Ante el poder descomunal del mal, el Apocalipsis aviva la esperanza

Pbro. José Juan Sánchez Jácome
Pbro. José Juan Sánchez Jácome

En nuestra formación cristiana hemos consolidado una visión creyente acerca de los orígenes y de la creación del mundo. No ha sido solo el resultado de nuestro contacto con la palabra de Dios que abre solemnemente su mensaje con el relato de la creación del mundo, en el libro del Génesis.

La necesidad de explicar el sentido teológico de este hermoso relato y, por otra parte, las descalificaciones que ha enfrentado por algunos sectores científicos, nos ha llevado a documentarnos más sobre el mismo y a afianzar nuestra visión creyente sobre la creación del mundo y la creación del hombre.

Si hemos llegado a tener una formación más sólida respecto de los orígenes, nos ha faltado, en la misma proporción, tener una visión creyente acerca del final de los tiempos. Tenemos una idea, podemos decir algo al respecto partiendo de las Sagradas Escrituras, pero quizá no en la misma proporción que nuestra visión de los orígenes, la cual hemos cuidado más en nuestra formación cristiana.

Así como nos fascina y nos atrapa el relato del libro del Génesis, de la misma manera tendría que sorprendernos e infundirnos esperanza el libro del Apocalipsis que corona la obra de Dios: creando y recreando al hombre, interviniendo y redimiendo a la humanidad herida.

El género apocalíptico en la Biblia, y particularmente el libro del Apocalipsis, corona la obra de Dios al hacernos ver con un lenguaje simbólico -donde no falta el tono dramático de los acontecimientos- que Dios siempre triunfa, que el bien tiene la última palabra, a pesar de que sea descomunal la infiltración del misterio del mal.

De la misma forma que necesitamos el Génesis, también necesitamos el Apocalipsis para tener una visión creyente sobre los últimos tiempos. Por supuesto, hay que partir de la Biblia para no quedarnos con la literatura comercial y con las producciones cinematográficas que tratan estos temas de manera sensacionalista y con fines mercantiles, provocando miedo, morbosidad y desesperanza.

No han faltado incluso proyectos ingenuos que proponen apertrecharse -casi de manera nuclear- y asegurarse en un lugar calificado donde se pueda huir de la “catástrofe”, como así se va presentando en este tipo de interpretaciones.

Estos enfoques desconocen por completo la naturaleza de las Sagradas Escrituras que, al presentar una reflexión apocalíptica, no se proponen meter miedo, sino infundir esperanza. El plan de Dios nadie lo va a destruir y cuánto bien nos hace saberlo, especialmente en tiempos en los que parece que el mal tiene la última palabra.

La visión deformada y sensacionalista de las cosas de los últimos tiempos ha provocado que sucumbamos a los pronósticos negativos, obstaculizando una visión creyente en la que resurja la esperanza.

Refiriéndose directamente a este tema, el Señor Jesús no reveló el día y la hora del fin del mundo, no se pronunció acerca de un tiempo preciso en el que sucederán estas cosas. Le preguntaban a Jesús dónde y cuándo, pero el Señor, en vez de especular o vaticinar, nos dio criterios para leer los signos de los tiempos.

Dicen los santos que el Señor no se pronunció sobre el día y la hora, para que aprendamos a ser fieles todos los días. Porque lo propio del cristiano es vivir en tensión, en alerta, mantenerse vigilante, siempre mirando a la verdad y determinado a hacer el bien.

El cristiano va percibiendo que la lucha contra el mal no es una cosa piadosa, sino una verdadera batalla contra fuerzas oscuras, como si se tratara de una bestia, como se presenta en el relato apocalíptico del profeta Daniel.

No es un asunto menor o una simple tentación, por lo que es necesario emplearse a fondo en esta lucha contra el mal que se percibe, de acuerdo a la visión de Daniel, como una realidad desafiante y poderosa a través de las garras y las fauces de un león, un leopardo, un oso y un monstruo (Cfr. Dn 7, 2-14).

