Dime, ¿alguna vez has pasado junto a alguien necesitado y no lo has mirado? Tal vez un anciano en soledad, un vecino en apuros, y sigues de largo como si no existiera. Esa indiferencia es más común de lo que piensas y es justamente la puerta de entrada al Evangelio de hoy.
Jesús cuenta la parábola del rico Epulón. Se trata de un hombre que vive en los excesos de lujo y de la comida, nada en la abundancia, se recrea en ella y lo ciega. No tiene ojos para ver la triste realidad de afuera donde yace un hombre pobre, Lázaro, que anhela comer las sobras de su mesa, pero nadie se compadece de él, ninguno repara en su extrema necesidad y enfermedad. Mejor los perros se apiadan de él, se muestran más compasivos y lamen sus llagas.
El cuadro no puede ser más extremo, el que lo tiene todo, pero está preso de su egoísmo y el que no tiene absolutamente nada y depende de la compasión de los demás. Cuando muere Epulón, la suerte le cambia drásticamente, pues va al lugar del tormento donde las llamas y la sed lo consumen, mientras Lázaro, que también ha muerto, está en paz en el seno de Abraham.
Ahora el rico ha caído en desgracia y sufre, mientras Lázaro goza de la paz y el consuelo. Hoy ese Lázaro está en tu vida, no hace falta ir lejos, puede ser alguien en tu familia que necesita tu atención, un compañero de trabajo que lucha en silencio, un enfermo que espera tu visita y a veces tu corazón se parece al de rico Epulón, ocupado solo en ti mismo, en tus redes sociales, en tu comodidad, incapaz de ver más allá de tu puerta. Ignoras que cuando conectas con el dolor ajeno, se activa la empatía que te impulsa a ayudar y esa actitud solidaria te da felicidad, mientras que el egoísmo te lleva al vacío y a la tristeza.
Hoy el Señor te dice con fuerza, ¡Abre los ojos! No vivas anestesiado por tus comodidades, tus rutinas o tus problemas personales. Deja de mirar solo hacia adentro y comienza a mirar hacia afuera. Tu salvación no depende de lo que acumules, sino de cuánto seas capaz de compartir. El infierno del rico comenzó a construirse en vida con su autosuficiencia e indiferencia. No lo construyas tú también.
Esta semana haz dos cosas muy simples. Primero, elige a una persona concreta, no hables de los pobres en general y hazle un bien real. Escucha, visita, comparte tus bienes o tu tiempo.
Segundo, omite algún consumo superfluo y destínalo a alguien que lo necesite. Hazlo con decisión porque mañana puede ser tarde y el abismo ya no se podrá cruzar. Recuerda las palabras de Jesús: “Lo que hicieron con uno de estos pequeños, conmigo lo hicieron”. Que al asistir hoy a la misa reconozcas a Cristo que se te acerca no solo en su palabra y el sacramento del altar, sino en cada Lázaro que espera a tu puerta.
“Señor Jesús, toma mi corazón duro e indiferente y hazlo semejante al tuyo, lleno de compasión y misericordia. Ayúdame a encontrarte en cada necesitado de mis bienes, mi tiempo y mi persona. No permitas que me pierden el egoísmo y dame tu amor para poder amar como tú amas”.
¡Feliz domingo, Dios te bendiga!


