el problema comienza cuando creemos que una institución también puede sustituir a la familia. Hay adultos mayores que pasan semanas o meses esperando una visita. Que ven a sus hijos en Navidad, en su cumpleaños o quizá en alguna fecha especial.

El caso de Mar del Plata también nos obliga a hablar de las instituciones. Cuidar a una persona vulnerable no puede convertirse solamente en cumplir un turno. Existen cuidadores que realizan esta labor con amor y verdadera vocación, y merecen todo nuestro reconocimiento. Pero necesitamos mejores procesos de selección y formación, supervisión, protocolos claros y mecanismos de denuncia. Quien ya no puede defenderse por sí mismo necesita que la familia, las instituciones y la sociedad lo defiendan con mayor fuerza.

Este tema me toca especialmente porque durante mi paso por el Congreso de Querétaro impulsé una iniciativa para proteger a los adultos mayores frente al abandono. Buscamos reconocer jurídicamente una realidad dolorosa que muchas veces ocurre dentro de la propia familia y establecer consecuencias para quienes, teniendo la responsabilidad de cuidar, abandonan a una persona que no puede valerse por sí misma.

Además es importante poner un tema importante en la mesa. Podemos tener mejores residencias, mejores protocolos y mejores cuidadores, pero ninguna institución puede reemplazar la conversación con un hijo, la visita de un nieto o la alegría de sentirse parte de una familia. Podemos delegar algunos cuidados, pero no podemos delegar el amor.

Vivimos en una sociedad que muchas veces mide el valor de las personas por lo que producen o por lo que pueden aportar. Y esa visión termina siendo profundamente injusta. Una persona no vale menos porque sus fuerzas disminuyan. Nadie deja de ser digno porque envejece.

Defender la vida significa defenderla en todas sus etapas. Desde quien llega al mundo completamente dependiente de otros hasta quien, después de haber trabajado, formado una familia y entregado tantos años, vuelve a necesitar de nuestras manos. La dignidad no depende de nuestra edad, nuestra salud o nuestra productividad.

Este 28 de agosto, cuando celebremos el Día del Abuelo, quizá además de una fotografía, un regalo o una felicitación podamos hacernos preguntas más importantes. ¿Cuándo fue la última vez que visitamos a nuestros abuelos? ¿Sabemos cómo se sienten? ¿Los escuchamos? ¿Nuestros hijos conocen sus historias?

Honrar a nuestros abuelos no consiste en recordarlos un día, sino en hacerles sentir durante todo el año que siguen perteneciendo.

Una sociedad verdaderamente humana no abandona a quienes envejecen. Los acompaña, los escucha y los honra. Porque cuidar a quienes un día cuidaron de nosotros no es una carga. Es una forma de agradecer, de amar y de reconocer que toda vida conserva, hasta el último instante, la misma dignidad que Dios le dio desde el principio.

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