«Anatema»: Carta Abierta al cardenal Víctor Manuel ‘Tucho’ Fernández

ACN

Tucho:

Me ahorraré el protocolo que su cargo exige, pues usted mismo lo ha despojado de toda dignidad extrínseca y porque también usted no lo necesita.

Yo, un simple laico, consciente de mis propios defectos y errores, me atrevo a dirigirle estas palabras no por el impulso de la vanidad, sino por un amor acendrado a la Verdad eterna que usted, en su oficio, pretende hoy sofocar bajo el peso de la ambigüedad y el error.

  • Nosotros, a quienes usted tacha de “cismáticos”, jamás hemos buscado la ruptura con la Cátedra de la Verdad.
  • Nuestra fidelidad al Sucesor de Pedro permanece incólume en todo aquello que no contradiga la fe recibida; sin embargo, cuando usted se arroga el derecho de juzgarnos en nombre de la Iglesia, exhibe el triste papel de un funcionario que confunde la autoridad con el despotismo.

No es usted paradigma de virtud ni espejo de santidad. Menos cuando quiso pornografizar a la Iglesia y prostituir su Sagrada Doctrina. Su prédica, impregnada de un aggiornamento vulgar y descarado, su negación monstruosa de la Corredención Mariana, sus frivolidades litúrgicas y su tolerancia ante el sodomismo clerical y la bendición del mismo entre los laicos, más su «sanaciones con tu boca», constituyen la radiografía de una decadencia que usted encarna con audacia escandalosa.

​Especialmente grave es su promoción de la llamada «Iglesia Sinodal», esa estructura informe que no es sino una claudicación moral ante el mundo.

Bajo el pretexto de la escucha y el caminar juntos, haciendo de la Santa Iglesia un lupanar en el cual pretende coquetearla con las mentiras y las falsedades, usted ampara una verdadera herejía eclesiológica que pretende someter el depósito de la fe al arbitrio de las mayorías y al sentimentalismo de los tiempos.

Esta sinodalidad no es más que una máscara para la apostasía organizada, un mecanismo para demoler la constitución jerárquica de la Iglesia y sustituir la Verdad revelada por un consenso humano y mutable.

¿Con qué autoridad moral nos exige obediencia a sus innovaciones, si su propia gestión es una doble vara que hiere la conciencia de los fieles mientras aplaude la fragmentación y la falsa unidad con religiones espurias y cristianismos herejes que se autoproclaman Reforma?

​El día de Nuestra Señora de Fátima, Madre de la que denigró al negar su Corredención y entronizó a una deidad falsaria como la Pachamama, usted se permitió advertirnos sobre un supuesto cisma, mientras guarda un silencio cómplice ante las herejías del episcopado alemán cercanas a los códigos anticristianos.

Nosotros, en cambio, rezamos por su conversión y la de su clerecía hipócrita y mal formada. Sin resentimientos pero sin pelos en la lengua. Sabemos que ni usted ni nadie escapará al Juicio Divino, y que sin arrepentimiento, ni siquiera sus gestos afectadamente tiernos podrán mitigar la justa ira de Dios contra quienes, como Judas Iscariote, traicionan la heredad de Nuestro Señor bajo la excusa de la obediencia a los hombres de Dios por encima de la reverencia al Dios de los hombres.

​Nuestro amor a la Iglesia y a su Vicario jamás podrá eclipsar el amor supremo a Cristo, nuestro Juez. Recuerde al primer Papa que lo ratificó ante Caifás.

El Cristo mismo advirtió que al que escandalizare a uno de estos pequeños, más le valdría que le colgaran al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al mar.

Recuerde, Tucho, que la Verdad no se negocia ni se adapta. Su tiempo de sofismas terminará inexorablemente en el tribunal eterno, donde no habrá excusas ni retóricas que lo salven.

​Ni siquiera los besuqueos.

Por JOSÉ SARTO.

JUEVES 14 DE MAYO DE 2026.

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