Asombro por el silencio del Vaticano ante la persecución de católicos en China

ACN

«Si me fuera, no sólo renunciaría a mi destino, renunciaría a Dios, renunciaría a mi religión, renunciaría a lo que creo.»

Jimmy Lai fue declarado culpable el lunes 15 de diciembre por un tribunal de Hong Kong, tras un juicio ampliamente condenado por la comunidad internacional por tener motivaciones políticas. Si bien la sentencia aún no se ha dictada, este veredicto marca un paso decisivo en los esfuerzos de las autoridades chinas por silenciar a una de las figuras más emblemáticas de la libertad de prensa y la lucha democrática en Hong Kong.

Sin embargo, hay un silencio que sorprende por su pesadez: el del Vaticano.

Si bien la Unión Europea ha exigido oficialmente la liberación inmediata e incondicional de Jimmy Lai, y Human Rights Watch, Amnistía Internacional y Reporteros Sin Fronteras han condenado la sentencia, no ha habido noticias de Roma. Ni Vatican News, ni L’ Osservatore Romano, ni ningún organismo oficial de la Santa Sede han abordado la suerte de un católico encarcelado por motivos políticos, tras un juicio considerado unánimemente amañado.

Este silencio no es meramente diplomático, es total.

Jimmy Lai no es un disidente anónimo.

Converso al catolicismo, bautizado en 1997 por el cardenal Joseph Zen, siempre ha vinculado su activismo público a su fe. Su lucha por la libertad de prensa y la democracia se ha visto impulsada por una profunda convicción cristiana, hasta el punto de aceptar conscientemente el encarcelamiento. Nuestros colegas del medio La Bussola recuerdan su ahora emblemática declaración, realizada cuando se negó a abandonar Hong Kong en 2020:


Si me fuera, no solo renunciaría a mi destino, sino también a Dios, a mi religión, a mis creencias». 

Estas palabras lo dicen todo: la elección de un hombre libre, el testimonio de un católico que acepta el precio de la fidelidad a su conciencia y a su fe.

Y sin embargo, en el Vaticano, nada.

Este silencio contrasta marcadamente con la atención prestada a otras causas, legítimas por derecho propio, pero ampliamente cubiertas por los medios oficiales de la Santa Sede.

La persecución de un católico
en Hong Kong,
símbolo de la creciente opresión
de los cristianos en China,
no parece merecer ni una sola línea
del Vaticano.
Como si Jimmy Lai no existiera.

Esta actitud es inseparable del contexto más amplio del acuerdo firmado en 2018 entre el Vaticano y China, renovado periódicamente desde entonces.

Presentado como un instrumento destinado a garantizar el bienestar de la Iglesia en China, en particular en lo que respecta a los nombramientos episcopales, este acuerdo se presenta cada vez más como una restricción paralizante.

Pekín decide,
impone,
reprime,
y Roma guarda silencio,
por temor a poner en peligro
un equilibrio diplomático
ya de por sí frágil.

El caso de Jimmy Lai expone crudamente las limitaciones, incluso el fracaso, de esta estrategia. La situación de los católicos chinos se ha deteriorado, la Iglesia en Hong Kong se está alineando gradualmente con el modelo de la Iglesia Patriótica, el cardenal Joseph Zen permanece bajo supervisión judicial y un destacado católico languidece en prisión sin que la Santa Sede alce la voz.

En este contexto, la incomprensión se transforma en asombro, y este da paso a una seria pregunta:

¿qué sentido tiene
una diplomacia eclesiástica
que sacrifica testigos concretos de la fe
en nombre de un hipotético
bien futuro?

El caso de Jimmy Lai revela, más allá de la retórica, la total incapacidad del acuerdo entre el Vaticano y China para proteger a quienes se suponía debía servir.

También demuestra el coste humano y espiritual de una realpolitik que, al intentar apaciguar a los poderosos, termina abandonando a los perseguidos.

Por QUENTIN FINELLI.

MARTES 16 DE DICIEMBRE DE 2025.

TCH.

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