¿Quién te ha enseñado que la felicidad consiste en tener todo resuelto, no sufrir y conseguir siempre lo que quieres? Jesús en el Evangelio de hoy propone un camino totalmente distinto. Mira a la multitud, sube al monte y enseña a sus discípulos. Llama a bienaventurados, es decir, dichosos, a los pobres de espíritu, a los que lloran, a los misericordiosos, a los limpios de corazón, a quienes trabajan por la paz y a los perseguidos por causa de la justicia.
Hoy la Iglesia celebra a todos los santos, no solamente a aquellos cuyos nombres conocemos y que han sido reconocidos oficialmente y canonizados. Celebra también a la inmensa multitud de cristianos que nadie recuerda por su nombre, pero que alcanzaron la salvación y ahora gozan de Dios. Fueron hombres y mujeres que vivieron con fidelidad la fe, la esperanza y la caridad, muchas veces en la sencillez de la vida diaria.
Esta fiesta abarca a todos los cristianos que llegaron a la santidad, conocidos o desconocidos. Jesús no dice en las bienaventuranzas que el dolor sea bueno ni que debas resignarte ante la injusticia. Te anuncia que Dios no abandona a quien sufre y que el mal no tiene la última palabra.
La verdadera felicidad nace de vivir unido a Dios y de aprender a amar como Jesús. Al fondo, esto es la santidad. Por eso la santidad no es un llamado reservado a unos cuantos escogidos, ni una meta exclusiva de sacerdotes o religiosos. Es el llamado de todo bautizado.
También tú estás llamado a ser santo. No tienes que esperar a hacer algo extraordinario. Puedes comenzar con la paciencia en tu familia, la honestidad en tu trabajo, el perdón que cuesta ofrecer o la ayuda que da sin esperar recompensa. En esos actos sencillos, la fe, la esperanza y la caridad van tomando forma en tu vida.
Los santos no fueron personas sin defectos ni dificultades. Dejaron que Cristo los transformara y con la gracia de Dios perseveraron en el amor. Hoy te recuerdan que el cielo es nuestra casa y que no caminas solo. Toda la iglesia avanza hacia esa misma alegría.
Esta semana elige una bienaventuranza y pregúntate cómo vivirla en una situación concreta y busca un gesto de misericordia o de paz con alguien cercano.
“Señor Jesús, gracias por todos los santos conocidos y desconocidos. Ayúdame a vivir con fe, esperanza y caridad y a responder con fidelidad al llamado a la santidad que recibí en el bautismo”.
Feliz domingo. Dios te bendiga.

