Cincuenta días después de la Pascua

Pablo Garrido Sánchez
Pablo Garrido Sánchez

El domingo pasado, fiesta de la Ascensión, se dio lectura a los primeros versículos del libro de los Hechos de los Apóstoles, que recogen las palabras de JESÚS sobre la venida del ESPÍRITU SANTO sobre los Apóstoles en pocos días, y deben permanecer reunidos en Jerusalén. El amplio grupo de los discípulos de JESUCRISTO, que constituyen la Iglesia con el núcleo apostólico, llega a una cierta mayoría de edad y es investida de una nueva presencia de DIOS. Pentecostés aparece en el libro de los Hechos de los Apóstoles como la inauguración oficial de una misión que no ha terminado, y está llamada a completar la presencia histórica del hombre sobre este planeta.

 

El libro de los Hechos de los Apóstoles

 

De forma expresa o implícita, el protagonista de este libro sagrado es el ESPÍRITU SANTO. Su actuación es necesaria y por eso se pide su presencia; en todo momento dispone a los discípulos de JESÚS a dar testimonio mediante la predicación y el propio ejemplo; se muestra especialmente en los signos proféticos e inspira al misionero las maravillas del SEÑOR que  deben ser anunciadas. El canon o medida de la actuación del ESPÍRITU SANTO quedó fijado en el gran día de Pentecostés, y de forma permanente los cristianos de cualquier época tenemos que volver la mirada a ese acontecimiento para tomar una referencia segura de la acción carismática del ESPÍRITU SANTO. Existe un cierto rechazo a reconocer el modo de actuación del ESPÍRITU SANTO a lo largo de lo narrado por el libro de los Hechos de los Apóstoles: el ESPÍRITU SANTO se manifiesta con poder y se nota que está actuando. Es una acción con poder carismático, pues el poder manifestado es una gracia inmerecida cargada de la Caridad de DIOS. En el aquí y ahorade la predicación el ESPÍRITU SANTO tiene la misión de manifestar los tesoro de Gracia provenientes de la Redención. San Pablo se lo dirá a los de Corinto: “mis palabras no fueron de humana sabiduría, pues no me precié entre vosotros de saber cosa alguna, sino que mi predicación fue realizada en el poder del ESPÍRITU SANTO, para que vuestra Fe no estuviese apoyada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de DIOS” (Cf. 1Cor 2,4-5). La mayoría de nuestros clérigos católicos, incluidos los obispos, están cerrados a estas posibilidades expuestas en el libro de los Hechos de los Apóstoles; y sólo le dejan al ESPÍRITU SANTO el margen de la caridad fraterna y del servicio caritativo, y su presencia formal en la realización de los sacramentos. Al ESPÍRITU SANTO no le es permitido en general su manifestación en dones carismáticos como los recogidos por las cartas de san Pablo. Nos argumentarán estos clérigos que la Fe no necesita esencialmente de estos signos; más aún, pueden ser un verdadero estorbo; y como posibilidad cabe que así suceda, pero el resultado recogido en el libro de los Hechos de los Apóstoles es del todo favorable, pues los signos de poder carismático no tienen una finalidad demostrativa, sino aparecer como signos  ratificadores de una palabra que conduce a la conversión del corazón. El signo de poder carismático opera como un testimonio de la Palabra, que siempre mantendrá la suficiente ambigüedad para que el individuo tome su opción de Fe. En la Santa Misa de apertura del Concilio Vaticano II, el once de octubre de mil novecientos sesenta y dos, en su homilía san Juan XXIII pronunció unas palabras, que han sido recogidas en la oración colecta de la Santa Misa de hoy, día de Pentecostés: “. Los deseos del “Papa bueno”, como se le llamó a san Juan XXIII se cumplieron en parte, pero esto no es de extrañar. Tampoco los resultados del Concilio de Trento que venían a poner remedio a los desastres de la Reforma Protestante fueron en absoluto espectaculares, pues el concilio no logró evitar la ruptura, tampoco pudo evitar las guerras de religión, que dejaron a diezmada a la población europea con un pesado lastre para el Catolicismo. Algunos analistas sitúan las raíces de la Ilustración Francesa, contraria a la religión y de modo especial al Catolicismo, en la última gran guerra de religión denominada la Guerra de los Treinta Años (1618-1648). Tampoco pudo evitar el Concilio de Trento la aparición del Jansenismo, que vino a ser una corriente dentro de la Iglesia Católica parecida a lo que representa la corriente lefebriana en a actualidad. Marcel Lefebvre fue un obispo que durante el Concilio Vaticano II estuvo situado en el sector conservador con tendencia radical, hasta el punto de no admitir la validez del propio Concilio Vaticano II. Sus seguidores, en la actualidad siguen la misma línea de negación del Concilio Vaticano II como un momento de Gracia para la Iglesia y para la humanidad. Las posturas negacionistas del Concilio Vaticano II en la actualidad merecen un comentario más detenido, pues no dejan de representar un obstáculo a la acción del ESPÍRITU SANTO en los tiempos actuales.

