«Gestos y elecciones de amor que superan los cálculos de la codicia y la tiranía del mal

ACN

Este domingo 1 de noviembre de 2026, con motivo de la Solemnidad de Todos los Santos, el Papa León XIV recordó, durante el Ángelus, que la santidad constituye la respuesta más profunda al dominio del mal y a la lógica de los intereses humanos.

  • esta solemnidad de Todos los Santos, León XIV ofreció una meditación sobre la santidad, su fecundidad invisible y su poder transformador.
  • En el centro de su enseñanza se encontraba una afirmación de la verdadera profundidad espiritual: los santos han realizado «actos y elecciones de amor que superan los cálculos de la codicia y la tiranía del mal que a veces parece prevalecer».
  • Esta afirmación ilumina una verdad fundamental de la doctrina cristiana: el mal, por muy poderoso que parezca en la historia, nunca tiene la última palabra sobre el destino de la humanidad.
  • La santidad no es simplemente resistencia moral al pecado. Es la manifestación de la victoria de Cristo, cuya gracia capacita a la humanidad para amar más allá de sus fuerzas naturales.
El Papa León XIV durante el Ángelus el 1 de noviembre de 2026 - captura de pantalla
El Papa León XIV durante el Ángelus el 1 de noviembre de 2026 – captura de pantalla

León XIV comenzó recordando que los santos constituyen esa «gran multitud que nadie podría contar, de toda nación, tribu, pueblo y lengua», descrita en el Libro del Apocalipsis (7:9). Esta multitud no se limita a las figuras oficialmente canonizadas. Incluye también a las incontables almas cuya fidelidad permanece desconocida para la humanidad, pero perfectamente conocida por Dios. Esta distinción es teológicamente esencial. La Iglesia no crea la santidad mediante la canonización; más bien, reconoce solemnemente, en algunos de sus miembros, la obra de la gracia divina. La santidad pertenece ante todo al orden sobrenatural, no al del reconocimiento humano.

León XIV continuó con una declaración particularmente profunda: «La santidad, de hecho, no puede reducirse a ningún cálculo».

En una civilización que valora fácilmente las vidas por su eficiencia, visibilidad o éxito material, esta afirmación nos recuerda que la fecundidad espiritual escapa a los instrumentos de evaluación ordinarios. Una oración silenciosa, un perdón concedido, un sufrimiento ofrecido en unión con Cristo pueden dar frutos que ningún ojo humano puede medir. Santo Tomás de Aquino enseña que la caridad es la forma de las virtudes ( Suma Teológica , II-II, q. 23, a. 8). En otras palabras, no es meramente la grandeza externa de las acciones lo que les confiere su perfección sobrenatural, sino su orientación hacia Dios a través del amor. Una acción humilde, realizada con caridad, puede poseer así un valor espiritual superior a una obra de brillantez humana.

Es precisamente esta inversión de los criterios del mundo lo que manifiestan las Bienaventuranzas, que constituyen el núcleo del Evangelio proclamado en el Día de Todos los Santos. El Papa habla de los pobres de espíritu, de los mansos, de los misericordiosos, de los pacificadores y de los perseguidos por causa de la justicia. Todos dan testimonio de un poder paradójico: el de un amor que se niega a responder a la violencia con violencia y al odio con odio. Sin embargo, la santidad no consiste ni en la debilidad ni en la resignación ante la injusticia. Consiste en participar en la vida misma de Cristo, quien venció al pecado y a la muerte mediante la obediencia al Padre y la entrega total de sí mismo.

León XIV también recordó que «los santos son el signo más bello y poderoso del Reino de Dios que se avecina». Esta afirmación se hace eco de la enseñanza del Concilio Vaticano II sobre la vocación universal a la santidad ( Lumen Gentium , capítulo V). Todos los bautizados, cualquiera que sea su condición, están llamados a la perfección de la caridad. Pero quizás sea en una frase final donde se revela la profunda consolación de esta meditación: «Dios ve el bien que nosotros no vemos, conoce historias que ignoramos, toca corazones a los que no tenemos acceso».

Estas palabras nos recuerdan que el juicio final sobre las almas pertenece solo a Dios. Donde el mundo ve insignificancia, el Señor contempla una fidelidad heroica. Donde la gente considera una vida insignificante, la gracia puede haber realizado una obra inmensa.

El Día de Todos los Santos revela así una verdad crucial: la historia de la salvación no se escribe únicamente a través de acontecimientos visibles, sino también en los rincones más íntimos de las conciencias transformadas por la caridad. Y esta caridad, por provenir de Dios, posee una fecundidad que sobrepasa los cálculos humanos y las fuerzas del mal. Por eso, en medio de la confusión del mundo, la santidad no es un consuelo ilusorio, sino la prueba viviente de que el Reino de Cristo ya está obrando entre la humanidad.

Por QUENTIN FINELLI.

DOMINGO 1 DE NOVIEMBRE DE 2026.

TCH.

ByACN
Follow:
La nueva forma de informar lo que acontece en la Iglesia Católica en México y el mundo.
No hay comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *