Hermanos, el mensaje que dimos todos los Obispos de México reunidos en la Asamblea Plenaria, destinado al Pueblo de Dios en México y que titulamos: «Iglesia en México: Memoria y Profecía — Peregrinos de Esperanza hacia el Centenario de nuestros Mártires», que desde luego, les recomiendo que lo lean detenidamente, está en las redes sociales, por ejemplo, en la Página de esta Diócesis. En este espacio de reflexión iremos, algunas veces, haciendo alusión a dicho mensaje. Lo considero muy importante.
Con este domingo dedicado a la festividad de Cristo Rey, culminamos y coronamos el ciclo litúrgico C, en el cual, hemos meditado el Evangelio de San Juan. El próximo domingo daremos inicio con el tiempo de Adviento al ciclo litúrgico A. El año o ciclo litúrgico es un camino que recorre las etapas de la historia de la salvación y tiene su culmen en Cristo. De allí podemos decir que nuestro caminar espiritual se desarrolla siempre en el seguimiento de Cristo. El Evangelio que escuchamos tiene como escenario el Calvario. Cristo reina desde una cruz. En aquel momento el pueblo adopta una postura oportunista frente al condenado. Los soldados se burlan de Él; uno de los malhechores lo insulta; la inscripción misma puesta sobre su cabeza es una burla.
Jesús sobre la cruz aparece como perdedor, sus enemigos tienen las armas y pueden imaginar que han triunfado. Jesús es contrario a los signos de la fuerza, no permitió que Pedro usara la espada. Cristo quiere ser reconocido como rey únicamente a través de la adhesión por amor, sin imposición, sin engaños. El lenguaje que usa es muy distinto; Jesús es rey vencido por la fuerza, pero victorioso en la debilidad del amor. Aquellos que le crucifican usan el lenguaje del poder y desafían a Cristo para que se coloque en el mismo plano, poniéndole la última tentación: “Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”. Jesús hace caso omiso a esos desafíos, más bien habla el lenguaje del amor, del perdón, de la misericordia. Sus armas son distintas.
Jesús es Rey. La palabra “rey” normalmente cuando se usa, está unida al poder político; Jesús nunca muestra una actitud compatible con ese tipo de poder. Recordemos que Satanás lo tentó con la propuesta de tener poder mundano, pero Jesús no cayó en esa tentación. Él es el Rey y los valores de su Reino son muy distintos, son el amor, la verdad, la justicia, la paz, la gracia, la misericordia. Los reyes portaban corona y gobernaban desde un palacio y desde un trono; la corona que lleva Jesús es de espinas y su palacio es la comunidad, la cercanía con su pueblo y su trono es la cruz, desde allí sigue reinando. Debemos tener claro que Jesús es Rey, pero su reinado es muy distinto a los reinados terrenos. Jesús es Rey respetando la libertad, busca que sus seguidores lo hagan por propia voluntad, nadie es obligado a seguirle.
El tipo de reinado de Jesús no se entiende en nuestros días. Aunque los gobiernos en su propaganda para llegar al poder hablen de servicio, sin embargo cuando llegan, usan el poder para servirse a sí mismos; ejercen dicho servicio con poder humano, imponiendo las cosas según sus intereses y desde la visión o ideología que tiene el líder. El Reinado de Cristo es muy distinto a los reinados humanos. No es sencillo contemplar a Jesús que reina desde una cruz; desde un lugar de suplicio. Hemos entendido que el “rey” ordena y disfruta de favores. Y aquí se nos presenta a un rey crucificado, del que se burlan las autoridades, los soldados y uno de los criminales. Podemos decir que Jesús es el “antimodelo de rey” de los sistemas opresores: no quiere dominar a las demás personas, sino despertar y promover en ellas el sentido de la dignidad del ser humano. La tentación del poder, entendido al estilo de los sistemas opresores persigue a Jesús desde el desierto hasta la cruz. Y desde el desierto hasta la cruz, Jesús rechaza este modelo, denuncia que procede del diablo y no cae en sus trampas. El costo de esta resistencia, no sólo valiente sino lúcida de Jesús, es la muerte.
