Consagrará nuevos obispos la Fraternidad Sacerdotal San PíoX, «por fidelidad a la Iglesia y a las almas”

ACN

Sermón del 2 de febrero de 2026 en el Seminario Santo Cura de Ars, del Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, el Reverendo Padre David Pagliarani: en él anuncia que después de haber buscado respuesta del Papa León XIV, y no encontrarla, asume la responsabilidad de anunciar la consagración de nuevos obispos de la FSSPX_

Queridos hermanos sacerdotes, queridos seminaristas, queridas Hermanas y queridos fieles:

Es para nosotros una gran alegría poder bendecir hoy la sotana de veintidós nuevos seminaristas en esta jornada de bendición en la que Nuestro Señor, por primera vez, acude al Templo para presentarse ante Su Padre, para manifestar esta ofrenda de Sí mismo y de Su vida:

Heme aquí para hacer Tu voluntad; ésta es la razón de mi Encarnación y, hoy, lo declaro abiertamente».

En la medida de lo posible, estas disposiciones perfectas de Nuestro Señor han de ser las disposiciones del joven que quiere entregarse a Él para subir un día al altar.

¡Qué bellísimo ejemplo! Es el modelo que debemos seguir durante toda nuestra vida. Hoy la nota dominante es la humildad: la humildad de Nuestra Señora y la humildad de Nuestro Señor.

Nuestra Señora, la Inmaculada, la siempre Virgen, acepta el rito de la purificación, según la Ley de Moisés. Nunca criatura alguna ha sido ni será jamás tan pura como la Virgen y, Ella, no obstante, en su humildad, acepta todo el ritual. Así, mediante la ofrenda de dos tórtolas, una para el holocausto y la otra, por el pecado, Ella queda pura. Era la ofrenda de los pobres.

Nuestro Señor mismo es redimido, porque en su condición de primogénito, pertenecía a Dios, y su rescate consiste en el pago de la suma de cinco siclos, cinco monedas.

¡Qué humildad! Él, el Redentor mismo, Él que es el precio mismo de nuestra redención, acepta ser rescatado por unas cuantas monedas.

Estrictamente, ni siquiera había obligación de acudir a Jerusalén para cumplir con el ritual. Los judíos que vivían lejos podían hacerlo por procuración. Pero ellos quieren hacerlo; la Sagrada Familia quiere dar perfecto cumplimiento a la Ley, por obediencia.

¡Qué magnífico ejemplo! Nuestro Señor se nos muestra ya obediente, obediente hasta la muerte. Conocemos bien la perfección de sus disposiciones: su plena disposición a darlo todo por nuestra redención, para dar cumplido testimonio de su obediencia al Padre, para cumplir Su voluntad. En esta narración de una inmolación ya perfecta, encontramos un preludio de la Cruz, de la Pasión.

Nuestro Señor no puede dejarnos indiferentes

En esta escena tan simple, de apariencia tan ordinaria, pero absolutamente única ante la mirada del Padre -pues se trata ya del comienzo de la Redención-, en esta escena hace su aparición Simeón. Cuando el anciano toma la palabra, su discurso contiene dos secciones que son opuestas. Primero, la alegría; la alegría de ver a Nuestro Señor y de tomarle en sus brazos. Una alegría proporcionada al deseo que albergaba: «Le he visto; en fin, he visto al Salvador, la salvación de Israel. ¡Le he visto!».

Pasaremos nuestra eternidad contemplando lo que Simeón pudo contemplar en sus brazos durante algunos instantes: esta salvación, este Salvador, dispuesto por la divina Providencia desde el comienzo. La Encarnación era, en la mente divina, por decirlo de algún modo, para todos los pueblos: ante faciem ómnium populorum, lumen ad revelationem gentium: Él es el único Salvador que nos ha sido dado; el único que ha sido propuesto a todos los pueblos, a todas las razas, sin distinción. ¡Qué alegría! Qué alegría en los ojos y en las palabras de este anciano: es la luz que enseña la verdad, única vía de salvación.

Pues bien; esta alegría de Siméon, esta luz se ve, de golpe; interrumpida bruscamente por el anuncio dirigido a Nuestra Señora y a San José. Simeón se vuelve hacia ellos, les bendice y les dice algo distinto, en un tono muy diferente, pero que guarda relación con todo lo anterior, evidentemente. ¿Y qué les dice, concretamente?

Les dice que la redención del género humano por medio de este Niño se va a realizar en el sufrimiento, se va a realizar en la cruz, se va a realizar por medio de la Pasión. Este Niño va a ser un signo de contradicción. Es una definición muy hermosa de Nuestro Señor: Es un signo de contradicción.

