Al Corazón de Cristo: quiero adorarte por los que te desprecian

La espiritualidad cristiana sigue siendo nuestra mejor guía en los tiempos turbulentos que estamos viviendo. Decía San Francisco de Sales que “El camino más seguro en la espiritualidad son las florecillas que crecen al pie de la cruz. La humildad, la sencillez y la dulzura del corazón”.

Después del mes de mayo dedicado a la Santísima Virgen María, la espiritualidad cristiana nos ofrece un mes, todo el mes de junio, dedicado a la devoción del Sagrado Corazón de Jesús.

Esta devoción consiste en entrar en los sentimientos de Cristo. No basta con hablar de su amor, sino que hay que dejarnos configurar por él. De esta forma, amar lo que él ama, dolernos de lo que hiere su corazón. La reparación cristiana no nace del enfado, sino del amor, no es mirar el mundo con desprecio, sino llegar a decirle al Señor: “Yo quiero estar contigo. Quiero consolarte. Quiero amar por los que no aman. Quiero adorarte por los que te olvidan”.

La devoción a los sagrados corazones de Jesús y de María han formado prácticamente el alma de nuestras comunidades cristianas. Viendo el fervor y el cariño de nuestras comunidades cristianas, así como la manera como han venido moldeando su fe cristiana, bien podríamos aplicarles las palabras del apóstol Pedro: “Les escribo a ustedes, los que han obtenido una fe tan preciosa como la nuestra…” (2Pe 1, 1-7).

Hay hermanos así, que tienen mucha sensibilidad y disfrutan tanto las cosas de Dios. Han recibido una fe tan preciosa que les basta María Santísima, el Sagrado Corazón de Jesús y la eucaristía para sentirse arropados y protegidos, así como para darse cuenta que allí está todo el misterio de Dios. La clave en este caso es aspirar a esta fe tan preciosa y tan completa.

También entre nosotros nos podemos hacer duros, exigentes, fríos y calculadores en la fe. Hay personas en la comunidad cristiana que no ven con buenos ojos estas devociones y de manera altanera juzgan a los hermanos que tienen esta fe tan preciosa, la cual han basado en los sagrados corazones de Jesús y de María.

No es una devoción cualquiera porque ya los primeros cristianos meditaban y le tenían mucha devoción al corazón de Jesús. Recuerden aquella expresión bíblica al corazón de Cristo traspasado por la lanza del soldado. Ya desde la antigüedad había devoción al sagrado corazón de Jesús y claro que con Santa Margarita María Alacoque tuvo un impulso que llegó hasta nuestros abuelos, nuestros padres, a las comunidades cristianas de los que nosotros vamos aprendiendo que hay hermanos que pueden tener una fe tan preciosa y tan sencilla que llega el momento en que también nos cautiva a nosotros.

De qué se trata esta devoción. Que no seamos indiferentes ante el amor que nos ha tenido el Señor, que seamos conscientes de cómo nos ha demostrado su santísimo amor, de cómo incluso aceptó la muerte de cruz para hacernos ver todo el amor que Dios nos tiene. El sagrado corazón de Jesús nos lleva a corresponder al inmenso amor de Dios.

Las personas que han crecido con esta espiritualidad por eso son personas pacientes, perseverantes, caritativas y casi se les pueden aplicar estas 7 características de las que habla san Pedro en el texto arriba citado. Esa fe tan preciosa que han recibido las va llevando a demostrarla a través de actos bien concretos en su vida cristiana: son personas que tienen buena conducta, conocimiento, dominio propio, paciencia, piedad, amor fraterno y caridad.

La espiritualidad del sagrado corazón de Jesús insiste y profundiza en el amor incondicional que Dios nos sigue ofreciendo. Dios no se desentiende de su creación, tampoco se desdice ni se retracta de su amor por la humanidad.

Quisiera señalar dos características de esta espiritualidad. En primer lugar, es una espiritualidad de reparación. Hemos ofendido tanto a Dios, por lo que necesitamos reparar su sagrado corazón que es constantemente despreciado e ignorado. Tenemos que orar por los que hacen el mal y pedir perdón por los que no piden perdón.

Sostiene Jean Galot que: “La reparación no es un simple acto de justicia compensatoria, sino una expresión de amor que busca sanar las heridas causadas por el pecado en el corazón de Dios y en el tejido de la humanidad”.

Se trata de un amor que perdona y una mirada que además trae siempre frutos de salvación. Los que miraban a la serpiente que Moisés levantó en el desierto quedaban curados de sus picaduras. Los que miran al corazón de Cristo quedan sanados de sus dolencias y de sus pecados.

