* Desde el fin de la pandemia, el cambio climático se ha convertido en el principal motivo del catastrofismo mediático.
En los últimos años, ha aumentado la tendencia al sensacionalismo y a las narrativas catastróficas en los medios de comunicación, con especial referencia a las noticias sobre medio ambiente y clima.
Tras la pandemia de COVID-19, que monopolizó la información y, en muchos casos, exacerbó el alarmismo, hoy es el calor del verano el que se ha convertido en protagonista de una historia mediática que, a menudo, adquiere tonos dramáticos desproporcionados a la realidad.
- Titulares alarmantes,
- Imágenes apocalípticas,
- Tonos de boletín de guerra…
El calor se presenta casi como una nueva emergencia sanitaria mundial, comparable al virus que paralizó al mundo hace unos años.
El problema, sin embargo, es que muchas muertes se asocian automáticamente con las altas temperaturas, sin evidencia científica real ni esperar a las pruebas médicas.
Este proceso es engañoso, lo que lleva a interpretar cualquier muerte sospechosa como relacionada con el calor, cuando a menudo las causas son muy diferentes y están vinculadas a:
- patologías previas,
- condiciones de fragilidad
- o dinámicas completamente independientes del clima.
Este enfoque, además de confundir a la opinión pública, contribuye a alimentar la ansiedad colectiva y una percepción distorsionada del riesgo.
Al mismo tiempo, esta narrativa alarmista también se traduce en una oportunidad política: la Unión Europea y muchas fuerzas gubernamentales nacionales se aprovechan de la emergencia climática para justificar una aceleración de las políticas ambientales, proponiendo medidas radicales en nombre del ecologismo.
Si bien la transición ecológica es un objetivo compartido, el verdadero riesgo es que se imponga según una lógica ideológica en lugar de racional, con efectos devastadores en sectores productivos enteros, en el empleo y en la economía en general.
La ideología verde, si se aplica sin gradualidad ni pragmatismo, corre el riesgo de convertirse en una nueva forma de dogmatismo que penaliza el crecimiento y la competitividad de los países europeos. En este contexto, el papel del periodismo se vuelve crucial.
Los medios de comunicación no pueden ni deben ser herramientas de propaganda ni amplificadores de miedos irracionales.
La Ley Consolidada sobre las Funciones de los Periodistas, aprobada en 2016 por el Consejo Nacional de la Orden de Periodistas en Italia, ya subrayaba la necesidad de una narrativa seria y responsable ante posibles alarmas de salud pública.
En particular, durante la segunda ola de la pandemia de COVID-19, en noviembre de 2020, el mismo Consejo Nacional aprobó una enmienda al artículo 6 de la Ley Consolidada, introduciendo una referencia explícita a la información científica, con el fin de garantizar mayores estándares de veracidad y fiabilidad. El nuevo texto del Artículo 6 decía:
«La información sobre asuntos científicos y sanitarios, especialmente en situaciones de emergencia, debe difundirse con especial responsabilidad. Los periodistas deben verificar las fuentes científicas con el máximo cuidado, evitando difundir noticias que puedan generar alarmas infundadas. Los periodistas deben distinguir claramente los hechos de las opiniones personales y de expertos, indicando siempre las fuentes y el grado de fiabilidad de los estudios citados. En todo caso, los periodistas deben respetar el principio de veracidad de la información y corregir con prontitud cualquier error, rectificando las noticias que resulten falsas o infundadas».
Se dio un paso más con la aprobación del nuevo código de ética periodística en diciembre de 2024, que sustituyó a la Ley Consolidada y entró en vigor el 1 de junio. Este código, en su artículo 26, aborda directamente la información ambiental, científica y sanitaria, recordando el deber de evitar el alarmismo y de adherirse a rigurosos criterios de fiabilidad. El artículo 26 establece:
«El periodista: verifica la fiabilidad y la autoridad de las fuentes antes de difundir noticias sobre temas ambientales, científicos y sanitarios, evitando despertar temores o esperanzas infundadas y corrigiendo las noticias que resulten ser falsas».
Este principio debería ser un faro para todos los que trabajan en el mundo de la información, especialmente en un período histórico en el que el clima se ha convertido en un tema muy sensible y a menudo explotado en los medios de comunicación.
No cabe duda de que el cambio climático es un fenómeno y debe abordarse con seriedad y visión, pero atribuirle cada desastre, tragedia o anomalía meteorológica es engañoso y contraproducente.
La información debe ser la herramienta que permita a la ciudadanía comprender, reflexionar y actuar conscientemente, no un medio para generar miedos irracionales ni para apoyar agendas políticas preestablecidas.
De hecho, el catastrofismo mediático, además de desorientar a la opinión pública , termina perjudicando la propia causa ambiental, percibida como una cruzada ideológica en lugar de un desafío común y pragmático.
Es urgente que el periodismo redescubra su función original: informar de forma honesta, verificada, sobria y responsable. Solo así será posible reconstruir una relación de confianza con el público y contribuir a una verdadera conciencia de los problemas de nuestro tiempo, evitando las derivas emocionales y el alarmismo que a menudo perjudican más que benefician.

Por RUBEN RAZZANTE.
Ruben Razzante imparte docencia en Derecho de la Información, Derecho Europeo de la Información y Normas de Comunicación Corporativa en la Università Cattolica del Sacro Cuore de Milán, donde se licenció en Derecho y Ciencias Políticas. Imparte docencia en Derecho de la Información en el Máster de Periodismo de la Universidad Lumsa de Roma. Es autor de varios ensayos sobre la libertad de expresión, entre ellos el «Manual de Derecho de la Información y la Comunicación», que se encuentra en su novena edición.
VIERNES 4 DE JULIO DE 2025.
ROMA, ITALIA.
LANUOVABQ.