¿Qué significa esto en un lenguaje un poco más moderno?

Significa que Nuestro Señor no oculta nada. Es un signo de contradicción. Nuestro Señor afirma la verdad. La manifiesta con su palabra y la confirma con sus milagros. La propone y dice claramente que Él es el único camino de salvación. No hay otro.

¿Por qué dice eso? Porque no puede engañar a las almas.

No vino a este mundo
para engañar a las almas.

Vino para salvarlas,
para manifestar la verdad.

Será perseguido,
como también aquellos
que lo sigan serán
un signo de contradicción.

Hay que elegir.
No se puede permanecer indiferente
ante Nuestro Señor.

No se puede permanecer indiferente ante la Redención. El que permanece indiferente, ya ha elegido su bando. El que permanece indiferente ha rechazado a Nuestro Señor.

Y Simeón lo dice de forma bastante clara. ¿Qué dice en su profecía? Dice: todo esto, estas manifestaciones de Nuestro Señor en su Redención, todo esto tendrá lugar para que se revelen los pensamientos de muchos corazones.

¿Qué significa esto? ¿En qué sentido se revelarán los pensamientos de los corazones de los hombres? En éste: en el sentido de que nadie podrá permanecer realmente indiferente ante Nuestro Señor. Habrá que elegir. Es un signo de contradicción. Y Nuestro Señor mismo lo dirá un día:

El que no está conmigo, está contra mí. Y el que no recoge conmigo, desparrama».

Y esta revelación del misterio de la Redención, que se llevará a cabo a través de los sufrimientos de Nuestro Señor, irá acompañada de los sufrimientos de alguien más. He aquí la primera manifestación de este misterio de la Redención, a través del sufrimiento de Nuestro Señor.

Y Dios ha querido que Nuestra Señora participara en esta obra y que el papel de Nuestra Señora junto a Nuestro Señor se revelara al mismo tiempo que se revelaba a los hombres el papel de Nuestro Señor. Simeón, dirigiéndose a la Virgen, le dijo: «Una espada de dolor traspasará tu corazón. Tu alma será atravesada por una espada».

¡Qué misterio encierran estas palabras! Un misterio que podemos profundizar, un misterio muy querido por la Iglesia. Es el misterio de la corredención, de la asociación de Nuestra Señora a la obra de Nuestro Señor. 

El papel de Nuestra Señora en la Redención

Se entiende así, mejor, por qué el ángel pidió a la Virgen su consentimiento, su «fiat». La Virgen comprendía perfectamente que convertirse en la madre de Dios significaba convertirse en la madre de un Dios sufriente, de un Dios redentor, de un Mesías doliente, tal y como había sido predicho en el Antiguo Testamento. Y ella dijo:

Sí, lo acepto; si es la voluntad de Dios, lo acepto».

Dios se encarna con un objetivo muy concreto. Y Nuestra Señora lo sabía. Ella acepta esto, principalmente. Pero ¿por qué? ¿Por qué, en Su sabiduría divina, Dios quiso asociar de esta manera a Nuestra Señora a la Pasión de Nuestro Señor? ¿Por qué?

Porque Nuestro Señor va a salvar las almas, pero reclamará de cada alma su propia cooperación. Pedirá a cada uno su adhesión a la fe y su parte de sufrimiento.

Y Nuestra Señora, preservada del pecado original antes de su Concepción; Nuestra Señora era, en cierto modo, la redimida más perfecta, única, a la que el pecado no podía siquiera rozar y, lógicamente, Dios pidió a Nuestra Señora una cooperación en la obra de la Redención proporcional a su santidad. ¡Qué misterio!

Es una visión profundamente cristiana,
profundamente católica.
Dios quiere la cooperación de su criatura
e hizo de Nuestra Señora
el prototipo de esta cooperación. 

Nada que ver con el protestantismo, que destruye toda cooperación: dice que solo Dios salva a los predestinados. Esa es la teología de Lutero.

¿Qué es lo que rechazan los protestantes? Puesto que para ellos esta cooperación no es necesaria, ¿qué rechaza el protestante, lógicamente?

  • Rechaza la vida religiosa, las mortificaciones, rechaza la Misa, porque la santa Misa, desde el punto de vista protestante, es un esfuerzo, una cooperación humana en una obra que es sólo divina.
  • Rechaza el culto a los santos, porque no se necesita intercesor ni intermediario. Y rechaza sobre todo el culto a Nuestra Señora. ¡Es terrible! Esto implica, en cierto modo, destruir la Redención tal y como Dios la quiso. Pero es lógico.