 

La fiesta del ESPÍRITU SANTO

El Pentecostés cristiano ofrece la plena realización de las promesas dadas en las antiguas  Escrituras. Para los judíos, Pentecostés sigue recordando la entrega de las Tablas de la Ley a Moisés, en el Monte Sinaí, dentro de una gran manifestación externa de YAHVEH, que infundió gran temor a los israelitas congregados al pie de la montaña sagrada (Cf. Ex 20,16-17). Los tiempos del cumplimiento de las promesas llegaron y se confirma lo anunciado por el profeta Jeremías: “escribiré mi Ley en sus corazones” (Cf. Jr 31,33). Lo mismo que el profeta Ezequiel veía una nueva era en la que el Pueblo de YAHVEH iba a conseguir el gran objetivo de la unidad, porque YAHVEH reinaría en los corazones de cada uno de sus hijos, dándoles un corazón nuevo (Cf. Ez 36,26). Estas profecías y otras similares encontraron su cumplimiento en el Pentecostés cristiano. El fuego del ESPÍRITU SANTO estaba dispuesto a extender su presencia por toda la tierra, cumpliéndose así los deseos más profundos de JESÚS. “he venido a traer fuego a la tierra, y cuánto deseo que arda” (Cf. Lc 12,49).

 

Estaban todos reunidos

“Al llegar el día de Pentecostés estaban todos reunidos en un mismo lugar” (Cf. Hch 2,1). Recién completado el número de los Doce, da comienzo este segundo capítulo. En ningún otro momento será rehecho el número de los Apóstoles para completar el número de los Doce. De la misma forma que JESÚS eligió a los Doce para significar al Nuevo Israel, así también el ESPÍRITU SANTO debía encontrar este núcleo constituido para continuar en el tiempo la obra de JESÚS. Pero no es un dato insignificante, que en el primer capítulo se ofrezca el número de ciento veinte hermanos para hablar de los reunidos (Cf. Hch 1,15). La circunstancia de los Apóstoles acompañados de otros discípulos está presente en el evangelio de Lucas al narrar las apariciones del RESUCITADO (Cf. Lc 24,33); de hecho, los discípulos que van camino de Emaús vuelven donde los Apóstoles a contarles lo ocurrido. El Pentecostés cristiano quedó asociado desde entonces a la acción del ESPÍRITU SANTO sobre la Iglesia, que se encuentra bien representada en los inicios por los Apóstoles y un número amplio de discípulos. Todos reunidos perseverando en la común oración que presidía la VIRGEN, en compañía de otras mujeres venidas de Galilea (Cf. Hh 1,14). Como en otros casos, la Escritura es muy escueta y no multiplica los detalles, de ahí que debamos tener en cuenta los datos aportados, aunque se presenten dentro de un simple enunciado. De la trascendencia de la presencia de la VIRGEN MARÍA en aquella reunión inicial de la Iglesia no dice nada el texto, pero estamos obligados a realizar una lectura en ese sentido, pues la esquemática mención de la VIRGEN no le priva de su relevancia, dado que ELLA fue la singular criatura de la que el VERBO tomó su humanidad. En los dos capítulos iniciales del evangelio de Lucas, queda suficientemente probado el vínculo estrecho entre la VIRGEN y el ESPÍRITU SANTO. MARÍA, hacía unos cuarenta y cinco años había tenido la experiencia de una especial efusión del ESPÍRITU SANTO, que actuando con poder la había convertido en MADRE del SALVADOR. Ninguna persona sobre la faz de la tierra tenía la capacidad de intercesión, que poseía la MADRE de JESÚS, por lo que en el inicio de la Iglesia está operante la intercesión de la VIRGEN para los Apóstoles y todos los allí reunidos, que deberán extender el Mensaje de JESÚS, y hacer posible de esa forma la extensión del Reino de DIOS.

