Mientras Donald Trump acaba de oficializar la creación de su «Consejo de la Paz» (Board of Peace), la invitación dirigida al papa León XIV coloca a la Santa Sede en una posición delicada.
Entre la voluntad de diálogo y la defensa del multilateralismo, la diplomacia vaticana se toma su tiempo para responder, al tiempo que expresa las reservas de una Iglesia que se niega a ver el orden mundial dictado por un «club privado».
Aunque probablemente no se le exigirá pagar el millardo de dólares “en efectivo” solicitado a otros jefes de Estado por el inquilino de la Casa Blanca para unirse a su Consejo de la Paz, el Soberano Pontífice se toma su tiempo para reflexionar.
Una institución con poderes exorbitantes
Y con razón: concebido inicialmente en septiembre pasado para supervisar la reconstrucción de Gaza, el Consejo de la Paz ha visto sus prerrogativas expandirse de manera fulminante.
Su carta, publicada el 18 de enero de 2026, dibuja los contornos de un “Consejo de Seguridad bis”, liberado de las cargas de la ONU, considerada “anticuada e ineficaz”.
El funcionamiento de este nuevo círculo es bastante simple:
- Donald Trump dispone de poderes discrecionales:
- Elige a los miembros,
- Puede destituirlos e
- E incluso tiene derecho a designar a su sucesor.
- Más sorprendente aún, la carta establece una adhesión “premium”.
En efecto, los Estados que aporten un millardo de dólares desde el primer año aseguran un asiento permanente, evitando la renovación trienal. Si bien aliados como Viktor Orbán (Hungría), Javier Milei (Argentina) o el rey Mohammed VI (Marruecos) ya han firmado, otros dudan.
La prudencia diplomática de la Santa Sede
Es en este contexto de tensiones exacerbadas que el Vaticano recibió su invitación.
La respuesta, transmitida por el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado de la Santa Sede, está impregnada de una “prudencia vigilante”. Aunque el papa León XIV siempre ha promovido la cultura del diálogo, el formato propuesto por Washington parece chocar con los principios fundamentales actuales de la diplomacia pontificia.
Cuestionado sobre estos desarrollos, el cardenal Pietro Parolin destacó la preocupación de la Santa Sede ante la erosión del derecho internacional. Para el número dos del Vaticano, la paz no puede ser el producto de un “juicio pragmático” ejercido por un puñado de Estados “voluntarios”, sino que debe enmarcarse dentro de las instituciones multilaterales existentes.
La Santa Sede teme que este Consejo se convierta en una herramienta de presión política en lugar de un verdadero instrumento de estabilidad.
Además, la composición del consejo ejecutivo —exclusivamente formado por allegados del presidente estadounidense (Marco Rubio, Jared Kushner), con la excepción de Tony Blair— refuerza la imagen de una diplomacia “transaccional”.
Para la Santa Sede, unirse a tal órgano podría comprometer su neutralidad, siendo frecuentemente solicitada como mediadora imparcial en conflictos, desde Ucrania hasta Oriente Medio.
Mientras Vladimir Putin aún estudia los “matices” de su propia invitación, el Vaticano parece querer ganar tiempo.
Entre la tentación de influir desde dentro en las decisiones de la Casa Blanca y la necesidad de proteger el orden internacional, el Soberano Pontífice camina sobre una línea muy estrecha: ¿un papel de observador en el Consejo de la Paz —como lo hace en las Naciones Unidas— podría constituir una solución intermedia?
Una cosa está clara: la Santa Sede no firmará un cheque en blanco a un organismo donde la paz parece negociarse a tarifa “premium”.
CIUDAD DEL VATICANO.
VATICANNEWS/LE FIGARO/ACTUALITÉS.