Y hay que decirlo: aunque sea un plano distinto y de una manera diferente, el modernismo ha hecho lo mismo.

El modernismo, sin negar esta realidad, la desnaturaliza. Enrocados en la fortaleza de un cristocentrismo mal entendido, es decir, el falso temor de quitarle a Nuestro Señor su centralidad, el modernismo también merma todo esto, reduce la cooperación humana, los esfuerzos, las mortificaciones… La vida religiosa ya no se entiende, la Misa, ¡la Misa!, se enfoca desde una perspectiva completamente diferente y Nuestra Señora también. La han dejado de lado, difuminando el papel que tiene en la Redención, ese papel que es central. ¡Es terrible! 

Cuando uno tiene un cuadro magnífico, ¿cómo poner de relieve su belleza? Añadiéndole un marco que sea digno de él. Y eso es precisamente lo que Dios hizo con la Virgen Santísima. La obra maestra de la Redención viene enmarcada por la corredención, enmarcada por Nuestra Señora. ¡Cuánta sabiduría!

Nuestra Señora acompaña a Nuestro Señor en el sufrimiento

[La parte que sigue fue pronunciada en lengua italiana] La Santísima Virgen acompaña tres veces a Nuestro Señor a Jerusalén. Hoy, la Presentación en el Templo, la Purificación de María, representa el primer viaje de la Virgen con Jesús a Jerusalén. En otras dos ocasiones, la Virgen lo acompaña, y estos tres episodios están estrechamente ligados, forman parte del mismo entramado. Tienen un denominador común.

Hoy Jesús, presentado en el Templo, ofrece al Padre su existencia. A los doce años, acompañado de nuevo por la Santísima Virgen, Jesús ofrece al Padre su sabiduría. A los doce años, Jesús manifiesta su sabiduría divina y la ofrece al Padre, cuando acude ql Templo, una vez más acompañado por la Santísima Virgen. La tercera vez será en el Calvario: Jesús estará entonces acompañado por la Santísima Virgen para ofrecer una vez más al Padre Su propia vida y Su propia Sangre.

¿Qué tienen en común estos tres episodios tan diferentes y por qué la Santísima Virgen está siempre presente?

Ella está junto al Señor en tres ocasiones, en el dolor y en el sufrimiento.

  • La primera vez, hoy, 2 de febrero, es el anuncio de Simeón: «Una espada te traspasará el corazón». A los doce años Ella lo acompaña una vez más al Templo.
  • Y de nuevo el terrible desgarro, el dolor de haber perdido a Nuestro Señor; es la prueba más inimaginable para María.
  • La tercera vez Ella lo acompaña de nuevo en el dolor, en el dolor del Calvario.

Pero ¿por qué cada vez que lo acompaña tiene que hacerlo en el dolor? Porque es Corredentora, y participa, en consecuencia, en la Pasión de Nuestro Señor. La prepara con Nuestro Señor y la Pasión de Nuestro Señor es también la suya. Es evidente.

¿Y cuál es la consecuencia de esta verdad, que está en el Evangelio (no es una invención)? ¿Cuál es la consecuencia?

Es que, al igual que María estuvo presente durante toda la vida de Nuestro Señor y lo siguió en su Pasión, en todo lo que preparaba y se refería a su Pasión, así también hoy María —es lógico— sigue siendo la mejor socia de Nuestro Señor y sigue dispensando las gracias que son fruto de la Pasión, que también fue la suya, a la que se asoció desde hoy, desde el anuncio de Simeón. ¡Qué gran misterio encierra esta espada! [Fin del pasaje en italiano]

Ante la pregunta de Nuestro Señor en el Juicio: «¿Qué has hecho con mi Madre?».

Una última consideración. ¿Cómo pudo Nuestra Señora ofrecer a su Hijo, aceptar la ofrenda de su Hijo y de un Hijo semejante? Podemos entender que se ofreciera a Dios ella misma, su existencia, su virginidad, pero ¿a un Hijo semejante? ¿Cómo pudo ofrecerlo? ¿A ese Hijo, concebido virginalmente, dado a luz virginalmente, del que ella era la única progenitora? La naturaleza humana de Nuestro Señor proviene íntegramente de Nuestra Señora. Son su carne inmaculada y su inmaculada sangre exclusivamente quienes formaron la humanidad de Nuestro Señor. Ese Hijo perfecto al que ella adora, ¿cómo pudo ofrecerlo? ¿Cómo pudo decir «sí»? No sólo: «digo sí y me quedo en Nazaret», sino «digo sí y lo acompaño; digo sí con conocimiento de causa». ¿Cómo pudo hacer eso? ¿Cómo explicarlo?