 

El viento sagrado

“De repente vino del cielo un ruido como de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban” (v.2). La forma de viento en la que se manifestó el ESPÍRITU SANTO no fue como la percepción de Elías en el Horeb (Cf. 1Re 19,12-13), que buscaba la  presencia de DIOS en medio de los elementos naturales. En este caso, el texto nos habla de un viento que no proviene de un fenómeno atmosférico, sino su origen no es físico, pues “viene del Cielo”. JESÚS había anticipado: “el que nace del ESPÍRITU SANTO se asemeja al viento, que oye su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va” ( Cf. Jn 3,7-8). Los discípulos están siendo bautizados en el ESPÍRITU SANTO que se presenta de forma súbita en forma de viento divino, haciéndolos nuevas criaturas destinadas a moverse con la misma libertad del ESPÍRITU que los está invadiendo. El Nuevo RUAH llena toda la casa como símbolo de la totalidad que el ESPÍRITU SANTO alcanza en la Iglesia de JESÚS. Con la muerte de JESÚS, a la hora de nona, se había rasgado el velo del Templo y el Santo de los Santos había cambiado su sede. El Nuevo RUAH de DIOS se trasladaba al lugar donde los discípulos de JESÚS estaban reunidos. Pero esta localización es el punto de partida de una expansión que no ha terminado, porque el Reinado de DIOS sigue su curso en medio de nosotros. Nuestra casa que es la Iglesia y el mundo necesitan llenarse del Divino RUAH de DIOS, y por eso hay que pedirlo en cada tiempo, época y generación.

 

El fuego

“Se les aparecieron unas lenguas como de fuego, que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos” (v.3). El discípulo de JESUCRISTO será investido de la fortaleza del viento y del ardor del fuego. Las palabras del predicador emanan el fuego del Amor de DIOS con toda la firmeza de un viento que no deja lugar a dudas de su presencia. Por otra parte, el propio discípulo se transforma por el fuego del Amor de DIOS que va a testificar. Isaías fue purificado y transformado por las brasas de fuego que provenientes del altar celeste tocaron sus labios haciéndolo apto para la misión (Cf. Is 6,6-7). Los Apóstoles reciben el fuego del ESPÍRITU SANTO a modo de una presencia que reposa sobre ellos, a semejanza del bautismo de JESÚS en el Jordán, cuando el ESPÍRITU SANTO en forma de paloma descendió y reposó sobre ÉL (Cf. Mc 1,9-11). El mismo y único ESPÍRITU SANTO se les presenta como fuego y se reparte sobre cada uno de ellos sin fraccionarse. La presencia divina y misteriosa no es fuego físico alguno ni su comportamiento tiene que ver con algo mensurable, pues el texto nos trata de aproximar mediante imágenes a la realidad de los hechos, que excede las categorías humanas. Los símbolos del viento y del fuego nos acercan algo a la realidad espiritual que dio contenido al milagro de Pentecostés. Con aquella acción extraordinaria del ESPÍRITU SANTO las facultades humanas de los discípulos quedaban notablemente mejoradas y elevadas, al mismo tiempo que entraban en una nueva vía mística de unión con su MAESTRO. El alma de aquellos Apóstoles y discípulos ya no era la misma después de la efusión del ESPÍRITU SANTO en ese día. El tiempo de los temores ya se ha quedado atrás para aquellas personas, pues habían sido transformadas en verdaderos testigos del SEÑOR, y por lo tanto en los primeros candidatos al martirio por el Nombre de JESUCRISTO. De forma súbita y por un instante los ojos de los Apóstoles habían entrado y contemplado “un fuego devorador, y ¿quién puede habitar en ÉL? (Cf. Is 33,14)

 

