Benedicto, la luz de cristo no se apaga

COLUMNA INVITADA – Pbro. Hugo Valdemar

Pbro. Hugo Valdemar Romero
Pbro. Hugo Valdemar Romero

La vida del papa Benedicto es como una vela que lentamente se apaga”, esta frase de monseñor Georg Gänswein, su secretario personal, conmocionó hace ya casi siete años al mundo católico. La frase ha sido profética, la vida del amado Papa alemán se fue consumiendo lentamente, serenamente, mucho más allá de lo que el Papa Ratzinger pensó que duraría.

Hace un par de días se daba por hecho la muerte del anciano Pontífice, llegó incluso a estar inconsciente, la Iglesia entró en una profunda y triste conmoción, el fin de los días del Papa sabio y humilde estaban terminando y han finalizado hoy, 31 de diciembre, por la mañana. En lo personal experimento una dolorosa sensación de orfandad y miedo: ¿Qué será de la Iglesia ahora que esa pequeñita llama se ha pagado? Ha venido a mi mente el evangelio de San Juan que se proclama en la misa de hoy: “Jesús es la luz verdadera, que ilumina a todo hombre”. Benedicto fue un destello de la luz de Cristo que brilló en medio de la espesura de las tinieblas, fue una llama que Jesús cuidó entre sus manos hasta el final, porque en esa pequeña flama tan débil, encerraba toda la potencia de Dios, toda la solidez de Pedro: “Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”.

Jesús advirtió a los suyos: “Por mi causa los odiarán” y Benedicto pagó el precio de ser auténtico, de anunciar la verdad, de ser fiel a Jesucristo. El odio de Satanás se desencadenó contra él con toda su furia: el insulto, el desprecio, la burla, el escarnio de los medios de comunicación y de muchos católicos se desataron como una avalancha contra su frágil persona, y así, al más humilde lo caricaturizaron como soberbio, al tímido y tolerante como brutal y represor, al dulce y sereno como amargado y rabioso inquisidor. Nada más alejado de su dulce y sensible persona todas las calumnias lanzadas en su contra. Benedicto, una persona profundamente sensible e inteligente era consciente de este odio pero nunca se quejó ni se amargó, sabía bien que tenía que cargar la cruz y se abrazó a ella con amor.

Tuve la gracia de estar en la misa que el entonces cardenal Ratzinger, decano del Colegio cardenalicio, presidió en la apertura del Cónclave para elegir al sucesor del gran Juan Pablo II, su brillante y clara homilía contra la dictadura del relativismo fue una verdadera bomba, irritó en lo más profundo al mundo intelectual, la prensa internacional criticaba indignada la claridad y contundencia de la homilía, advertían sobre el riesgo de que fuera electo Pontífice, lo vieron como la peor desgracia para la Iglesia. Recuerdo muy bien un editorial del prestigiado periódico italiano “Corriere de la Sera” que se escandalizaba que ése hombre no tuviera dudas, y ya electo Papa la prensa advertía que su pontificado sería una época oscurantista de la Iglesia.

Para escándalo de los fieles, nos fuimos enterando como el mayor sufrimiento del Papa Ratzinger no era provocado por el mundo secular agresivo a su enseñanza y su persona, sino de la propia Curia Romana, el Osservatore Romano, diario del Vaticano, no dudó en titular una primera plana: “El Papa rodeado de lobos”. Mucho se ha especulado si no fueron estos círculos curiales los que lo orillaron a su renuncia.

Cómo olvidar también aquella humillación pública que le hicieron los obispo alemanes, en el aeropuerto en la llegada a su patria, cuando el tímido y humilde Papa les ofrecía la mano para saludarlos y ellos, llenos de desprecio, volteaban a ver otro lado y lo dejaban con la mano extendida. Conmueve aún ver ese video donde el Papa se ve como extraviado, profundamente herido por la arrogancia y bellaquería de sus hermanos obispos. No por algo la iglesia alemana hoy está en las garras de Satanás, podrida por la herejía, la apostasía y el cisma.