“El velo de la Verónica es el símbolo del conmovedor diálogo entre Cristo y el alma reparadora. La Verónica respondió al amor de Cristo con su reparación; una reparación especialmente admirable, porque fue hecha por una débil mujer que no temió las iras de los enemigos de Cristo (…). ¿Se imprime en mi alma (…) el rostro de Jesús, como en el velo de la Verónica?” (J. Ablewicz).

En segundo lugar, Dios responde al drama del odio, la soledad, la violencia y la falta de amor con una especial manifestación de amor. Por la falta de amor muchas personas están sufriendo sumidas en la soledad, desesperanza y frustración. Y la falta de amor también provoca que el hombre endurezca su corazón y se cierre al bien, a la fraternidad y a la convivencia social. El regreso al amor y experimentarse amados, especialmente los que vienen del pecado, la soledad, el odio y las injusticias, les devolverá su dignidad.

No hemos terminado de valorar e impulsar esta espiritualidad quizá porque buscamos resultados inmediatos, porque nos cuesta mucho ofrecernos por el bien de los demás y porque nos gustan más las cosas sofisticadas, incluso en la vida de fe.

La idea de reparación -y la estructura de algunas devociones- nos puede parecer anticuada, monótona, cansada, empalagosa e intrascendente. Lo de hoy son las experiencias innovadoras, las espiritualidades vistosas, la sofisticación de la fe. Cuenta mucho sentirse bien, verse bien, lograr experiencias gratificantes y sumergirse en emociones que estimulan de manera sensorial.

Hay muchas ofertas de estas espiritualidades light; hay un mundo religioso cada vez más penetrante en las ofertas del esoterismo y la nueva era. Y también dentro de la Iglesia se pueden fomentar estas tendencias. Se deja de frecuentar el Santísimo, a la Virgen María y los sacramentos y se adoptan formas sofisticadas. Se busca más a los ángeles que a Jesucristo, más el yoga que el sagrario, más las técnicas novedosas que el camino lento y sacrificado de la cruz.

He reflexionado mucho en lo que ahora voy a decir, pero considero que el diablo no nos tienta únicamente para alejarnos de Dios, sino para acercarnos a él, pero de forma equivocada, de tal manera que justifiquemos ser muy religiosos, pero no girar en torno a Dios.

La respuesta de Dios sigue siendo su misericordia simbolizada por el sagrado corazón de Jesús que fomenta el amor donde el mal ha extendido su dominio y ofrece el amor donde se ha crecido sin él, donde se ha padecido la falta de amor.

Se trata de una espiritualidad que no banaliza la fe, como en las espiritualidades modernas. El P. Gonzalo Fernández, misionero claretiano, explica el amor del sagrado corazón de esta forma particular:

El corazón de Cristo es como la válvula que hace circular el amor por nuestro mundo. Como todo corazón, el suyo tiene: un movimiento de sístole. El corazón de Cristo concentra, absorbe, todo el desamor y el sufrimiento que existen en nuestra tierra. Es un corazón compasivo, que hace suya la contaminación que emponzoña la aceptación de nosotros mismos, las relaciones humanas, la construcción de otro mundo posible. Los evangelios dibujan a un Jesús que se acerca a cualquier persona necesitada, sin poner barreras de ningún tipo.

Un movimiento de diástole por el que pone en circulación el amor de Dios por todas las arterias de los seres humanos. Los Santos Padres han visto en ‘el agua y la sangre’ que brotan del costado de Cristo una alusión simbólica a los sacramentos (bautismo y eucaristía), como expresiones de ese amor de Dios a toda la humanidad, un amor que nos descontamina (bautismo) y que nos nutre (eucaristía)”.

¿Dónde encontrar a Jesús? ¿Cómo encontrar al Señor? Se frustran los que piensan hallarlo en rebuscadas técnicas de meditación oriental, en cursos de espiritualidad sofisticada. El Señor se manifiesta donde menos lo imaginamos: en el pobre, en el enfermo, en los momentos tensos y ordinarios de nuestra vida. A Dios hay que acogerlo en la realidad más ordinaria e inesperada de nuestra vida.

La espiritualidad del sagrado Corazón de Jesús nos lleva a desarrollar esta sensibilidad, a ampliar nuestra mirada y a dilatar nuestro corazón para reconocer al Señor en las circunstancias concretas de la vida y aprender amar como él nos ha amado.

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