Para hablar todas las lenguas

“Quedaron todos llenos del ESPÍRITU SANTO y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el ESPÍRITU les concedía expresarse” (v.4). La Promesa se había cumplido, y los Apóstoles acababan de ser bautizados en el ESPÍRITU SANTO con unas características especiales, pues los Apóstoles quedaban capacitados para la trasmisión apostólica de su carácter dado por JESÚS. El bautismo en el ESPÍRITU SANTO sumerge a la persona en una Presencia de DIOS creadora de nuevas actitudes y tendencias: en los Apóstoles el miedo se disipa y entran en las filas de los testigos principales de JESÚS, se convierten en creadores de fraternidad y van surgiendo las distintas comunidades cristianas; reciben dones para la organización de las comunidades y van ordenando diáconos y presbíteros; y en ellos se deposita un carácter especial para transmitir el mismo don del ESPÍRITU SANTO como se comprueba con los discípulos de Cesarea marítima que habían sido bautizados por el diácono Felipe: los Apóstoles quedan facultados de forma especial para la predicación y descubren unas disposiciones nuevas para la oración, que no pueden abandonar pues de su intercesión apostólica depende la vida de las iglesias (Cf. Hch 6,4). El carácter de los Doce sienta las bases de la Iglesia de JESUCRISTO en el futuro, que va a estar sustentada en “la enseñanza de los Apóstoles, la Fracción del Pan; la comunión y las oraciones” (Cf. Hch 2,42). El Bautismo en el ESPÍRITU SANTO produce efectos diferentes según la gracia que el ESPÍRITU dispense al cristiano de acuerdo con su misión en el Pueblo de DIOS, o su lugar en el Cuerpo de CRISTO.

La segunda parte de este versículo ofrece una de las columnas fundamentales para la universalidad de la Iglesia: “los Apóstoles comenzaron a hablar lenguas nuevas según el ESPÍRITU les concedía expresarse”. No deja de ser un enigma la construcción del lenguaje como proceso psíquico y mental, que nos caracteriza como seres humanos. Las mismas realidades externas o internas las denominamos de formas diferentes según los distintos idiomas. Este hecho cotidiano que observamos a cada instante en las sociedades modernas, no deja de ser un alarde de la conciencia del hombre. Las palabras, los fonemas o las grafías varían según la lengua empleada, pero el contenido semántico coincide cuando denominamos  una realidad que intentamos determinar desde el propio lenguaje particular. El efecto de Pentecostés tomado en la instantánea que nos da el texto del libro de los Hechos de los Apóstoles es un verdadero milagro, pues asistimos a una metacomunicación. Se pudieron dar distintas escenas: los Apóstoles variaban alternativamente de idioma, que era desconocido previamente para ellos; o por otro lado los presentes de distintos lugares interpretaban la predicación en su lenguas respectivas, aunque el Apóstol emitirá su discurso en arameo. El texto nos confirma en el mutuo entendimiento de aquella comunicación presidida por el  ESPÍRITU SANTO. Transcurridos los años la aplicación de este pasaje a la Iglesia adquiere  una actualización que todos admitimos: es la iglesia la que habla todas las lenguas, pues a ella pertenecen personas de todas las culturas y ambientes. No sólo habla la Iglesia los distintos idiomas a los que ha de llevar el Mensaje, sino que se esfuerza por adquirir el habla de cada grupo y persona particular para establecer en el máximo grado la empatía suficiente para entender y ser comprendida. Las verdades evangélicas son recibidas en el contexto vital del receptor, para el que el misionero debe hacer todos los esfuerzos de adaptación. Desde el Génesis, la Biblia, nos dice que el hombre humaniza la realidad cuando conoce el nombre de las cosas y designa la realidad con el nombre conocido. Este principio vuelve en Pentecostés  con unos rasgos nuevos. Con el Bautismo en el ESPÍRITU SANTO los Apóstoles pueden hablar de las realidades de DIOS con un lenguaje que va a ser entendido por sus receptores.

 

Proclamación de las maravillas de DIOS

 

La predicación pentecostal para nuestros días reza así: “DIOS existe y hace maravillas”. Es una predicación testimonial de lo que DIOS realiza en ese mismo momento, en el aquí y ahora de la predicación. Esta es la predicación de hace dos mil años de los Apóstoles después de haber sido ungidos por el ESPÍRITU SANTO en Pentecostés: “todos los oímos proclamar en nuestra propia lengua las maravillas de DIOS” (v.11) A todos los hombres la Iglesia de JESUCRISTO tiene que proclamar con entusiasmo renovado las maravillas de DIOS. No se trata de fantasear, sino de reconocer el PODER de DIOS, se trata de otorgarle a DIOS el lugar que le pertenece dentro del orden de las cosas que nos rodean. Algunos consideran una frivolidad hablar de las maravillas de DIOS cuando a nuestro alrededor existe tanto sufrimiento.  No se puede enmascarar el sufrimiento y el dolor de nuestros semejantes, ni el propio; pero por encima de cualquier fracaso humano y desgracia está la victoria de la Resurrección, que constituye la cima de todas las maravillas de DIOS. El predicador ungido por el bautismo en el ESPÍRITU SANTO volverá sus ojos con una nueva visión hacia los textos de la Escritura y descubrirá un cántico continuo de los autores inspirados en medio de las grandes contrariedades del Pueblo elegido. DIOS se manifestó con poder en medio del Pueblo, lo hace en el momento presente en el que el profeta interviene, y adelanta los objetivos de restauración, por los que DIOS va a manifestar su Amor providencial a todos los hombres. En el texto presente del libro de los Hechos de los Apóstoles se encuentran representados todos  los pueblos del mundo conocido, y “todos oían hablar de las maravillas de DIOS”. Poco que ver con las plúmbeas predicaciones con las que nos atizan desde los púlpitos, recordándonos lo mal que está el mundo; cosa que, por otra parte, ya sabemos. A veces rematan la faena sacando el sable de la Divina Justicia y ponen en fuga a los pocos que quedan en los templos. Pero de las maravillas de DIOS ni un susurro.