El profeta Daniel ve cómo se suceden los imperios y los poderosos de su tiempo, delante de los cuales el reino de Dios jamás será destruido. Habrá que reafirmar este mensaje frente a los poderosos de nuestro tiempo que llegan a ejercer un poder carente de razón y de corazón. Como esas fieras que describe Daniel, no admiten argumentos ni se compadecen de sus víctimas. Entre más se enaltecen y endiosan, crece la tentación de aplastar, doblegar, imponer, asustar y usar la fuerza.

Muchas veces nos toca luchar contra las manifestaciones más crueles de la maldad y sobreponernos a la destrucción que causan, al profundo dolor que generan. Hay que luchar y jamás perder la esperanza, cuando nuestro combate espiritual nos sitúa frente a estos niveles de maldad.

Seguiremos oyendo noticias de terremotos, violencia, desgracias y guerras. Pero Jesús nos enseña a fijarnos en los brotes, en lo pequeño, en lo que no genera noticia, en lo que parece intrascendente.

Esto es lo sorprendente y novedoso de un apocalipsis: frente a los ataques despiadados del mal, nos toca fijarnos en los brotes, en el fruto que anuncian, en el bien que empieza a repuntar, en la forma tan sutil como va apareciendo y creciendo la vida.

Así como los árboles dan sus brotes anunciando el fruto y la cosecha, debemos estar atentos para percibir los brotes de bondad, de justicia y de paz que no se perciben tan fácilmente por el ruido que hace el mal y por su alarido triunfalista. La semilla sigue creciendo porque cuenta con la savia de Aquel de quien procede el amor verdadero.

Dios actúa en lo imperceptible y cotidiano, donde no apuntan los reflectores y donde no se genera tanta noticia. Dentro de la vigilancia que nos pide el Señor hay que cultivar esta mirada atenta: cuando sucedan cosas que provocan miedo y llevan el potencial de arrancarnos la esperanza, no hay que dejar de mirar los brotes, esos signos sencillos a ras de piso, donde Dios se manifiesta para que estemos seguros que el reino de Dios nunca será destruido, por mucho que enfrente fuerzas poderosas.

Esta es la gran noticia del Apocalipsis: “Ha caído ya la gran Babilonia y ha quedado convertida en morada de demonios, en guarida de toda clase de espíritus impuros, en escondrijo de aves inmundas y repugnantes” (Ap 18, 1-2).

Es cierto que el mal nos lleva a desconfiar de Dios y del poder de la fe. De ahí que, como los primeros cristianos, también nosotros preguntemos con sentimiento y hasta con desesperación: ¿No ha triunfado el Señor de todas las potencias del mal? ¿Cómo es posible que los fieles de Jesús sufran ese desencadenamiento de odio y de violencia? ¿Por qué se nos persigue? ¿Va a desaparecer la Iglesia?

San Juan se dirige pues a hombres descorazonados, atribulados. El Apocalipsis se escribió para dar respuesta a esa trágica situación. Y la respuesta es ésta: la persecución sólo durará un tiempo, el reino de la bestia llegará a su fin, la gran Babilonia -Roma- será aniquilada, la gran Prostituta -otro nombre dado a esta ciudad Imperial que aplasta a los cristianos- está juzgada.

Por eso, necesita ser proclamado el Apocalipsis, este mensaje de esperanza que es la respuesta de Dios ante los niveles peligrosos de maldad que se registran en estos tiempos.

Léon Bloy decía: “Cuando quiero enterarme de las últimas noticias, leo el Apocalipsis”. Este ejercicio nos hace falta para descubrir que las últimas noticias no son las catástrofes y la fuerza descomunal con la que irrumpe el mal en nuestra sociedad, sino el juicio de Dios, la victoria de Dios frente a la maldad del mundo.

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