Cuando los obispos alemanes ignoraron al Papa Benedicto

¿Y qué decir de la intrigas de los cardenales de la autodenominada “Mafia de San Gallo”, que antes de su elección, contraviniendo la pena de excomunión, conspiraron para bloquear su elección, y una vez electo volvieron a planear su sucesión? Claro, esos iluminati sabían más que el Espíritu Santo.  ¿Y aquel brillante discurso en la Universidad de Ratisbona que incendió el fanatismo del mundo musulmán y provocó la muerte de un sacerdote en Turquía? Cuánto dolor y amargura en el corazón del Papa valiente que hablaba con la verdad. ¿Y qué decir del Papa del diálogo entre la fe y la razón, que fue boicoteado irracionalmente por los estudiantes y algunos profesores para impedir su visita a la universidad la Sapienza de Roma? ¿Puede haber algo más contario al espíritu abierto de una universidad?

Y cuando vino a México le dolió las intrigas que hicieron imposible su visita a la Virgen de Guadalupe. En aquella gracia que Dios me concedió el 22 de octubre de 2015 de rezar el rosario con él en los jardines del Vaticano, después del rezo pude platicar con él a solas durante veinte minutos y me dijo: “¡México! ¡Qué pueblo tan maravilloso! Nunca olvidare el cariño desbordante que me manifestaron en León. ¡Estuve tan feliz en mi visita! Yo sólo lamento una cosa, el no poder visitar a la Virgen de Guadalupe, tenía tantos deseos… mi visita sin ella estuvo incompleta. Ahora entiendo porque Juan Pablo II quería tanto a México. ¡Dios bendiga a México, pueblo tan fiel, tan alegre, tan bueno!” –concluyó-. Nunca olvidaré la gran nostalgia de su mirada.

Caro le costó al Papa humilde y sabio querer limpiar “la suciedad de la Iglesia” que denunció en el viacrucis del Coliseo romano en 2005. Sabrá Dios cuánto dolor y sufrimiento le provocaban a él, un hombre limpio, sensible e integro cristiano, ver y vivir en medio de tanta podredumbre. Y sin embargo no huyó a un monasterio a pasar sus últimos años en paz, después de su renuncia quiso quedarse a vivir en el Vaticano, y desde su pequeña casa siguió dolorosamente el curso de la Iglesia, sufrió las intrigas y conspiraciones de quienes no soportaban su presencia y sus discretas pero claras intervenciones, veían a un coloso enemigo en aquella pequeña y tímida llama que irradiaba no su propia luz, sino la luz misma de Dios. “Las tinieblas odian la luz”, como advierte el evangelio.

Hay tanto que se puede decir sobre nuestro amado Papa y tantos que lo pueden hacer y lo están haciendo con mucha profundidad. Sólo quiero terminar contado que un mes antes de rezar el rosario en el Vaticano con él, en octubre del 2015, tuve un sueño que le conté: “Santidad -le dije- aclaro que yo no soy dado a tener sueños y visiones”. Me miró, sonrió y continué: “Pero hace algunos días soñé que mi arzobispo, el cardenal Rivera me decía: ‘Pasa, te está esperando’, y entré en una sala. Yo lo vi sentado en el trono pontificio, vestido de blanco, usted sonreía en medio de una luz inmensa, esplendorosa, como nunca había visto, quedé frente a usted como petrificado sin decir nada. Fue tal la impresión de esa luz que me desperté”. El Papa me miró con esa mirada profunda y luminosa propia de él y me dijo: “Pídele a Dios que pronto me conceda esa luz”. Me sonrió y apretó mi mano. Yo me arrodillé besé con veneración su mano y le pedí su bendición.

¡Querido Papa Benedicto, te vamos a extrañar tanto! Nuestro corazón ya está roto por tu ausencia, pero tenemos el consuelo de la fe que nos asegura que tu luz tenue que se extinguió para este mundo, brillará como mil soles en el cielo, y por lejos que estés, esa luz de tu bondad e inteligencia nos seguirá iluminado y dando calor.

Que nuestro buen Padre Dios pague tu larga vida en el servicio a su Iglesia con el abrazo eterno de su inmenso amor. Descansa en paz, amado Papa Benedicto.

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