 

El Pentecostés en san Juan

El evangelio nos devuelve al relato de san Juan, del segundo Domingo de Pascua, pero en este caso sólo cinco versículos (Jn 20,19-23). Se resalta en este texto la presencia del RESUCITADO como la fuente de la que mana el ESPÍRITU SANTO (v.22). JESÚS es la fuente de la Paz que disipa todos los miedos; hace partícipes a los discípulos de su alegría; los mantiene dentro de una continuidad con los acontecimientos recientes y les muestra las llagas que lo acreditan; da a los discípulos carácter de enviados con poder de quitar los pecados del mundo. De forma muy breve, san Juan señala los dones que deben acompañar al discípulo para ser testigos ante el mundo, pues JESÚS los envía de la misma forma que el PADRE lo envió a ÉL. “Torrentes de Agua Viva manarán desde el interior, en todos aquellos que se mantengan en la Fe” (Cf. Jn 7,38). Sobre la identidad y acción del ESPÍRITU SANTO, san Juan recoge uno de los principales textos del Nuevo Testamento, en el capítulo dieciséis, al que nos conviene acercarnos sin perder nunca de vista que el propio RESUCITADO es la fuente para nosotros del Don de DIOS, el ESPÍRITU SANTO.

 

El ESPÍRITU SANTO es el gran TESTIGO

Los últimos versículos del capítulo quince de san Juan, y los primeros del dieciséis, anuncian persecuciones a los discípulos. Ellos serán testigos de JESÚS, pero el gran TESTIGO es el ESPÍRITU SANTO: ”cuando venga el PARÁCLITO que YO os enviaré de junto al PADRE, el ESPÍRITU de la VERDAD, que procede del PADRE, dará testimonio de MÍ. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis CONMIGO desde el principio” (Cf. Jn 15,26). No basta el testimonio de los Apóstoles, que por otra parte no es poca cosa, pues fueron testigos  oculares de todo lo que JESÚS realizó en su misión desde los comienzos. Pero todo lo vivido debía estar dispuesto bajo la luz del ESPÍRITU SANTO, que es el que garantiza la Verdad. Sobre JESÚS los discípulos conocieron muchas cosas, pero sólo el ESPÍRITU SANTO podía darles ojos para leer entre líneas y sondear la verdadera naturaleza de las palabras y acciones de JESÚS. La memoria de los discípulos será un libro que el ESPÍRITU SANTO deberá iluminar e ilustrar con distintos contenidos, que responden a la Verdad de los hechos. En la acción del ESPÍRITU SANTO los Apóstoles dieron al Mensaje de JESÚS la universalidad que le era propia, pero sin esta Presencia, por sí solos, los Apóstoles no hubieran roto con las ataduras reduccionistas de su Judaísmo de infancia. El reconocimiento de la Fracción del Pan como memorial que actualizaba la muerte y la Resurrección de JESÚS, sólo podía ser reconocido por una acción expresa del ESPÍRITU SANTO. Abrir los sellos de la Escrituras para leer en ellas las palabras anunciadoras del MESÍAS encarnado en JESÚS de Nazaret, fue posible gracias a la iluminación del ESPÍRITU SANTO. Después de la evidencia de la Resurrección se necesitaban ojos nuevos para reconocer la Salvación definitiva por el sacrificio de la Cruz; y solamente por una iluminación especial del ESPÍRITU SANTO es posible  armonizar todas las piezas de este gran puzzle divino, en el que un solo sacrificio devuelve a todos los hombres de todos los tiempos la amistad con DIOS. No sólo la sangre del MESÍAS salva a los hombres del exterminador, sino que esta misma sangre reconcilia a los poderes  angélicos con el género  humano, como nos señala el himno de  Colosenses (Cf. Col 1,20 ). El ESPÍRITU SANTO trae luz para ver y fuerza para actuar en medio de la tribulación y de la persecución declarada. Las tensiones entre el Evangelio y el mundo en dos mil años no han cesado; y en este tiempo se presentan periodos de persecución abierta, que entrañan el máximo testimonio con el martirio. En esas circunstancias, la actuación del ESPÍRITU SANTO lleva el timón de la nave personal y de la Iglesia en su conjunto, pues no hay tiempo a grandes y elaborados discursos, ni la preparación de concienzudas estrategias. Así en san Mateo se advierte: “cuando os lleven ante los tribunales desistid de preparar vuestra defensa, pues el ESPÍRITU SANTO os dará palabras, que no podrá contradecir ningún oponente” (Cf. Mt 10,19-20).