La respuesta es muy sencilla: lo hizo por amor a nosotros. ¡No es una fábula! Es el Evangelio. ¿Vamos a renunciar a esta doctrina, vamos a olvidar esta espada clavada en el Corazón de Nuestra Señora, vamos a olvidar lo que significa, vamos a olvidar lo que Nuestra Señora hizo al pie de la Cruz? ¿Vamos a olvidar la corredención? ¡Ni hablar! ¡Es nuestra fe! Es el corazón de nuestra fe. Es lo más preciado que tenemos. El día del Juicio, Nuestro Señor nos mostrará sus llagas. Nuestro Señor, Juez de la humanidad, mostrándonos sus llagas, preguntará a cada uno de los hombres: 

¿Qué has hecho de mis llagas? ¿Qué has hecho de mi Pasión? ¿Te has refugiado en mi costado o has preferido el mundo? ¿Qué has hecho de mi Sangre derramada en la Cruz? ¿Qué has hecho de la Sagrada Eucaristía? ¿Qué has hecho de mi gracia?».

Y también nos hará una última pregunta: 

¿Qué has hecho con mi Madre? No me quedaba nada, estaba despojado de todo, abandonado por todos, no me quedaba ni una gota de sangre en el cuerpo, solo me quedaba mi Madre.

Y no cualquier madre, una Madre que yo me había preparado; una Madre Inmaculada, una Madre llena de gracia, la Madre de Dios.

La había preparado para mí, para encarnarme, para venir a este mundo.

Una Madre que me acompañó desde la presentación en el Templo hasta la Cruz. En mi Pasión, Ella nunca me abandonó. Solo la tenía a Ella y te la entregué para que Ella pudiera seguir formando en tu alma algo de mis rasgos, algo que de alguna manera se pareciera a mí.

Te di a mi Madre, ¿qué has hecho con Ella?

Ella me engendró en el pesebre, sin dolor, rodeada de cánticos celestiales; en la pobreza pero sin dolor. Ella te engendró al pie de la Cruz.

¿Qué has hecho con ella? ¿Cuándo la has celebrado, honrado, la has tratado realmente como a una Madre?».

No hay forma de escapar: ésa es la pregunta que Nuestro Señor nos hará.

¿Podemos renunciar a esta doctrina tan hermosa, tan profunda y que nos manifiesta hasta el extremo la caridad de Nuestro Señor?

¿Acaso tememos que, al tratar a Nuestra Señora como se merece, como Corredentora, nos aleje del misterio de la Redención en el que ella misma está totalmente envuelta?

¿Puede un cristiano albergar ese temor?

¡Inadmisible, es inadmisible! ¿Se puede engañar a las almas de esa manera?

¡Es inadmisible! ¿Se puede alejar a las almas de Nuestra Señora, cuando su misión no es sólo conducirnos a Nuestro Señor, sino también formar a Nuestro Señor en nuestras almas? ¡Es inadmisible!

Consagraciones por fidelidad a la Iglesia y a las almas

Creemos que ha llegado el momento de pensar en el futuro de la Fraternidad San Pío X, en el futuro de todas las almas, a las que no podemos olvidar, a las que no podemos abandonar y, sobre todo, en el bien que podemos hacer a la Iglesia. Y esto nos lleva a una pregunta que nos hacemos desde hace mucho tiempo y a la que quizá hoy haya que dar una respuesta.

¿Hemos de seguir esperando
antes de consagrar nuevos obispos?

Hemos esperado,
rezado,
observado la evolución de las cosas
en la Iglesia,
hemos pedido consejo.

Hemos escrito al Santo Padre
para presentarle
con toda sencillez
la situación de la Fraternidad,
explicarle sus necesidades y,
al mismo tiempo,
confirmarle nuestra única razón de ser:
el bien de las almas.

Hemos escrito al Santo Padre:
Santísimo Padre,
solo tenemos una intención:
hacer de todas las almas
que acuden a nosotros,
verdaderos hijos
de la Iglesia católica y romana.

Nunca tendremos otra intención y siempre conservaremos esta intención. Y el bien de las almas corresponde al bien de la Iglesia.

La Iglesia no está en las nubes.

La Iglesia está en las almas.

Son las almas las que forman la Iglesia. Y

si amamos la Iglesia, amamos a las almas, queremos su salvación y queremos hacer todo lo posible para ofrecerles los medios para alcanzar su salvación.

