¿Cuál es la alternativa frente al miedo?

Bienvenidos a esta reflexión desde la Palabra de Dios en el XII Domingo del Tiempo Ordinario

Hoy en el Evangelio encontramos una invitación fuerte de Jesús: “No teman a los hombres”. Se refiere el Maestro a un miedo muy concreto, a aquel que provoca una desconfianza enfermiza en uno mismo, es el miedo que llega incluso a hacernos pensar que quien tiene el poder de dañar posee también la verdad. Por eso Jesús añade: “No hay nada oculto que no llegue a descubrirse; no hay nada secreto que no llegue a saberse; es decir, hay que tener la convicción de que el ocultamiento de la verdad y el secretismo, usados para provocar miedo, tienen fecha de caducidad, no son eternos, ni quedan impunes.

En segundo lugar, el Evangelio presenta otro tipo de miedo, en la expresión: “No tengan miedo a los que matan el cuerpo”, aquí el Maestro alude al pavor que produce la posibilidad de ser dañados, de sufrir violencia física o psicológica. Sin negar ese miedo, Jesús invita a una valoración más profunda: hay dimensiones del ser humano a las que las violencias no puede acceder, existen sí las que dañan el exterior pero que no pueden manchar la integridad interior. No se trata de minimizar los miedos, sino de no sobrevalorarlos, ni permitir que quienes se empeñan en provocarlos dañen más de lo que realmente pueden.

Recordemos que el emperador Diocleciano, en el siglo I, había erigido estatuas en su honor y exigía a sus súbditos que le rindieran adoración como a un “dios”; todo el que se negaba era ajusticiado o exiliado. Notando el temor de los conversos, Mateo escribe y les recuerda las palabras de Jesús ante cualquier dificultad y ante las persecuciones que sus seguidores deberían soportar. No es un texto cómodo, cuando nos pide no tener miedo, se refiere sobre todo a los miedos que nos pueden surgir a la hora de proclamar el Evangelio, porque ¿quién ha dicho que anunciar el Evangelio fuera cosa fácil? Precisamente porque la misión del Evangelio se enfrenta siempre con los que quieren callar la verdad.

Recordemos algo de la historia de Jesús: Dios Padre no corrió para arrancarlo de la cruz, no fulminó con un rayo a sus verdugos. En la cruz, Dios se hace voluntariamente impotente; impotente en cuanto a la fuerza, a la autoridad, a la venganza, a la justicia punitiva; impotente para hacerse respetar. Conserva únicamente el poder del amor y del perdón. El riesgo del amor es la debilidad. Si se ama, se corre el riesgo de la vulnerabilidad.

Recordemos que Jesús no promete buenos tiempos a sus seguidores, más bien, les habla de persecuciones; pero desea que se mantengan firmes, fieles a su persona y a su mensaje. Vivir sin temores, de una manera libre. Jesús sabe que el miedo paraliza, estanca, destruye; de allí que, a pesar de las situaciones difíciles por las que pasarán sus discípulos, desea que vivan sin miedo. El miedo se apodera de nosotros cuando permitimos que crezca la desconfianza en nuestros corazones. Este miedo es el problema del ser humano, y sólo nos libraremos de él, si arriesgamos nuestra vida en un Dios que busca nuestro bien. Eso veía Jesús, de allí que se dedique a despertar confianza en las personas; eso debemos impulsar como cristianos, de allí la importancia de que el Evangelio deba ser proclamado en todas las circunstancias, ya que el Evangelio libera; los cristianos debemos vivir en libertad, no debemos dejar de propagar el mensaje por ningún motivo.

Vivimos tiempos de incertidumbre, de zozobra, a nivel social. La inseguridad y la violencia no vemos por dónde se puedan apaciguar; la corrupción e impunidad se dejan ver y sentir; de allí que crezca la

incertidumbre, de allí que no se vea un futuro halagador. Conocemos la fuerza del mal, pero nuestra fe en Dios nos ayuda a recordar que nuestro mundo no está abandonado a su desgracia. Esta fe en Dios, debe conducirnos a afrontar riesgos y a aceptar sacrificios para ser fieles a Dios y a la propia dignidad. La confianza en Dios debe conducirnos a tener paciencia; ésta es el arte de resistir el mal sin perder la propia dignidad. Los antiguos daban a la paciencia el significado de “permanecer de pie”, soportando el mal de cada día. Esa es la actitud que debemos tener quienes confiamos en Dios.

Hermanos, somos conscientes de que son muchos los miedos que hacen sufrir a las personas. El miedo hace mucho daño, ya que allí donde crece el miedo se pierde de vista a Dios y se va ahogando la bondad que existe en cada persona; la vida se apaga, la alegría desaparece, el sentido de la existencia se pierde… Recordemos que una comunidad que sigue a Jesús, debe ser un lugar donde las personas viven libres, sin miedos, ya que su confianza estará puesta en Dios.

Hermanos, el Evangelio de este domingo nos invita a la confianza en Dios. Como cristianos sabemos que somos peregrinos en este mundo, vamos de paso, nuestra meta es Dios, hacia Él nos dirigimos, por tanto, debemos cuidar y anhelar estar con Él; el miedo terreno debe esfumarse por nuestra fe y confianza en Dios. No podemos olvidar el grito que Jesús nos sigue dando: “No tengan miedo”. Las dificultades o problemas las seguiremos teniendo, ya que existen problemas o dificultades que no dependen de nosotros, pero como cristianos hemos de vivir libres de miedos y con una confianza plena en Dios; es Él el que nos sostiene desde nuestro interior. Sería un error ver en la fe un refugio para miedosos. La fe auténtica no libera de las dificultades, sino que da fuerza y audacia para enfrentarlas. La confianza en Dios no genera cobardes, sino personas decididas, generosas y comprometidas. Cuando un creyente escucha en su corazón las palabras de Jesús: “No tengan miedo”, no se le invita a huir, sino a afrontar la vida con valentía, apoyado en la fidelidad de Dios.

Preguntémonos: ¿Cuál es la alternativa frente al miedo? ¿Acaso la valentía? ¿El amor? Jesús no pide a sus discípulos que sean valientes por sus propias fuerzas, sino que se reconozcan amados; por eso les recuerda que son cuidados por el Padre, conocidos y valorados por Él. Sentirse amado, amarse a uno mismo, desde esa certeza, es el mejor antídoto contra el miedo. Sólo desde allí puede nacer una valentía auténtica.

Cuando nuestro corazón no está habitado por un amor fuerte o una fe firme, fácilmente queda nuestra vida a merced de nuestros miedos. A veces es el miedo a perder prestigio, seguridad, comodidad o bienestar lo que nos detiene al tomar las decisiones. No nos atrevemos a arriesgar nuestra posición social, nuestro dinero o nuestra pequeña felicidad. No tengamos miedo a la utopía del Reino, a vivir nuestra fe desde el riesgo, la apertura del corazón y el amor. La experiencia de Dios tal como la ofrece y comunica Jesús, infunde siempre una paz inconfundible en nuestro corazón, muchas veces lleno de inquietudes, miedos e inseguridades.

El único temor que debe paralizarnos es el temor de Dios (don del Espíritu Santo), es el vértigo que produce el no cumplir la voluntad de Dios. El único pavor que debemos sentir los sacerdotes y los laicos comprometidos con el anuncio del Evangelio, es el haber callado cuando más necesario es una voz denunciante. Cuentan que el escalador de montañas deja de temblar cuando más arriba está. Los cristianos, tal vez temblamos demasiado, porque igual no estamos donde tendríamos que estar.

Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.

Obispo de la Diócesis de Apatzingan
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