 

JESÚS se va al PADRE

“Os conviene que YO me vaya, porque si no me voy no vendrá a vosotros el PARÁCLITO; pero si me voy os lo enviaré” (Cf. Jn 16,7). De nuevo se pone de relieve la clave esencial de nuestra religión: DIOS interviene en el mundo porque es TRINIDAD. Las huellas de la TRINIDAD están presentes a lo largo de la Antigua Alianza, pero se manifiesta de forma sobresaliente en el Nuevo Testamento. La conveniencia de la que habla JESÚS responde al Plan de Redención  previsto por DIOS desde siempre, que lleva a cabo en los que el HIJO asume la naturaleza humana para incorporarla a la Segunda Persona de la TRINIDAD. Sin romper el curso de la historia, y elevándola de plano, el ESPÍRITU SANTO realiza la obra de cristificación por la que los hombres tenemos la posibilidad de recibir la unción singular del ESPÍRITU que nos une a JESUCRISTO en el proceso final de someter a ÉL todas las cosas, para que una vez concluido  el proceso el HIJO lo entregue todo al PADRE (Cf. 1Cor 15,27-28   ).

 

Una nueva oportunidad para el mundo

Una oportunidad perdida para los hombres fue no haber aceptado a JESÚS y su Mensaje desde un principio. Recordemos que JESÚS es aquel que “quita el pecado, y los  pecados del mundo” (Cf. Jn 1,29); y establece una lucha frontal contra Satanás. El Reino de DIOS se iba abriendo camino a medida que ÉL actuaba y predicaba, y un resto decidió entrar en ese proceso de Reino de DIOS. El Hombre-DIOS tenía que volver al PADRE, pero la cuestión abierta es la siguiente: ¿tenía esa vuelta, que verse condicionada por la violencia de los  hombres incurriendo en el deicidio? En las Escrituras tenemos textos que respaldan tanto una posibilidad como la contraria, aunque se haya tratado de resaltar las palabras que anticipan el rechazo del Pueblo elegido y de la humanidad al MESÍAS. Como sugiere el gran teólogo  Romano Guardini, JESÚS podía haber completado sus años en este mundo al modo de los grandes patriarcas adquiriendo el estado actual a la derecha del PADRE mediante un proceso de transformación reflejado como señal en la transfiguración (Cf. Lc 9,28ss). De no haber  rechazado al MESÍAS como lo hicimos la suerte de la humanidad habría sido otra muy diferente en sentido positivo. Pero sobre nosotros recae la ambivalente sentencia formulada por las autoridades judías en el ajusticiamiento a JESÚS ante Pilato: “caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos” (Cf. Mt 27,25 ) Esta sentencia sigue su curso en el doble sentido: para los que se arrepienten y piden perdón, esta sangre lava las almas y concede la salvación eterna “a todos los que lavan sus vestiduras en la sangre del CORDERO (Cf. Ap 7,   ). Para los que rechazan el valor redentor de esta sangre, el resultado tiene el efecto de los que  desafiaron las consecuencias en un primer  momento.

