Hay crímenes que no solo hieren a una víctima, destrozan la posibilidad misma de creer que la infancia sigue siendo un territorio sagrado. El pasado 16 de julio, la Fiscalía General de Justicia de Zacatecas obtuvo la vinculación a proceso de un adolescente de 13 años por los delitos de feminicidio en grado de tentativa y violación equiparada agravada contra Arely, una niña de apenas 10 años del municipio de Tabasco. El menor la interceptó a la salida de la escuela, la agredió sexualmente y la lanzó desde un puente. La dejaron en situación grave. Y, como si el horror no bastara, el agresor fue vinculado a proceso sin prisión preventiva, decisión que desató protestas.
No se trata de una “tragedia particular”. Es el síntoma más descarnado de un vacío formativo que lleva años gestándose a la vista de todos. Cuando los medios digitales ocupan el lugar que antes correspondía a la familia, a la escuela y a las instituciones formadoras de valores, lo que se produce no es libertad, sino una mutación profunda en la forma en que los menores entienden el cuerpo, el deseo y el poder en una personalidad aún inmadura.
La hipersexualización ya no es un fenómeno marginal. Es el paisaje cotidiano de pantallas que los niños y adolescentes consumen sin mediación adulta. En ese entorno, la sexualidad se convierte en mercancía visual, en contenido de entretenimiento, en objeto de consumo inmediato. El cuerpo ajeno deja de ser inviolable y pasa a ser un recurso disponible. La violencia, lejos de generar rechazo, se normaliza como lenguaje, como forma de afirmar dominio, como espectáculo. Un adolescente de 13 años no nace sabiendo violar y tirar a una niña desde un puente. Aprende, absorbe, imita. Y lo que está absorbiendo es una cultura que ha vaciado de sentido el respeto, la dignidad y el límite.
La cosificación de la sexualidad no es un efecto colateral de la tecnología: es su lógica misma cuando se deja sin contrapeso ético. En las redes, en los algoritmos que priorizan lo más extremo, en la pornografía accesible desde edades cada vez más tempranas, el otro se reduce a estímulo. El consentimiento se diluye. La empatía se atrofia. Y cuando esa lógica penetra en mentes que todavía no han consolidado su capacidad de juicio moral, el resultado puede ser exactamente lo que ocurrió en Tabasco, Zacatecas, un menor que trata a otra menor como objeto desechable.
Aquí aparece con toda su crudeza la cultura de la muerte denunciada por el Papa Benedicto XVI y del descarte señalada con insistencia por el Papa Francisco. Los menores se han convertido en mercancía. No solo en el sentido económico del tráfico o de la explotación, sino en un sentido más profundo y más perverso, son materia prima de un sistema que los forma para la indiferencia, para la violencia como forma última de relación, para un proyecto de vida en el que el otro es siempre instrumental. Se les educa o, mejor dicho, se les deseduca, en un vacío de sentido donde la dignidad humana ya no es un punto de partida, sino un obstáculo.
El futuro se ensombrece no porque falten leyes o porque las instituciones fallen en casos concretos. Se ensombrece porque estamos produciendo generaciones de seres humanos a quienes se les ha negado la posibilidad de aprender que el cuerpo del otro es sagrado, que la violencia no es destino y que la sexualidad no es consumo. Cuando un niño de 13 años puede hacer lo que se hizo con Arely, y cuando una sociedad entera parece incapaz de reaccionar más allá del escándalo momentáneo, lo que está en juego no es solo la seguridad de las niñas, es la posibilidad misma de construir una convivencia humana.
No basta con endurecer penas. No basta con programas de “prevención” que se quedan en el discurso. Lo que se requiere es recuperar, con urgencia y sin complejos, los espacios de formación real, el hogar donde se enseña el respeto antes que la autonomía absoluta, la escuela que no se rinde ante la lógica del entretenimiento, las comunidades que todavía sostienen que hay valores no negociables. Mientras los medios digitales sigan ocupando el lugar de los educadores y de los padres o tutores y mientras la hipersexualización y la violencia se consuman como entretenimiento, seguiremos sembrando lo que luego recogemos con horror.
Arely sobrevive, herida en el cuerpo y en el alma. El adolescente de 13 años enfrenta un proceso. Pero la pregunta que no podemos eludir es más grave, ¿cuántos más estamos formando para que el descarte y la violencia sean su único lenguaje posible?

