¿Alguna vez te has preguntado si la dirección que lleva tu vida es realmente la correcta o si simplemente sigues avanzando por inercia, haciendo lo que siempre has hecho, pensando como todos piensan, viviendo como se espera que vivas?
Hoy el Evangelio te coloca frente a una pregunta decisiva. ¿Hacia dónde está orientada tu vida? Jesús comienza su predicación con una afirmación clara y poderosa: El reino de Dios está cerca.
No es una idea abstracta ni una promesa futura. El reino está tan cerca que puedes escucharlo, mirarlo, tocarlo. Es Jesús mismo. Su presencia, su palabra, su mirada apuesta en ti. Allí donde Jesús entra, el reino llega. Y ese reino se hace real en la vida de quien se atreve a escucharlo, a seguirlo y a poner en práctica su palabra.
Pero Jesús no se queda en el anuncio. Inmediatamente añade una exigencia, “conviértete”. Convertirse no es simplemente cambiar algunas conductas externas o malos hábitos, ni acumular buenos propósitos que se desvanecen con el tiempo.
Convertirse es cambiar de mentalidad, cambiar el modo de pensar, reorientar el corazón. Es permitir que tu mente, ese espacio donde se toman las decisiones, deje de funcionar según la lógica del mundo y comience a sintonizarse con la lógica de Dios. Lo que piensas una y otra vez va modelando tu cerebro.
De la misma manera, el Evangelio, acogido con constancia, va transformando tu interior desde dentro. Este cambio no es sencillo. Supone renunciar a certezas cómodas, opiniones heredadas, a esa necesidad de encajar o de ser políticamente correcto.
Seguir a Cristo implica aprender a pensar como él piensa, a mirar como él mira, a decidir como él decide. Y solo eso lo aprendes escuchando su palabra, dejándola tocar tu atención, despertar tu emoción y mover tu voluntad.
Cuando la mentalidad cambia, entonces cambia la vida. De otro modo, terminas viviendo dividido, pensando una cosa y haciendo otra, creyendo una cosa y viviendo otra. Jesús te propone una unidad interior profunda donde lo que crees, lo que deseas y lo que haces caminan en la misma dirección.
La conversión auténtica no nace de la fuerza de voluntad, sino de una mente renovada por el encuentro personal con Jesús. Por eso la conversión no ocurre una sola vez. Es un camino de toda la vida. Siempre hay algo que ajustar, algo que sanar, algo que volver a poner en manos de Dios.
Estamos heridos por el pecado y necesitamos constantemente volver la mirada al Señor porque Él mismo lo dice, “separados de mí no pueden hacer nada”. Pero también es verdad que el cerebro humano es plástico, puede cambiar y la gracia de Dios, acogida con humildad y perseverancia, transforma lo que parecía inamovible.
Hoy el Señor te pide algo concreto. Reconoce que el primero que necesita conversión eres tú. No mires fuera, no señales a otro. Ponte delante de Él con verdad. Pídele cada día un corazón humilde, una mente renovada, una voluntad dócil y verás cómo poco a poco su gracia actúa en ti, reordenando tus deseos, fortaleciendo tus decisiones, dándole una nueva dirección a tu vida.
¡Feliz domingo! ¡Dios te bendiga!