El ESPÍRITU SANTO enviado por JESÚS tiene la misión de actualizar la Redención en cada  momento de la historia del mundo y de cada persona en particular. El perdón de JESÚS en la Cruz para todos los hombres, no sólo representó la absolución de la culpa, sino que destina para los hombres el don más grande que DIOS puede otorgar, que es el Don de SÍ mismo inhabitando en el discípulo de JESÚS. El mismo AMOR, que es Persona trinitaria, y consubtancializa al PADRE y al HIJO viene a nosotros, porque el PADRE y el HIJO así lo quieren. Ni el deicidio fue capaz de cambiar el Plan amoroso de DIOS, aunque los efectos en nosotros dependan de los aciertos o torpezas particulares. Ahora el ESPÍRITU SANTO tiene el encargo de continuar la misión de JESÚS hasta el fin de los tiempos, porque lo que nos está proporcionando el ESPÍRITU SANTO proviene de lo adquirido gracias a la Redención: “el ESPÍRITU SANTO vendrá y os irá dando de lo mío” (v.14)

 

La triple acción del ESPÍRITU SANTO

“Cuando el ESPÍRITU SANTO venga, convencerá al mundo sobre el pecado, la justicia y el juicio. Advertirá de un pecado, porque no han creído en MÍ; en lo referente a la justicia, porque me voy al PADRE y ya no me veréis; y en lo referente al juicio, porque el príncipe de este mundo ya está condenado” ((v.8-11). Estas palabras de JESÚS tienen una importancia capital a la hora de considerar la acción del ESPÍRITU SANTO a lo largo de la historia de la humanidad y en cada persona en particular. A lo largo de los tiempos muchas personas reciben la gracia para su conversión del estado de su alma, y contemplan la película de su vida bajo la luz amorosa de DIOS. Tienen certeza incuestionable que lo vivido no es producto de su imaginación, sino que nunca hasta ese momento su mente encontró tanta lucidez. Bastan unos instantes para que con toda minuciosidad y precisión la conciencia recorra todos los instantes de la vida con la distancia justa hacia JESÚS de Nazaret. La gravedad del pecado está en la separación o ruptura con JESÚS. El que recibe esa gracia calibra la gravedad o bondad real de sus acciones y tiene la oportunidad del reconocimiento y del arrepentimiento en un clima de Amor profundo que no lo recrimina ni condena, porque el ESPÍRITU SANTO como nuevo CONSOLADOR es el gran Don enviado por JESÚS de junto al PADRE. Desde entonces aquel  que recibe esta gracia de conversión y revelación sale con una conciencia viva de las fuerzas satánicas, que estando bajo el control del RESUCITADO, sin embargo siguen presentes en la pugna y disputa por el Reino de DIOS. Estamos, pues, ante un converso al estilo de san Pablo en el que la LUZ resolvió su vida en instantes, y lo dispuso a realizar un camino bien reflejado en sus escritos.

Los testimonios particulares son lo suficientemente numerosos para afirmar que la acción del ESPÍRITU SANTO sigue presente en el mundo en los términos señalados por san Juan.

El evangelista amplía al mundo el campo de actuación del ESPÍRITU SANTO: “cuando el ESPÍRITU SANTO venga convencerá al mundo” (v.8). Es el mundo entero el campo de la evangelización. Son “las gentes de todos los pueblos, los que han de recibir el bautismo y la enseñanza de la Palabra” (Cf. Mt 28,19). El ESPÍRITU SANTO no puede declinar la universalidad de la Redención. Dejamos la cuestión abierta con algunas preguntas: ¿terminó su tarea el ESPÍRITU SANTO en el primer Pentecostés? ¿Se produjeron nuevas efusiones del ESPÍRITU SANTO sobre la Iglesia después del primer Pentecostés? ¿Sabemos de grupos o comunidades que hayan vivido experiencias de efusión del ESPÍRITU SANTO?  DIOS escucha el clamor del Pueblo cuando éste se dirige a ÉL (Cf. Ex 3,7), ¿sería suficiente la oración de los creyentes para atraer una nueva efusión del ESPÍRITU SANTO sobre la Iglesia y el mundo? ¿Existen textos en la Escritura que abran la expectativa de una renovación permanente en el ESPÍRITU SANTO para el hombre y la humanidad en su conjunto?

 

En el camino de la Verdad

“YO SOY el Camino, la Verdad y la Vida” (Cf. Jn 14,6). Todas las verdades reveladas nacen de la LUZ, que por su naturaleza es insondable. El mismo ESPÍRITU SANTO que reveló a los autores sagrados y los inspiró, tiene que venir en nuestra ayuda para desvelar la Palabra, que aún estando revelada encierra contenidos destinados a las distintas épocas según el designio de la Providencia de DIOS. Por eso JESÚS nos dice que el ESPÍRITU SANTO nos “conducirá a la Verdad completa, pues no hablará por su cuenta, sino que os dirá lo que oiga, y os anunciará lo que está por venir” (v.13) En nuestros tiempos se cruzan muchas líneas que pretenden determinar el futuro a corto y medio plazo, pero los cristianos debemos buscar la seguridad de cualquier tiempo futuro en la acción de DIOS que no abandona al hombre a pesar de nuestras infidelidades. En los tiempos de incertidumbre y encrucijadas se recomienda detenerse para orar y discernir.