Jesús es Rey, pero no de cualquier reino, sino del Reino de Dios. “Reino eterno y universal” (Prefacio), porque los valores de ese Reino son los que todo ser humano desea vivir. Vivir en ese Reino es vivir la vida de cada día con el espíritu de Jesús: en intimidad con el Padre y sirviendo a los hermanos, especialmente a los que el mundo desprecia o presta menos atención: los pobres, los migrantes, los enfermos, los encarcelados. Pero su Reino no es de este mundo, porque no se acomoda a las leyes que rigen el mundo. Su Reino sí es de este mundo porque es el Reino que el mundo necesita, el Papa San Pablo VI lo definía como “CIVILIZACIÓN DEL AMOR”.
¡Qué extraño Reino y qué extraño Rey! Es un Rey que, sin empuñar el cetro, se expresa con autoridad, sin ser ceñido por corona alguna, su rostro brilla con el esplendor de la verdad y del amor, con los colores de la esperanza y de la paz. En la cruz donde humanamente no hay signos de gloria, Jesús ejerce su verdadera soberanía: no responde a las burlas, no desciende de la cruz con poder. En lugar de salvarse a sí mismo, permanece allí para salvarnos a nosotros. Reina desde la debilidad, pero con una fuerza que transforma los corazones. Jesús muere acompañado de los últimos, de los marginados y es precisamente uno de ellos quien lo reconoce como Rey. Su Reino comienza con los humildes, los pecadores arrepentidos, los que se saben necesitados de su misericordia.
Hermanos, hoy celebramos a un Rey que no domina, sino que sirve, que no exige, sino que se entrega, que no castiga, sino que salva, un Rey que nos invita a vivir su misma lógica: la del amor que se dona, la del perdón que libera, la de la humildad que transforma.
¡Qué gran Rey tenemos! De allí que los Obispos de México, en el mensaje antes señalado, les invitamos a hacer memoria de la resistencia cristera que nos interpela. Así en el número romano II, segunda parte, los Obispos les decimos:
“Permítannos hacer memoria de un hecho que no podemos ignorar: Apenas unos meses después de la proclamación de la Solemnidad de Cristo Rey, en julio de 1926, entraba en vigor la llamada “Ley Calles” en nuestro país que desató la persecución religiosa más cruenta de nuestra historia. Es por ello que, en enero de 1927, el pueblo católico, reprimido, inició el levantamiento armado conocido como la Resistencia Cristera.
¿Una casualidad? No, hermanos: Un acontecimiento providencial. Cuando el Estado totalitario intentó imponer su dominio absoluto sobre las conciencias, nuestros mártires comprendieron con claridad meridiana la centralidad de Jesucristo: morir gritando ¡Viva Cristo Rey! era afirmar que ningún poder humano puede reclamar la soberanía absoluta sobre la persona y la conciencia. Era decir con la vida lo que proclamaban con los labios: Cristo es Rey, no el Estado opresor; Cristo es Rey, no el dictador en turno que se envuelve en su soberbia.
Queremos honrar hoy la memoria de los más de 200 mil mártires que entregaron sus vidas defendiendo su fe: Niños, jóvenes, ancianos; campesinos, obreros, profesionistas; sacerdotes, religiosos laicos; El México heroico de los cristeros que dieron su vida por una causa sagrada, por la libertad de creer y de vivir según su fe, todos ellos escribieron una página luminosa en la historia de la Iglesia universal y de nuestra patria. El centenario del año 2026 no puede ser una mera conmemoración nostálgica. Debe ser un examen de conciencia y un compromiso renovado. Nuestros mártires nos preguntan hoy: ¿Estamos dispuestos a defender nuestra fe con la misma radicalidad? ¿Hemos perdido el sentido de lo sagrado?
¿Nos hemos acomodado a una cultura que quiere relegar la fe al ámbito privado?”
Hermanos yo les pregunto: Acaso ¿ya no nos es posible gritar desde el corazón: ¡Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe!?
Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos.