En consecuencia, le hemos rogado al Santo Padre que comprenda esta situación extraordinaria en la que se encuentra la Fraternidad, y que le permita tomar las medidas necesarias para continuar esta obra en una situación que es excepcional, lo reconocemos; pero esta obra, no está de más repetirlo, no tiene otro objetivo que preservar la Tradición, por el bien de las almas.

Por desgracia, estas razones no parecen interesar, no son convincentes; digamos que estas razones no han encontrado una puerta abierta en la Santa Sede, por el momento.

Lo lamentamos mucho, pero ¿qué hemos de hacer?

¿Vamos a abandonar a las almas a su suerte?

¿Vamos a decirles que, al fin y al cabo, no es necesario que la Fraternidad continúe su obra?

Que, en definitiva, todo va más o menos bien, es decir, que ya no existe en la Iglesia una situación de necesidad que justifique nuestro apostolado, nuestra existencia -para socorrer a la Iglesia, y no para desafiarla…

¡Jamás! -.

Estamos aquí para servir a la Iglesia y servimos a la Iglesia predicando la fe y diciendo la verdad a las almas y no contándoles fábulas.

¿Podemos decirles que, a pesar de todo, todo va bien? ¡No! Eso significaría traicionar a las almas y traicionar a las almas significaría traicionar a la Iglesia. No podemos hacerlo.

Por eso creemos que el próximo 1 de julio podría ser una buena fecha, una fecha ideal, ya que es la fiesta de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor.

Es la fiesta de la Redención.

Es lo único que nos interesa.

Lo más preciado que tenemos es la Sangre de Nuestro Señor que brota de sus pies bajo la Cruz, bajo el leño de la Cruz, y que fue adorada por Nuestra Señora, la primera, al pie de esa Cruz.

Y nosotros seguimos adorándola al pie del altar.

Es lo único que nos interesa, es lo único que queremos dar a las almas.

Y las almas tienen derecho a ello; no es un privilegio: las almas tienen derecho a ello.

No podemos abandonarlas.

En los próximos días, por supuesto, les daremos más información, más explicaciones. Hay que entender bien por qué. Hay que comprender bien lo que está en juego en todo esto. Es fundamental. Pero al mismo tiempo, hay que comprenderlo en la oración. No basta con preparar las inteligencias. No basta, diría yo, con enfocar el asunto desde un punto de vista apologético, puramente apologético. Hay que preparar los corazones, nuestros corazones: es una gracia, ¡es una gracia y hay que aferrarse a esa gracia! Hay que dar gracias a Dios, hay que prepararse. Sí: consagraciones; consagraciones, una vez más. No para desafiar a la Iglesia, no es un desafío. Consagraciones por fidelidad a la Iglesia y a las almas.

Y añado una última consideración.

Asumo, y asumo plenamente la responsabilidad de esta decisión.

La asumo, ante todo, ante Dios, la asumo ante la Santísima Virgen, ante San Pío X.

La asumo ante el Papa. 

Me gustaría poder reunirme con el Papa antes del 1 de julio, me gustaría explicarle, hacerle comprender nuestras intenciones reales y profundas, nuestro apego a la Iglesia; que lo sepa, que lo comprenda.

Y asumo esta responsabilidad ante la Iglesia, por supuesto.

Y ante la Fraternidad, ante todos los miembros de la Fraternidad y, repito, ante todas las almas que, de una manera u otra, recurren a nosotros, nos piden ayuda o nos pedirán ayuda.

Todas esas almas, todas esas vocaciones que la Providencia nos ha enviado y nos sigue enviando.

Asumo esta responsabilidad también ante ellas. Ante todas y cada una en particular, porque un alma tiene un valor infinito.

Y en la Iglesia, no lo olvidéis nunca, en la Iglesia, la ley de las leyes, la ley que prima sobre todas las demás, es la salvación de las almas.

No es el comadreo, no es el sínodo, no es el ecumenismo, no son los experimentos litúrgicos, las nuevas ideas, las nuevas evangelizaciones, es la salvación de las almas.

Es la ley suprema.

Y todos nosotros, cada uno en nuestro lugar, tenemos el deber de observar esa ley y de consagrarnos por entero a observarla. ¿Por qué?

Termino:

Porque hoy Nuestra Señora y Nuestro Señor nos enseñan que, durante su existencia, aquí, en la tierra, no tuvieron otra idea, otro objetivo que el de salvar a las almas.

Y como hemos dicho, de una forma u otra, cada uno de nosotros, en función de sus talentos y de su puesto, debe hacer todo lo que pueda, debe aportar su cooperación para salvar su alma y la de los demás.

Así sea.

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