 

San Pablo, 1Corintios 12,3b-7.12-13

La segunda lectura de la Santa Misa proponen unos textos y omiten otros, manifestando así las preferencias de la Iglesia. No se extendería gran cosa la lectura, si estuviesen presentes los versículos que van del ocho al once de esta lectura de Corintios, pues en ellos se mencionan los distintos carismas que el ESPÍRITU SANTO puede conceder a los miembros de la comunidad. En la omisión de estos dones se va indicando una práctica pastoral con unos rasgos que en la actualidad no resultaría superfluo revisar. Parece ser que el ESPÍRITU SANTO puede prescindir de conceder dones como palabra de conocimiento, palabra de sabiduría, glosolalia, el don para interpretar la glosolalia, el don de profecía, el don de sanación  tanto física o psíquica; o el don de milagros, que no es exactamente el don de sanación. De estos carismas se acepta hablar de ellos si se quedan en el pasado, pues, dicen, que en estos tiempos no son necesarios. Los católicos tenemos una Fe tan bien formada y somos tan adultos que ya no necesitamos aquellos dones presentes en las comunidades de los comienzos. Parece ser que nuestras parroquias tienen una vitalidad espiritual tan sobrada que  esta minucia de dones representarían un gran estorbo para el desarrollo espiritual. Las personas de nuestras parroquias están tan vinculadas a la espiritualidad de la Cruz, que no precisan consolación alguna del ESPÍRITU SANTO, ni signo externo que provoque admiración, acción de gracias o una alabanza espontánea. Tanto hemos progresado, que el ESPÍRITU SANTO ya puede guardarse sus carismas, que en otro tiempo repartía con tanta profusión y generosidad. Estamos muy contentos por haber intelectualizado la Fe y dejar a un lado cualquier cosa que signifique una manifestación del poder de DIOS aquí y ahora.

El resto de los versículos recogidos en esta lectura siguen manteniendo gran importancia, pero no olvidemos que se les arrancó gran parte de su contexto.

“Nadie puede decir que JESÚS es SEÑOR, si no es bajo la acción del ESPÍRITU SANTO” (v.3b). Cuando san Pablo escribe estas líneas, la situación no permitía muchas rutinas perniciosas o formalismos rituales vacíos; por lo que decir sobre JESÚS que era el SEÑOR estaba cargado de implicaciones personales, y se necesitaba una fuerza testimonial, que sólo el ESPÍRITU SANTO puede dar. Cuando el emperador se atribuía prerrogativas divinas, decir que JESÚS, el crucificado en tiempos de Pilato, era el SEÑOR suponía un riesgo personal.

“Hay diversidad de carismas, pero el ESPÍRITU es el mismo; diversidad de ministerios, pero el SEÑOR es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo DIOS que obra en todos. A cada cual se otorga la manifestación del ESPÍRITU para el provecho común” (v.4-7). Entendemos así la vertiente ministerial que ha prevalecido en los grados superiores del Orden sagrado: obispos, presbíteros y diáconos. Siguen entre nosotros los ministerios de lector, acólito, catequista y exorcista. Cuando escuchamos hablar de carismas, normalmente, están referidos a los carismas religiosos institucionalizados, como pueden ser, el carisma de la orden franciscana, dominica o carmelita. Un campo mucho más abierto lo ocupan aquellas actividades que no tienen un carácter permanente y su característica es precisamente la corta temporalidad

“De la misma forma que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros; y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que solo cuerpo, así también CRISTO”(v.12) Se adelanta san Pablo veinte siglos a las teorías organicistas que se ofrecen para describir la unidad en la pluralidad. Esta perfecta unión de los miembros plurales y distintos es funcional y no presenta desajustes gracias a la unidad interna dada por el ESPÍRITU SANTO: “Porque en un solo ESPÍRITU hemos sido todos bautizados para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres; y todos hemos bebido de un solo ESPÍRITU” (v.13). En otros escritos, san Pablo completará esta imagen que denominamos del “Cuerpo Místico”, pues se trata de significar la unión  con JESÚS que es la CABEZA de la Iglesia.

 

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